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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 97 | MARZO 2012 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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La Ilustración novohispana

 

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Jaime Labastida

La Ilustración, entendida como una revolución de las ideas en torno a la libertad, la ciencia y la política que tuvo su origen en Francia y que impregnó toda Europa entre los siglos XVII y XVIII, llegó a tierras mexicanas de manera oblicua y tardó mucho tiempo en asentarse. El filósofo Jaime Labastida, en esta celebración a Samuel Ramos, indaga las formas en que el movimiento ilustrado fue echando raíces en México, a través de figuras emblemáticas desde Sigüenza y Góngora hasta Mociño, así como la impronta fundamental del barón de Humboldt.

El tema que me propongo desarrollar el día de hoy no es, por supuesto, nuevo. Me ha preocupado (y le ha preocupado a un buen número de nuestros más destacados investigadores) desde muchos años atrás. Hoy, lo que intentaré es darle coherencia al conjunto de interrogantes que me aquejan. De acuerdo con el ángulo de mira en el que ahora me sitúo, el problema decisivo al que hemos de enfrentarnos guarda relación con la historia intelectual de nuestro país (o con la historia de las ideas en México, si se prefiere decir así). El problema general consiste, pues, en tratar de establecer cómo y de qué manera han sido recibidas las ideas fundamentales de cada época en este país, en la medida en que tales ideas no se han producido, de manera espontánea, en México.

El asunto acaso se podría expresar de otro modo y así cabría preguntar por el tiempo histórico (o la velocidad histórica) con la que son recibidas las nuevas ideas clave de cada época en nuestra nación (si existe o no un desfase, sea de orden temporal o intelectual, en esa recepción). También puede elevarse la pregunta siguiente: ¿cuál es el modo en el que el pensamiento nacional se vincula con las ideas nacidas en un ámbito social, económico y político distinto al de México? Si esa posible asimilación se realiza de modo simultáneo al momento en que esas ideas nacen en la sociedad que las produjo y, por lo tanto, si son aceptadas en su forma original o, por el contrario, si se adoptan (y se adaptan) bajo otras modalidades al incorporarse a la sociedad mexicana (en el caso de que ahora se trata, como es de suyo obvio, a la sociedad novohispana).

Preguntémonos, pues, ¿hubo, en verdad, una Ilustración novohispana?

Tendríamos que determinar, en este sentido, qué se entiende por Ilustración, qué lugar ocupa ese movimiento intelectual en el desarrollo universal de las ideas, qué aportó de nuevo para, a partir de ahí, establecer de qué manera se recibió en Nueva España ese acontecimiento ideológico (si es que, en realidad, se dio tal recepción). Ya se sabe que los investigadores que empezaron a sostener estas tesis se enfrentaron, casi de inmediato, a un problema que estimo irresoluble: la que ellos bautizaron con el nombre osado de “ilustración novohispana” fue de tal modo tímida y tan llena de reticencias ante las tesis radicales de los llamados espíritus fuertes del siglo XVIII, que por tal causa nuestros investigadores se vieron en la urgente necesidad de colocarle, al menos, algún adjetivo a esa supuesta ilustración. Ilustración, sí, dijeron, pero moderada.

Carlos de Sigüenza y Góngora
Carlos de Sigüenza y Góngora

Los historiadores (filosóficos) que se ocuparon de este grave asunto, casi al propio tiempo establecieron un paralelismo histórico, del cual extrajeron, además, una no menos grave consecuencia política. Así, dijeron que, en tanto que ilustrados, los pensadores novohispanos del siglo XVIII rompían con las ideas dominantes en Nueva España. Supusieron, por lo tanto, que la escolástica era el pilar ideológico del régimen, lo mismo en la península ibérica que en las posesiones ultramarinas de la corona. Por tal motivo, pusieron el acento en la supuesta nacionalidad criolla de los pensadores ilustrados novohispanos para así convertirlos en el antecedente ideológico directo de la guerra de independencia. Poco a poco, aquellos ilustrados criollos novohispanos fueron transformados en los precursores ideológicos, si no es que morales, de la independencia nacional. Al propio tiempo que los historiadores (filosóficos) de las ideas en Nueva España subrayaron tales rasgos de los llamados ilustrados criollos novohispanos afirmaron también que, en tanto que criollos, estos supuestos ilustrados criollos novohispanos eran, ya por ese solo hecho, mexicanos.

