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NUEVA ÉPOCA NÚM. 158 ABRIL 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Tras la línea
Natural y sobrenatural


Sergio González Rodríguez
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 158| Abril 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

González Rodríguez, Sergio , "Tras la línea. Natural y sobrenatural" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2017, No. 158 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?art=17828&publicacion=829&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La sangre derramada libera una fuerza invisible a la que soy sensible. Lo registro como un vaciamiento, una desaparición de una parte de mí. Tal incidencia alcanza lo profundo de mi ser que, al sentirlo, libera una réplica semejante, una suerte de intercambio de energía sutil de procedencia somática. Lo sé: esto es materia para una película de horror sobre la invasión de lo atroz.

Lo vinculo con la experiencia de la fatalidad, el roce con una herida ancestral que traigo conmigo desde el nacimiento y que trasciende mi propia vida. Entre los cazadores, dicho trance es conocido, de allí el origen de un ritual: la sangre de la presa cazada debe untarse en la piel o en la cara. Una reapropiación simbólica. Alguna vez escuché a Guillermo Arriaga hablar de ese tema en una comida.

Esa tarde, durante la sobremesa, Arriaga habló de su amiga la actriz Charlize Theron, de cacería, de la Unidad Modelo, colonia en la que creció. De seguro detectaba ya en su mente el rastro de su novela El salvaje, escrita como si en cada página se escuchara una canción de Jimi Hendrix como música de fondo: “Voodoo Child”, “Manic Depression”…

 

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© Eli Lotar

 

El mes pasado asesinaron a dos sujetos a unos metros de mi casa. Lo supe por una noticia en el periódico. Horas después acudí a la escena del crimen, notoria por las cintas amarillas que puso la policía para resguardarla. Las cintas, escuálidas, oscilaban al viento y enmarcaban un acertijo sin solución. Manuel López Cotilla es una calle tranquila de la Colonia del Valle, y mantuvo durante décadas su prestigio impasible. Allí se construyeron casas familiares de estilo colonial-californiano que poco a poco fueron destruidas para levantar en los últimos años arquitecturas departamentales de ventanas transparentes y oscuridad interna.

Visualicemos esa calle solitaria al atardecer: esparce sus contrastes a partir del trozo ajardinado y central que la divide. A ambos lados, se observan casas silentes de otra época, que alternan su espacio con edificios recién construidos, rectangulares. Casi no hay coches aparcados, excepto uno que en un tramo, a la mitad de la calle, se ve abandonado, un Cadillac Fleetwood 1975 con las llantas desinfladas. Su dueño, vecino de siempre, fue un político que falleció tiempo atrás. El tiempo allí desvanece la solidez más tangible.

Pregunté a un conserje y a un chofer del sitio de taxis cercano sobre los homicidios de López Cotilla. No supieron decirme mucho excepto que, se rumoró, una madrugada hacia la una o dos horas dispararon contra las víctimas. Uno cayó junto a un coche estacionado, el otro corrió y fue ejecutado metros adelante. Nadie pudo decir si se oyeron los disparos o no. Nadie supo más, si eran delincuentes en pugna territorial o fueron ejecutados por un vengador anónimo.

Quizás este usó un arma con silenciador. Llevaba los pies calzados con zapatos deportivos, muelles y ligeros, sin hacer ruido al pisar. Muchas de las casas cercanas están desocupadas, y pronto habrá en su lugar nuevos edificios, gélidos, impersonales. A unos metros de donde cayó la segunda víctima, me detuve a elaborar una posibilidad: en alguna ventana del viejo edificio de al lado un testigo debió de escuchar o ver el crimen.

Toqué en un par de departamentos para preguntar, pero nadie respondió. Atisbé a través de la ventana de uno de ellos: sólo pude ver una sala con persianas, cortinas y moblaje anacrónico, un aparato de radio, una marina en la pared, un cartel en miniatura de una corrida de toros, una lámpara de mesa encendida cuyo foco parpadeaba. Reanudé mi caminata, y de pronto sentí que estaba en otra ciudad. Tal es el registro de mi ajenidad creciente en estas calles que fueron durante años mi territorio afectivo. El 7 de marzo de 2064, un niño paseante verá mi fantasma inclinarse hacia una ventana invisible y contendrá un grito de espanto.

Aquellas muertes ocurrieron la misma noche en la que soñé al hombre de traje gris, corbata y zapatos color cobre, pelirrojo y sin rasurar su barbilla. Parecía esperar mi paso en el amplio lobby de un cine con alfombra en el piso. Me volteó a ver en la distancia. Caminé hacia él y no dejó de mirarme, vigilante de mi paso. Advertí que era yo a quien esperaba, su sola presencia era un aviso. Quise esclarecer tanto el episodio onírico que desperté. Volví a dormir de inmediato para interpelar al hombre de gris, pero no reapareció en mi sueño. Pensé: es un cobarde.

Aquel homicidio doble fue un presagio: las semanas siguientes y a pocas calles asesinaron a otro individuo. Luego hubo un tiroteo entre policías y asaltantes que hirió, por azar, a una muchacha que transitaba en un taxi. Apenas un par de días atrás, en una avenida de la colonia, un par de asaltantes disparó contra el conductor de un automóvil de lujo. Él, que iba armado, alcanzó a herir a uno de ellos.

