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NUEVA ÉPOCA NÚM. 147 MAYO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 147| Mayo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Paniagua Chino, Alejandro , "Equipaje" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Mayo 2016, No. 147 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?art=17173&publicacion=801&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Un niño se ve incorporado a las filas de un grupo de narcotraficantes. Lo que parecería un juego en realidad significa cumplir una primera tarea sangrienta. He aquí una historia de tema muy contemporáneo que se hizo acreedora al primer lugar del Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés 2015, convocado por el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla.

 

El niño cruza la calle. Camina hacia el viejo de cabello largo. Con voz apenas perceptible cuenta los pasos: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…

En la bolsa izquierda del overol lleva guardado un muñeco playmobil de cabello negro y traje verde. Lo halló en un bote de basura de la colonia Montesinos. El muñeco se llama Ambrosio, es su cómplice de juego, su alter ego, su Doppelgänger, y hasta su némesis, según las circunstancias. Además lleva en la bolsa un mazo de cartas de Lotería. La baraja le permite llenar los huecos y carencias de sus juegos. Si quiere que su muñeco viva una andanza en el espacio exterior, sólo basta con poner cerca las cartas de La Luna y La Estrella para llenar el lote baldío de astros, de planetas, de asteroides, de objetos voladores no identificados. Si desea simular que el muñeco se aleja de la Tierra a gran velocidad en un cohete, sólo hace falta poner detrás de él la carta de El Mundo y alejarla cada vez más, incluso en ocasiones pone al muñeco en el suelo y corre con la carta hasta el otro lado del terreno, así deja claro que el cohete es capaz de viajar a la velocidad de la luz. Al final del trayecto, la Tierra es un pequeño punto ante los ojos del explorador sideral. Si el pequeño desea convertir en un Rey a su muñeco, sólo debe colocarle en la cabeza el naipe de La Corona tras una ceremonia solemne. No importa que después una legión de revolucionarios, guiada por El Borracho y El Negrito, invadan el castillo hecho de basura y lo obliguen a abdicar porque están hartos de su régimen de terror. Si quiere convertir al muñeco en un héroe que rescata a su enamorada, basta con hacerlo andar del brazo de La Dama, a quien le regala la carta de La Rosa de manera galante, y la sorprende con una serenata cantada por El Músico. Enseguida hace que El Soldado, quien hace las veces de villano, interrumpa en la escena, golpee al playmobil con su fusil y secuestre a la muchacha. Ello con la intención de llevarla hasta las vías del tren frente al tiradero y amarrarla en uno de los tramos. Y aunque hace años que no pasa ningún ferrocarril por el sendero, es la imaginación del niño la que completa el peligro, para conseguirlo reproduce el ruido de unas ruedas y un silbato que se acercan con inminencia. Poco importa que La Dama ya sea plana, y que por tanto su cuerpo sea imposible de aplastar, ya que el miedo de perderla en el muñeco es el mismo que sentiría si su amada tuviera un volumen similar al de él. Por supuesto, el héroe siempre rescata a tiempo a la chica. Cabe mencionar que el niño alguna vez fue atrevido, y durante una sesión de juego cambió con un movimiento, raudo y preciso, la carta de La Dama por la de La Sirena para simular que la había desnudado, pero no se atrevió a continuar la historia porque aún le causa pudor la cercanía de un cuerpo femenino con los pechos al aire. Otras veces su muñeco se pierde en un bosque conformado por la carta de La Palma y El Pino, y después de caminar por horas, cuando ya está exhausto, cuando ya se ha terminado su comida representada por La Sandía, cuando la sed es abrumadora porque ha vaciado por completo la carta de La Botella, el niño hace que se eleve en lo alto el naipe de El Sol, y que el muñeco se alegre como nunca y dé gracias a Dios, porque sabe que amparado por la luz del día le será fácil encontrar el camino de vuelta.

 

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Alejandro Paniagua Chino
© Cortesía del autor

 

El padre del infante le permitía recorrer las cercanías del lote y buscar objetos de valor en las bolsas de basura de los parques y las zonas residenciales. Lo que el niño hallaba lo traía de regreso. Su padre se encargaba de venderlo y permitía que su joven asistente conservara la mitad del dinero. Con la intención de ayudarle a llevar la cuenta de lo que posee, el hombre enseñó a su hijo a contar hasta mil, cifra que para el pequeño parece cercana a lo infinito. Los juguetes que el niño rescataba y deseaba conservar los ponía en alguna de las bolsas o contenedores que lleva encima, así sucedió con la baraja y el hombrecillo de plástico.

Uno de los usos más extraordinarios que el niño otorga a sus cartas de Lotería sucede durante las tardes de lluvia; luego de que los goterones comienzan a empapar al muñeco, le pone encima la carta de El Paraguas y lo cubre con cariño. Por ello la carta está muy dañada y con los colores desgajados.

 

Mientras el niño camina hacia el viejo de cabello largo, los objetos en su ropa, mochila y cangurera hacen un ruido difícil de disimular.

En la bolsa central del overol, la principal, la de mayor envergadura, el chiquillo cobija un objeto que le resulta extraordinario, un viejo rehilete de colores. El juguete de tan aplanado, de tan lacerado, ya no es capaz de dar vueltas. Aquel rehilete lo halló dentro de un montón de basura al que incluso le puso nombre, lo bautizó como: Jacinto el basural, don Jacinto. Decidió nombrarlo porque al escarbar en su interior encontró lo que menos se esperaba: un corazón de verdad, un órgano central que antes animó a un ser, un símbolo de vida que se aceleraba o se aquietaba frente a todo tipo de sentimientos o conmociones. La víscera estaba envuelta entre periódicos. Hallar aquel corazón arreció el del pequeño en un instante. Tocó el tétrico hallazgo con un palo, quería ver si latía, no hubo respuesta. Contó cada golpecito que dio, fueron diez en total. Concluyó que el cúmulo de basura que pisaba había sido antes un ser vivo, un monstruo cuyo cuerpo estaba integrado por deshechos. Se acercó lo más que pudo para ver de cerca la víscera, por primera vez comprendió a la perfección que el corazón enfermo de su padre un día terminaría por detenerse, como ese que tenía enfrente. Quiso asegurarse de que en verdad se había topado con el cadáver de una abominación hecha de inmundicia, así que, como un médico forense que ejecuta una autopsia, escarbó el cuerpo abierto de su creatura. Encontró un estómago que resbaló de sus manos al intentar asirlo. Imaginó que ello reafirmaba por entero su teoría. Continuó su búsqueda. Encontró un cuchillo de carnicero sin mango, supo que se trataba del arma homicida, la hoja que se había quedado clavada en las tripas de la víctima. Soltó una lágrima en honor a su monstruo. Midió enseguida con los brazos el montón de basura, quería saber qué altura alcanzaba cuando era capaz de ponerse en pie. Calculó que era tan alto como su padre. Se preguntó cómo serían los ojos del ser. Escudriñó con calma y respeto para intentar hallarlos. Los mejores candidatos le parecieron dos rehiletes con aspas azules, verdes y rojas. Un monstruo con ojos giratorios debió haber sido hermoso. Después de encontrar la diadema que antes sostuvo a los rehiletes atinó a pensar que era la boca del monstruo, quien por alguna razón inexpugnable había muerto con una sonrisa.


   
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Alejandro Paniagua Chino

Escritor. Estudió Creación Literaria en la Escuela de Escritores de SOGEM. En el año 2007 fue becario del FONCA en el género de cuento. Obtuvo en el 2009 el Premio Internacional de Narrativa Ignacio...


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