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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Un recuerdo de H P Lovecraft en Florida
El viento sobre la hierba


Robert H. Barlow
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Barlow, Robert H. , "Un recuerdo de H P Lovecraft en Florida. El viento sobre la hierba" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?art=17652&publicacion=811&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Traducción de Vicente Quirarte

 

H. P. Lovecraft no fue sólo un contador de historias, sino también un infatigable escritor de cartas. El volumen titulado Oh Fortunate Floridian (2007) incluye 159 epístolas enviadas entre 1931 y 1937 a Robert H. Barlow, el escritor en ciernes que en México adquirió su personalidad definitiva como reconocido antropólogo. Para conmemorar los 80 años de la muerte de Lovecraft, acaecida el 15 de marzo de 1937, publicamos el texto escrito por Barlow en memoria de su maestro.

 

En marzo de 1937 viajaba a bordo de un autobús al este de la Ciudad de Kansas y leía y releía aquellas líneas borrosas en una pequeña antología de ensayos que contenía también el telegrama que me comunicaba el deceso de Howard Phillips Lovecraft. Ahora que ha cumplido siete años de muerto y se han dispersado las flores marchitas en la sombra fría de su monumento, inclusive aquella que conservo, deberían ser escritas palabras que se sumergieran en el remolino que nos rodea a todos, palabras que unirían memorias suyas y lamentaciones por él, con las implacables hipérboles fuera de tiempo. El viejo respeto y el afecto, aparte de su calibre como la personalidad que era, exigen una muy cuidadosa evaluación de Lovecraft, pero no hay tiempo. El hecho de que no haya tiempo, lo cual no es culpa de nadie, parece pleno de significado irrespetuoso.

El editor sugiere que escriba “al menos una breve pieza” para el volumen de las Cartas de Lovecraft, que debe ser impreso cuanto antes, y aunque han pasado diez años y Tlatelolco Xalliyacac en la lluvia de la noche fresca de verano, con los cargadores dormidos a las puertas de las cantinas y la “Virgen de la Macarena” sonando en el radio de alguien, de ninguna manera se parece a la Florida donde Lovecraft me visitaba, trataré de evocar aquel paisaje pretérito, y las dos personas desvanecidas que se movieron en él.

 

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H. P. Lovecraft
© Wikicommons

 

Lovecraft llegaría temprano en la mañana. Mi madre decidió que debíamos comprar más muebles para el amplio y vacío cuarto de huéspedes, que junto con el mío y un porche para siestas formaban la planta alta de la casa. Manejé el viejo Ford dieciocho millas hasta el pueblo y regresé con un pequeño escritorio rosa al que mi madre le había puesto el ojo desde hacía un tiempo. Luego regresé manejando al pueblo para esperar el autobús Greyhound en la farmacia. Vivíamos en el centro de Florida, en una casa hecha de troncos que Lovecraft después ayudó a fumigar contra las termitas. La casa estaba sobre un lago sin nombre, de nuestra propiedad. La carretera Eustis-DeLand pasaba por nuestra puerta, pero no teníamos vecinos en tres millas alrededor, y yo no contaba con amigos ni estudios excepto en una esfera armada por la oficina de correos y las revistas de historias fantásticas para las que Lovecraft escribía.

De repente, el autobús llegó y de él emergió sombríamente una figura alta y espigada, de protuberante quijada y cabello castaño que comenzaba a ser gris, que se apresuró a saludarme. En otra estación de autobús vería a Lovecraft por última vez, pero ésta era la primera y había cientos de cosas que decir y opiniones que preguntar mientras manejaba a casa con mi huésped y su diminuta valija.

Poco después de nuestra llegada, y tras presentarlo con mis padres y el escritorio rosa, me confesó que había sido el escritor fantasma de un artículo para Houdini, el mago, y en respuesta le mostré mis libros y revistas, varias pilas de las cuales atesoraba en un cofre que llamaba Yoh-Vombis, en honor a una historia de Clark Ashton Smith. Lovecraft me diría más adelante, en un momento de fastidio, que él amaba la literatura y yo amaba los libros, en lo cual había algo de verdad. En ese entonces, el curador de Yoh-Vombis consideraba a la bibliofilia una ocupación seria y coleccionaba autógrafos de Wells y Verne junto con los de escritores de revistas populares y buscaba números atrasados de Weird Tales a la par de ejemplares de James Branch Cabell fuera de circulación. En realidad fue la bibliofilia la que me condujo a escribir por primera vez a Lovecraft en 1931, cuando yo no llegaba a los trece años de edad.