En la escena de los primeros crímenes aún se distinguía en la acera, a pesar de que lavaron los sitios, algunos restos de sangre. Me acerqué a ellas, olfateé y advertí su magnetismo liviano, pero persistente.

Evoqué al instante la noche en la que acudí al rastro de Ferrería al norte de la ciudad para completar un reportaje sobre las 24 horas de la urbe capitalina: se me había ocurrido que tal visita podía ofrecer un aspecto metafórico de la convivencia citadina, cruel, insensible. Eso aconteció veinte años atrás: el olor de la sangre bovina llenó mis pulmones con el olor de una sustancia vegetal hecha piedra y, después, mineral convertida en carne líquida. A cambio emití algo que colaboraba a desaparecerme.

A esa hora, la matanza de las reses estaba concluida y estas pendían de ganchos listas para ser transportadas y puestas en venta. El olor intenso de la sangre saturaba el rastro. Al salir, noté que un carnicero joven sentado en un banquillo jugaba con un cuchillo, lo golpeaba contra la pared. Su ocio se nutría del ruido que emitía su golpeteo lento: tac, tac. Transitaba de la película de horror metafísico a una de horror concreto.

Me retiré enseguida: la matanza industrial es abrumadora en cualquiera de sus variantes. Las estremecedoras imágenes de las reses abiertas se ensamblaban con las que acudieron a mi memoria: las del fotógrafo Éli Lotar en el matadero de La Villette en París hacia 1928 bajo el dicterio surrealista acerca de que no hay belleza sin sangre. Ahora oigo de nuevo aquel golpeteo del matarife.

Debo contener el ascenso del horror y me encierro a ver en el televisor una película de misterio sobrenatural. Un recurso que a veces me funciona, sí, homeopático, como aquel sistema de medicina alternativa fundado por el médico alemán Samuel Hahnemann que se basa en la doctrina de que lo similar cura lo similar. La cinta se titula It Follows: “Te sigue”, o “Lo que está detrás de ti”, creada por David Robert Mitchell.

Un grupo de adolescentes apáticos. Un suburbio en Detroit. Una atmósfera de extrañamiento y oxidación cotidianos. Una pospúber que, luego de tener sexo con un amigo, le es contagiado un mal: ve aparecer en forma esporádica a una mujer o un hombre que quieren matarla. El amigo le contará cómo a su vez él sufrió un contagio previo. Dicho mal, de apariciones mortales, no se cura a menos de que quien lo sufre lo transmita a otra persona por un medio análogo: sexo.

La pugna entre la credulidad y la incredulidad se despliega sobre una certeza: lo que ocurre atañe a lo natural y lo sobrenatural. Es inexplicable y, a la vez, persistente en su vigencia. Proviene de la imagen primaria, del engendramiento, de los misterios filiales, de la emergencia sexual. Algo tan preciso como el asesinato terrible de la protagonista con el que empieza la película. Un acertijo de adelante hacia atrás. La anterioridad siniestra como estigma vital.

Al día siguiente, debí acudir a un laboratorio clínico para que me extrajeran sangre como parte de un examen de rutina cuyo resultado sería normal. La enfermera me mostró la probeta y la aguja selladas y procedió a extraerme la muestra sanguínea. Al fluir mi sangre en la probeta, aluciné que la probeta con mi sangre caía al suelo y se rompía en pedazos mientras mi sangre manchaba los zapatos blancos de la mujer. Tuve una sensación de vértigo inusitada y terminé por entregarme a una placidez que se desdobló en beatitud. Una vida dentro y fuera que se encamina a sí misma, fluye hacia sí.

En mi mente surgió un término que acababa de leer: beatitud, el movimiento de la beatitud absoluta. El misterio de la desaparición de la conciencia y la voluntad. Era yo, lo supe bien, esa figura que aparece y desaparece en It Follows para atajar a los infectos, y que surge ante ellos ya sea como mujer u hombre desnudo que camina en un bosque o se yergue sobre un tejado. O el hombre de traje gris que acecha a su presa en los sueños. Un televisor antiguo con una imagen de señal defectuosa, vibrátil, discontinua.

Acabo de comprar el periódico. Abro las páginas con noticias urbanas y leo en una nota que diversos expertos afirman el aumento de homicidios en la ciudad, mientras las autoridades lo niegan y muestran sus estadísticas con cantidades constantes desde veinticinco años atrás. Estamos mal, pero es lo de siempre, dicen. A pasearse, me digo. Casi al mediodía, salgo a la calle y, a pocos pasos de mi casa, me extravío, y en una esquina veo desaparecer un edificio. Mi pierna izquierda también se disuelve en el aire poco a poco. Reapareceré ante otros.


   
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Sergio González Rodríguez

Nació el 26 de enero de 1950. Crítico, narrador, ensayista, historiador de la literatura y guionista. Estudió la licenciatura en letras modernas en la FFyL de la UNAM (1978-1982). Investigador de la...


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