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NUEVA ÉPOCA NÚM. 159 MAYO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Juan Rulfo: de lo invisible a lo visible


Paulina Lavista
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 159| Mayo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Lavista, Paulina , "Juan Rulfo: de lo invisible a lo visible" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Mayo 2017, No. 159 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?art=17979&publicacion=830&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Como una imagen que aparece al revelar una placa, la figura de Juan Rulfo se fue tornando gradualmente visible a los ojos dePaulina Lavista, a lo largo de su formación como fotógrafa, hasta llegar a cobrar una presencia sólida en varios planos de su vida. En estas páginas cuenta ese tránsito a la vez que se acerca a Rulfo en la vocación que con él compartió.

 

A mi madre, Elena Pimienta,
conocida por sus amigos como
Helen Lavista, quién partió al
viaje sin retorno a la edad de
cien años, el 16 de abril de 2016,
dejando en mi memoria la dulzura
de su carácter y su ejemplo de saber reír
ante la vida, “malgré tout”…

 

I. JUAN RULFO INVISIBLE

 

Por mi madre oí por primera vez el nombre de Juan Rulfo, allá por 1956. Con admiración, emocionada, hablaba de su novela, ya célebre, a un año de su aparición. Hablaba de cómo la habían impresionado los personajes de Susana San Juan y del tal Pedro Páramo, que decía, le recordaba a su padre, o sea, a mi abuelo, Bernardo Pimienta, entre otras cosas, porque había nacido en Tenamaxtlán, en la “mismita” región de Jalisco donde había nacido Rulfo, ahí “donde todos eran medio güeros y altotes porque habían matado a todos los indios, eran tierras de hombres a caballo, hacendados venidos a menos por la sequía y la Revolución”, nos contaba. Tendría yo once años de edad; me fascinaba oír sus narraciones, me transportaban a un mundo rural desconocido y mágico.

Mamá nos contaba: “Mi padre Bernardo Pimienta fue una calamidad. Era guapo, alto, parrandero, mujeriego. Tenía gallos de pelea, jugaba a las cartas, comerciaba con el ganado... hizo renegar mucho a mi madre, figúrense nomás, cuando se casó con mi madre ella llevó una dote de treinta mil pesos en monedas de oro y una mina de carbón que tuvo a bien gastársela en pocos años dejando a la familia en ruinas después de haberle hecho siete hijos… luego mi padre nos llevó a toda la familia a emigrar a Los Ángeles, California. Mi padre viajaba mucho; iba y venía a México cuando le daba la gana y a nosotros nos dejó allá del otro lado, mi pobre madre lloraba mucho añorando México”.

Nacida en Tala, Jalisco, en 1915, mi madre era prácticamente bilingüe, vivió en California de 1922 a 1934. Vino de visita a la Ciudad de México cuando terminó el high school, conoció a mi padre, Raúl Lavista; se casó en 1936 y jamás regresó a Los Ángeles. Mis abuelos volvieron a México hacia 1948, mi abuelo se fue al pueblo y mi abuela María, resentida, ya no quiso irse con mi abuelo y se quedó en la Ciudad de México a vivir en mi casa, lo que fue una delicia para mí en mi niñez por su forma particular (rulfiana) de hablar al estilo Jalisco y por las historias que me contaba. El resto de los hermanos de mi madre se quedaron en Los Ángeles para siempre, por lo que tengo un montón de primos hermanos chicanos que ya no hablan español.

Mi abuelo Bernardo murió en 1954 a la edad de 80 años, a raíz de que se había caído cabalgando en su caballo y perdió el conocimiento. Mi madre viajó con algunas de sus hermanas al pueblo de Tenamaxtlán, donde lo encontró inconsciente, por lo que pasó una temporada ahí hasta que murió. Estando mi madre en el entierro de mi abuelo, aparecieron unas jóvenes mujeres guapas enlutadas que lloraban y a las que nadie saludaba. “No te azores, Elena, son tus medias hermanas; tú sabes cómo era tu papá de sinvergüenza… ¡mira que caerse del caballo por andarle presumiendo a las muchachas del pueblo a su edad!”, le susurró al oído maliciosamente una tía.

“El pueblo de Tenamaxtlán se parece al Comala de Juan Rulfo: hay muchos fantasmas que rondan con sus historias; por eso me gusta tanto leer a Pedro Páramo: despierta mis sentidos”, solía decirnos.

 

imagen
Juan Rulfo en una fotografía atribuida a Antonio Reynoso durante la filmación de la película El despojo, ca. 1966.
Imagen trabajada por Paulina Lavista a partir de un negativo dañado
© Paulina Lavista

 

Luego la novedad fue que al poco tiempo Juan Rulfo vino a casa para entrevistarse con mi padre. Lo llevó la bailarina Waldeen von Falkenstein, quien tenía la idea de que mi padre, el compositor Raúl Lavista, le escribiera la música para un ballet inspirado en Pedro Páramo, proyecto que no se llevó a cabo, no sé por qué, pero que dio pie a que durante una época Rulfo frecuentara a mi padre para oír música. No lo conocí entonces, sólo seguí oyendo a mis padres, y a muchas otras personas hablar de él con admiración.

Pasé a crecer deseando a toda costa ser fotógrafa. Entre 1965 y 1967 estudié la carrera de cine, pertenecí a la primera generación de alumnos, en el cuec (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos), escuela formada por Manuel González Casanova en la unam.

Conseguí entonces, con mi juventud a cuestas, ávida de sueños por realizar, mi primer trabajo relacionado con mis intereses, fungiendo como asistente o achichincle de producción en la compañía Cine-Foto de los fotógrafos Antonio Reynoso y Rafael Corkidi, en la que lo mismo se producían documentales y largometrajes experimentales que fotografías y comerciales publicitarios. En una pequeña oficina, enclavada en medio de un gran foro, había colgadas, montadas en bastidores, una serie de fotografías en blanco y negro de pequeño formato y de tema rural. Pregunté de quién eran y averigüé que eran las fotografías de still de la película El despojo, que recién habían terminado en Cine-Foto, dirigida por Antonio Reynoso. Un interesante mediometraje con historia y guion de Juan Rulfo, de la que hablaban con mucho orgullo mis jefes, Corkidi y Reynoso, pues había sido para ellos un triunfo poder hacerla de manera independiente con muy pocos recursos económicos. Antonio Reynoso, quien hablaba con verdadera devoción de Rulfo, fue el alumno predilecto de don Manuel Álvarez Bravo, quien literalmente recuerdo que me dijo: “¡Caray, Paulina!, este Antonio sí es requetebuén fotógrafo, ¿no le parece a usted?”.

Éste fue mi segundo encuentro con el nombre de Juan Rulfo sin que se hiciera visible ante mis ojos el escritor jalisciense tan elogiado por todos.


   
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Paulina Lavista

Nació en México, D. F., en 1945. Fotógrafa y maestra de fotografía. Ejerce el arte fotográfico desde 1959. Estudió en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM (1964-1967). Trabajó como...


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