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4. EL TUMULTO DE SU ALMA
Al referirse a Ernesto Sábato algún crítico lo aproxima a otros dos narradores argentinos: José Bianco y Manuel Mujica Lainez. Afirma que los tres se han volcado violentamente en sus obras hacia su propia interioridad. Y es cierto, todo escritor que se respeta tarde o temprano termina por asomarse a su yo más profundo. Y, también, practica la operación contraria: se abre al mundo y a los problemas de sus semejantes. La caracterización de Sábato y sus compañeros de equipo de tan genérica resulta superficial.
Sábato al igual que Bianco nace en 1911: Mujica Lainez es de 1910. Por edad pertenecen al mismo equipo; por propósitos realizados o fallidos a mundos distintos y distantes. Mujica busca a su manera, proustianamente, una edad perdida, la de una Argentina más refinada, culta y oligárquica. Su obra es la respuesta de una clase, la clase alta, ante los esfuerzos del peronismo por repartir más equitativamente la riqueza entre los argentinos. Bianco también es nostálgico, pero a su modo. En su obra breve y hermosa no se advierte la nostalgia de una clase desplazada por otra, ni tampoco la terca añoranza de un pasado más digno que el presente, se habla tan sólo de un mundo íntimo en el que se rememoran los goces del amor, los sentidos y una juventud cada vez más lejana.
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Elena Garro © Rogelio Cuéllar |
Enigma, curiosidad, lucha permanente entre contrarios (la razón y la locura, lo objetivo y lo subjetivo, para poner dos ejemplos) son palabras que ayudan a comprender a Sábato como hombre y como escritor.
Estudioso de las ciencias físico-matemáticas (llegó incluso a doctorarse), un buen día, en París, descubre que su vocación más auténtica son las letras. Desde entonces, e incluso antes, se siente disputado por dos fuerzas encontradas: la que lo arrastra hacia un abismo oscuro y la que intenta rescatarlo mediante los poderes del orden y la luz. Así, de la atracción por el surrealismo pasa con el tiempo a una concepción del mundo realista. Así también abandona, en determinado momento, una prestigiosa militancia en el Partido Comunista Argentino y sienta plaza como francotirador que a veces dispara a favor de la lógica y otras a favor del absurdo. Oscilaciones y contradicciones que le han ganado más detractores que simpatizantes.
El propio Sábato, en El escritor y sus fantasmas, explica su actitud: Se me ataca “porque sostengo que el escritor tiene un solo compromiso, el de la verdad total… Alternativamente me atacan desde uno y otro lado por mis actitudes políticas y hasta por la literatura que escribo. Y de ese modo soy considerado como comunista por los reaccionarios y reaccionario por los comunistas. No es una situación confortable ni provechosa. Los comunistas me califican de contradictorio, de pequeñoburgués vacilante, cuando no de individuo que con una literatura irracionalista sirvo, como ellos dicen en su jerga, a los intereses de la reacción… Los reaccionarios, por su lado, que al parecer deberían estar alegres de esos calificativos, me acusan de bolchevique porque estoy por la justicia social y por la liberación de los pueblos miserables. En suma, no encajo ni en un esquema ni en el opuesto”.
Sábato reconoce que es una persona llena de contradicciones y dudas, y cree que ello se debe a que es un novelista y no un pensador ni un sociólogo. “Los filósofos —agrega—, los pensadores tienen la obligación de sostener un sistema coherente de ideas, un esquema unívoco y claro. El novelista, en cambio, expresa en sus ficciones todos sus desgarramientos interiores, la suma de todas sus ambigüedades y contradicciones espirituales”.
El “tumulto de su alma” sólo ha encontrado salida en tres ocasiones, en tres novelas: El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1962) y Abaddón el exterminador (1974). De la primera a la segunda median catorce años, y entre ésta y la última, doce. El porqué de la distancia entre cada una de las novelas encuentra sentido en palabras de Sábato: “No puedo sino escribir sobre las grandes crisis que atravesamos en nuestra existencia, esas encrucijadas en que nuestro ser parece hacer un balance total, en que
reajustamos nuestra visión del mundo, el sentido de la existencia en general. Esos periodos son pocos, muy pocos: el fin de la adolescencia, el fin de la juventud, el fin de la vida”. Vistas desde este ángulo, El túnel aborda la crisis de la adolescencia, Sobre héroes y tumbas la de la juventud y Abaddón la de la madurez absoluta, antesala de la muerte.