El paralelismo histórico quedó firmemente asentado: de igual manera que el conjunto de los ilustrados franceses (o sea, Diderot, Voltaire, Rousseau, Raynal) sentó las bases ideológicas de la Revolución francesa y alteró los cimientos sobre los que apoyaba al ancien régime, nuestros ilustrados criollos novohispanos cumplieron un papel semejante, en tanto que destruyeron los cimientos teóricos en los que se apoyaba el régimen colonial español. Pero, ¿es así?

En el conjunto de estas tesis siempre quedan soslayados algunos hechos básicos. Se olvida que criollo es un adjetivo que califica al sustantivo español (por lo tanto, se debería decir, en todo caso, que esos supuestos ilustrados eran españoles criollos); que la nacionalidad de los criollos era, por lo tanto y no podía ser de otro modo, la española; que muchos españoles peninsulares fueron tan radicales en sus ideas (incluso, en algunos casos, más) que los españoles criollos a los que tanto se exalta; que la corona española, desde que fue asumida por los Borbones, propició la renovación de la economía, la política, las ideas y las instituciones de España y sus posesiones; que, por lo que a la renovación de la escolástica caduca se refiere, no era esa renovación indicio ni siquiera de un posible desafecto a la corona; que Carlos III fue un rey ilustrado (un déspota, sí, pero un déspota ilustrado); que varios de los españoles peninsulares (y no pocos de los españoles criollos) jamás estuvieron a favor de la independencia; que el término revolución no es sinónimo del término independencia (se puede desear una, pero no la otra, como se advierte con claridad al examinar las posiciones antagónicas de José María Morelos y de Agustín de Iturbide).

La historia de México está plagada de mitificaciones y los panteones cívicos repletos de héroes marmóreos o broncíneos, ¿quién lo ignora? También el habla cotidiana nos lleva, casi de la mano (o de la lengua), al error. Así, decimos, sin mayor trámite, “Conquista de México”; “Cortés conquistó México”; “España nos conquistó”; “los españoles nos impusieron su lengua”, por poner ante sus ojos (o sus oídos) unos cuantos ejemplos que en modo alguno se compadecen con un lenguaje racional. Sin embargo, cabe rectificar y decir que lo que Cortés sometió fue el señorío mexica, y no México; que el señorío mexica no dominaba la totalidad del territorio que es hoy el de nuestra nación. Que ni los mexicas ni ningún otro señorío (de Mesoamérica o del Incario) estableció nunca un dominio territorial: los señoríos dominantes (el mexica hasta el inicio del siglo XVI; antes, el teotihuacano o el olmeca) exigían a los pueblos dominados aquello que llamaríamos, con un término occidental, un tributo (que recibía el nombre de tequitl en la zona náhuatl; o el nombre de mita o de mitazgo en la zona andina1). Ese tributo se entregaba en forma de trabajo (en servicios personales) o en especie, igual como sucedía en otros continentes en etapas homotaxialmente comparables: en el Egipto faraónico, en la Grecia arcaica, en Irán o en la China dinástica. El dominio del pueblo mexica se establecía sobre las personas (o los pueblos), pero no sobre los territorios. México, o sea, lo que hoy entendemos por este concepto, no existía en el momento que Cortés sometió al señorío mexica y, por consecuencia, no debería decirse que “España nos conquistó” ni que “España nos impuso su lengua”, en tanto que la lengua española es nuestra lengua materna y somos los descendientes igual de los conquistadores que de los conquistados (descendientes históricos, políticos y culturales, se entiende). En último término, somos, al propio tiempo, víctimas y victimarios. Lo que sucede es que hemos asumido incorrectamente sólo el papel de víctimas, como si otros y no nosotros hubieran cometido aquellos crímenes.

Pero vayamos al asunto que deseo exponer.

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