Ese verano de 1934 tenía diecisiete y Lovecraft se quedó con nosotros casi un mes, ante mi encantada insistencia. Remábamos en el lago, jugábamos con los gatos o caminábamos con ellos por la carretera mientras el inverosímil Sol se ocultaba entre los pinos y cipreses, o buscábamos oscuras historias por nosotros conocidas en los archivos de Yoh-Vombis. Sobre todo, hablábamos de las historias fantásticas que él escribía y que yo estaba tratando de escribir. En el desayuno nos contaba sus sueños; en uno de ellos, era un mago al borde de un acantilado sobre el océano: lanzaba pelotas al espacio y las traía de vuelta. Algunas de ellas regresaban con cicatrices y restos de mares y espacios desconocidos.

Entonces la vida era enteramente literaria; esto es, todo lo que me importaba considerar como vida. Discutíamos sobre el Fantasy Fan y Lord Dunsany, escribíamos cartas, versos e historias, y no me iba a la cama hasta que no era obligado por mis padres. A pesar de que no le interesaban los juegos, en una ocasión escribimos versos para llenar esquemas previos de esquemas rítmicos. Uno suyo, titulado “El elefante blanco”, se encuentra todavía entre mis papeles, pues conservo inclusive sus libretas de apuntes. Mientras remábamos en bote, aceptaba mi desafío de encontrar rimas para pretzel y Schenectady y las hallaba en el nombre alemán de Atila:

John and I were out fixing Light wires near Schenectady
I connected one and the other connected he.

Nuestra plática estaba llena de desusadas referencias a ogros y cámaras de horror en la superficie de extrañas estrellas, y Lovecraft desplegaba una atmósfera de ominosa ilusión sobre cualquier sonido a lo largo de la carretera mientras caminábamos con mis tres gatos, a uno de los cuales bautizó como Alfred A. Knopf. Otras veces leía sus propias historias en voz alta, en tono siniestro y colocando silencios en los sitios adecuados. Especialmente gustaba de leer con pronunciación del siglo XVIII, “sarvant” por servant y “mi” por my. Mi propia absorción en los sueños y en historias oníricas mantenía la conversación en esa frecuencia, aunque de tiempo en tiempo hablaba voluble y enérgicamente sobre historia y química, el New Deal y la guerra de Abisinia.

Cuando no hablaba, escribía. A todos lados llevaba una bolsa negra muy usada que parecía de tela ahulada y de ella sacaba hojas de papel carta “Irish Linen”, comprado en Woolworth, y cartas por contestar. Su cuota diaria de correo era normalmente de media docena de cartas extensas. Debajo de un pretendido desánimo ante la cantidad de su correspondencia, se deleitaba enteramente en ella, y contestaba con todo detalle. A veces esas epístolas contenían historias de quince o veinte páginas que él corregía prolijamente, hasta que no había espacio para la interlínea. De esa misma manera corrigió mis propias, titubeantes historias.

Lovecraft había estado antes en Florida. Cuando por primera vez entré en contacto con él, estaba de visita en Dunedin, en la costa del Golfo, con el reverendo Henry S. Whitehead, el elegante escritor de historias de las Indias Occidentales, y en una ocasión llegó hasta los cayos. Hallaba un excitante contraste entre su hogar en Nueva Inglaterra y el paisaje de suaves pinos y pantanos, con musgos grises y negros que sofocaban a los árboles y colgaban de sus ramas, y palmitos que llegaban hasta el suelo arenoso. Matar a una serpiente fue un incidente digno de entrar en sus cartas, como lo fue una fiesta de recolección de moras azules en el curso de la cual cayó a un arroyo y perdió casi todas sus moras ―de lo cual se disculpó vigorosamente―. Su gusto por las antigüedades era estimulado por el ligeramente falso carácter hispano de Florida, y nos condujo a llevarlo a lugares como las fuentes de Juan Ponce de León, donde existe un molino español del siglo xviii en un avanzado estado de restauración, así como a New Smyrna, donde se levantan restos de una antigua misión. Causaron su deleite las paredes rosadas de San Agustín, un pueblo genuinamente antiguo y lleno de atmósfera. Visitamos igualmente la capilla de Nuestra Señora de la Leche, y un cementerio maldecido por los mosquitos, llenos de tumbas de jóvenes muertos hace un siglo a causa de una plaga.


   
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Robert H. Barlow

Nació en Leavenworth, Kansas, el 18 de mayo de 1918; murió el 2 de enero de 1951. Fue poeta, antropólogo e historiador del México antiguo. Estudió en el Instituto de Arte de Kansas City, en el San Francisco...


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