De la primera a la más reciente, las novelas de Sábato calan en ciertos temas clave, obsesionantes a lo largo de su vida: la soledad, la incomunicación, la lucidez, la locura, la ceguera, el amor (más como imposibilidad de posesión absoluta del otro ser que como deseo compartido y prolongado), el crimen, el suicidio y la muerte natural, la búsqueda de lo absoluto, lo irracional, lo sobrenatural, el sentido de la vida y las preocupaciones básicas y diarias: la del hombre que vive entre los hombres, en un mundo hostil y sin sentido, y que lucha por sobrevivir sin importarle si los medios que emplea son justos o ilícitos.
Toda esta temática, esta problemática, está teñida por una visión melancólica de la realidad. Aquí, en este punto, encuentro similitud con sus compañeros de equipo, Mujica y Bianco. Pero la añoranza de Sábato va más lejos, es ontológica y a veces metafísica. No se interesa únicamente por una clase social o un grupo de hombres exquisitos, se angustia por el hombre en abstracto, al margen de nacionalidad, clase social, talento y oficio, por el hombre que está aquí y ahora y que es, en términos sartreanos, una pasión inútil. La visión del hombre y del mundo aproximan a Sábato al existencialismo francés, al de Sartre. Por cierto, una de las heroínas de El túnel, María, lee a este autor y asimila sus ideas.
El túnel es una novela de breves dimensiones (sobre todo si se le compara con las otras del mismo autor) en que se mueven arrebatos que rápidamente conducen al crimen y la locura, la que de inmediato establece sus propias leyes. Así los personajes, y sobre todo el protagonista, rechazan primero la realidad externa y después se pierden en un túnel sin principio ni fin. Narrada en primera persona y por un pintor delirante, la mecánica de la novela es artísticamente impecable: el peso de la realidad enloquece a Castel, y éste al mirar y juzgar el mundo en que vive lo hace con la cabeza y el corazón de un loco. De esta manera enloquece la realidad y vuelve cuerdo su angustiado mundo subjetivo. Al terminar el libro el lector no distingue la razón de la locura.
Sobre héroes y tumbas técnica y estilísticamente deja muy atrás la obra anterior. Es una novela y algo más, mucho más, que una novela. Rompe con las normas imprecisas del género e inventa nuevos procedimientos estructurales para contar, con el pretexto de una novela de amor (como en El túnel), una anécdota que a su vez se fragmenta en numerosas anécdotas, tantas como personajes significativos aparecen en estas páginas. Desde cierta perspectiva parece un gran mural de la Argentina y los argentinos, de sus problemas, frustraciones y esperanzas. Pero simbólicamente el país crece hasta convertirse en el mundo; y el hombre argentino, visto en sus puntos esenciales, cede su sitio al hombre de nuestro tiempo. La clave de la novela se halla en el inquietante y metafórico “Informe de ciegos” que contiene algunas de las páginas más deslumbrantes y verdaderas escritas en español a lo largo del siglo XX.
Abaddón el exterminador es, hasta ahora, la culminación de la obra de Sábato, su testamento como hombre y artista. Creo, también, que será su última novela. ¿Qué podría escribir, me pregunto, después de esta novela en que resume la vida entera de un hombre, él mismo, y del mundo en que le tocó vivir? Si pudiera, la única novela válida sería aquélla en que relatara, en vivo, su propia muerte.
Aquí Sábato una vez más, y con mayor perfección, retoma sus temas preferidos, convive con algunos de los personajes de sus obras anteriores e insiste en sus obsesiones fundamentales. Insiste, también, en que no hay respuestas a las preguntas en que ha venido insistiendo de 1948 a 1974.
La estructura es sorprendente ya que rompe con las leyes que él mismo había inventado en las dos obras precedentes. Se puede decir que es una novela, existen argumentos para probarlo, pero asimismo se puede decir que es algo diferente, sin etiqueta por el momento, que unifica en un todo homogéneo prosa narrativa y ensayo, autobiografía y memorias, arte y ciencia, moral y política, juicios y profecías. Y unido todo por un artista, un gran artista que se avergüenza de su propia sabiduría. (1974)
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