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En la democracia, el voto es una herramienta de valor central para los ciudadanos. De cara a los sufragios presidenciales de julio próximo, la socióloga Jacqueline Peschard analiza en este texto los distintos modos en que la población puede tener acceso a la información necesaria para su decisión electoral.
LA TRANSPARENCIA COMO REQUISITO DE LA INTEGRIDAD DEL VOTO
Si convenimos en identificar a la democracia como un régimen que garantiza el ejercicio de derechos, habremos de considerar casi un lugar común afirmar que el derecho al voto es el primer requisito o condición del edificio democrático. Y esto es así, en la medida que el voto libre y secreto permite garantizar que la elección de los gobernantes y representantes populares dependa exclusivamente de la voluntad de los ciudadanos erigidos en electores, es decir, que la conformación de los poderes esté sustentada en la decisión libre de los gobernados.
El voto es el derecho político por excelencia porque es la primera condición para contar con un gobierno democrático, de ahí que sea el más extendido y también el más regulado y convencional, ya que solamente votamos en las fechas y con la periodicidad señaladas por las normas electorales que, además, establecen las condiciones precisas para el ejercicio del sufragio. Es por ello que los principios esenciales que fundamentan el voto son la más amplia cobertura del universo ciudadano (la cobertura del padrón electoral) y “un hombre, un voto” que significa que cada voto tiene el mismo peso, independientemente de la relevancia social o política de quien lo emita. Así, uno de los primeros requisitos para que un régimen alcance la calidad de democracia en el plano electoral es que el registro de los electores alcance al mayor número de los ciudadanos existentes y que las normas aseguren elecciones libres y justas.
Justamente porque del ejercicio del sufragio emanan los poderes públicos y, consecuentemente, los responsables políticos de la gestión gubernamental, es clave asegurar la integridad del voto, es decir, el pleno respeto a la voluntad individual, sin coacción alguna, y a través de un recuento abierto y vigilado, capaz de generar confianza no sólo en los contendientes —candidatos y partidos políticos— sino en los ciudadanos en general. Y es aquí en donde la transparencia hace su primera aparición, porque es indispensable que esté a la vista de cualquiera cómo se organiza una elección, cómo se hace el cómputo de los votos y cómo se traduce éste en la ocupación de puestos gubernamentales y de representación política.
La posibilidad de que la sociedad vigile y tenga control sobre el proceso electoral es esencial para dotarlo de confianza y con ello legitimar los cargos públicos sujetos a elección. El escrutinio social es lo que permite que se cumpla la regla de oro de elecciones democráticas: la certeza de las reglas y la incertidumbre de los resultados.
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© Jos de Gruyter & Harald Thys |
Debido a que los partidos políticos son actores centrales de los procesos electorales, en la medida que son quienes organizan y articulan las ofertas ideológico-programáticas, representadas por sus respectivos candidatos, deben ser también objeto del más amplio escrutinio público. Los ciudadanos exigen hoy en día no sólo saber cuánto y en qué gastan los recursos que reciben, en particular los públicos, sino con qué procedimientos seleccionan a sus dirigentes y candidatos y cómo adoptan ciertas plataformas electorales o programas de gobierno.
Para decirlo de otra manera, un requisito insoslayable para lograr la integridad del voto es la transparencia no sólo de la organización de las elecciones que es responsabilidad de las autoridades, sino de la actuación de los partidos políticos que son justamente los enlaces o vínculos entre la sociedad y el poder.
En México, no fue sino a partir de 1994, y más concretamente con la reforma de 1996, que las leyes electorales concibieron la autonomía y “ciudadanización” de los órganos electorales como mecanismos para darle visibilidad y, con ello credibilidad, a la organización de los comicios, por una parte, y por otra, la fiscalización de los recursos de los partidos políticos. Aunque el término de transparencia no estaba en los textos de aquellas reformas electorales, la exigencia estaba implícita: era inconcebible tener elecciones confiables y competidas si la autoridad electoral y los partidos políticos no eran sometidos al escrutinio puntual de los ciudadanos.1 Fue así que de manera casi intuitiva empezó a perfilarse la idea de que la transparencia era un requisito de elecciones confiables.
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© Jos de Gruyter & Harald Thys |
LAS RAZONES DETRÁS DEL VOTO
Desde que el sufragio conquistó su carácter de universal y secreto, para asegurar que los votantes no fueran sometidos a presión alguna para favorecer a algún partido en especial, la sociología electoral se volcó a identificar las razones detrás del voto, es decir, los móviles de los electores. Son tres los resortes que mueven al elector a favor de una corriente política y sus respectivos candidatos: 1. La pertenencia a cierto sector social identificado con una ideología o corriente política; 2. La identificación o preferencia política, y 3. El cálculo racional. 2
La creciente desideologización de los partidos políticos y su cada vez mayor pragmatismo ha llevado a explorar y desarrollar el voto racional que implica que el elector tome su decisión a partir de analizar las circunstancias específicas en las que se desarrolla una elección, considerando qué es lo que en particular está en juego en cierta coyuntura y cuál puede ser la apuesta para el votante.
El voto retrospectivo es uno de los ejemplos más claros de esta óptica, ya que plantea que es a partir de una evaluación del gobierno en turno que el elector decide premiar o castigar al partido gobernante. Ésta es quizá la explicación más clara de por qué ciertas zonas tradicionalmente identificadas con un partido en cierto momento se alejan de éste para expresarle su inconformidad, o incluso su franco rechazo. En las muy recientes elecciones en España y, particularmente en Andalucía, que ha sido un bastión del psoe desde hace treinta años, el electorado se volcó a favor del Partido Popular, confiriéndole la mayoría de los escaños. 3
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