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NUEVA ÉPOCA NÚM. 159 MAYO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Memoria fantasma


Juan Pablo Villalobos
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 159| Mayo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Villalobos, Juan Pablo , "Memoria fantasma" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Mayo 2017, No. 159 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?art=17981&publicacion=830&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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¿Hasta dónde son capaces de llegar los críticos literarios para apropiarse de la obra y la figura de un escritor? A causa de sus indagaciones sobre Rulfo, el autor de No voy a pedirle a nadie que me crea se ve de pronto involucrado en una peligrosa trama gangsteril de académicos rulfistas, cuyo descubrimiento por poco le cuesta la vida.

 

I

En enero del 2005, mientras cursaba el doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona, conocí a Andreia, la ahora madre de mis dos hijos. Como éramos gente de letras (creo que lo seguimos siendo), el ritual de intercambios afectivos con el que nos descubrimos incluyó libros. Una madrugada, muy al principio, hablando de literatura, prometimos regalarnos nuestro libro favorito. Ella, que es brasileña, me dio las Memorias póstumas de Brás Cubas, de Machado de Assis, en la edición de bolsillo de Alianza. Yo le di Pedro Páramo en una edición que nunca había visto en México, la de compactos de Anagrama (nuestras becas no alcanzaban para lujos bibliográficos).

Ninguno de los dos vio una señal de mal agüero en el hecho de que ambos hubiéramos elegido libros de ultratumba. Al fin y al cabo se trataba de clásicos. Quizá ni siquiera fueran nuestros libros favoritos, sino una manera de alardear de la potencia de nuestras respectivas tradiciones literarias. Por si fuera poco, nos habíamos conocido en un seminario sobre literatura del Holocausto. Más romántico imposible.

 

*

 

Por aquella época me inscribí en otro seminario en la universidad, llamado “Dante y la posmodernidad”. La idea era rastrear la influencia de la Divina Comedia en la literatura, el cine, el teatro y el arte del siglo veinte. No tenía mucho que ver con mi proyecto de tesis sobre escritores excéntricos latinoamericanos: más bien no tenía nada que ver. Pero necesitaba sumar créditos y los seminarios eran la manera más expeditiva de hacerlo (mediante la simple asistencia y la redacción de un breve ensayo). Habiendo releído recientemente el Pedro Páramo con Andreia, para susurrarle al oído notas al pie de página, el tema me resultó obvio. Titulé mi trabajo “Pedro Páramo y la Divina Comedia: dos versiones de la escatología”.

 

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© Victoria Cuevas

 

Estábamos, como ya dije, en el 2005 y se cumplían cincuenta años de la publicación de Pedro Páramo. Había, como era de esperarse, un alud de artículos que, o bien insistían en las mismas lecturas de siempre (la exégesis del status animarum post mortem), o bien se esforzaban en proponer novedosas interpretaciones de la novela (fallando, la mayoría de las veces). Al sumergirme en Internet casi me ahogo y me arrepentí de inmediato. Sin embargo, no podía echarme para atrás, porque de una manera bastante irresponsable había comunicado al profesor el tema del ensayo antes de ponerme a investigarlo.

Al documentarme para la escritura, como un predador a la caza de citas que engordaran mi ensayo, descubrí que Carlos Fuentes defendía la conexión entre la Divina Comedia y Pedro Páramo y que Carlos Monsiváis la negaba, argumentando que era una estrategia de la “ignorancia ilustrada” para restarle su carácter social a la novela, para reducirla a la esfera de lo mítico. Léase entre líneas: una apropiación del neoliberalismo. “Todo es mítico”, escribe Monsiváis, “que a la letra dice: incomprensible, lejano, sellado”.

Con estupefacción tuve que afrontar la terrible realidad: si quería escribir el ensayo (y obtener los créditos) tendría que ponerme del lado de Carlos Fuentes.

 

*

 

“Es como si para Rulfo Cristo no hubiera resucitado”, escribí en aquel ensayo, “lo que recuerda la amonestación de San Pablo a los incrédulos: si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana y estamos todavía en nuestros pecados (Cor 1: 15-17). Los personajes de Pedro Páramo realizan una interpretación negativa de la escatología cristiana: Cristo ha padecido un martirio sin sentido, sin salvación, sin resurrección”.

Entregué el ensayo y obtuve los créditos sin que el profesor hiciera mayores comentarios (una práctica habitual en la mediocridad de las universidades españolas). Me olvidé del ensayo. Me olvidé de Rulfo. Andreia quedó embarazada. Abandoné el doctorado (se terminaba la beca y necesitaba un trabajo). Nació Mateo en septiembre del 2006. Escribí una novela, Fiesta en la madriguera, que sólo conseguí publicar en el 2010. La novela se tradujo al francés más tarde y Dominique Deruelle, un profesor jubilado de Saint-Étienne, me invitó a Letras Latinas, el festival de literatura latinoamericana de Lyon. Era noviembre de 2012.

 

II

 

—Ha muerto Martín Acuña de la Torre —me dijo André Feraud, de la Universidad Stendhal de Grenoble, durante una de las cenas del festival.

En un primer momento, distraído por la pericia que me exigían las pinzas y el tenedor para comer caracoles, no le puse atención. Como el nombre no me sonaba, incluso pensé que el comentario no iba dirigido a mí, sino a otro de los comensales.

—Martín Acuña de la Torre —insistió André, y esta vez levanté la mirada del plato y advertí que examinaba fijamente mi torpeza manual—, el gran rulfista paraguayo.

Me apresuré a meterme en la boca el caracol que había pescado, al tiempo que ensayaba una mueca de pena incierta, protocolaria. Confieso que incluso me dominó pasajeramente el hastío de confirmar, una vez más, que por haber nacido en Jalisco estaba condenado a ser, si acaso, un escritor de la tierra de Juan Rulfo.

—Ha muerto aquí, en Francia —siguió André—, vino a vivir aquí luego de jubilarse en la Universidad de Indiana.

Entonces algo resonó en mi memoria, quizá la mención a la universidad norteamericana: yo había citado profusamente a Martín Acuña de la Torre en mi ensayo sobre Rulfo y Dante. Una de sus ideas, sobre el tiempo en ultratumba, y su distinción entre lo que para Rulfo es filosófico y para Dante moral, fueron las bases de la escritura de aquel ensayo. Transcribo ahora un fragmento, copiado de mis archivos: “As in Dante, the pained shades of Rulfo have a kind of ghostly body, a phantom appearance, and they talk, they move, they complain, they grieve, and, deprived of any possibility of change, incapable of bettering their condition in any way, they find themselves outside of time”.

Imaginé una historia triste, y estereotipada: la del académico latinoamericano que, después de vivir largos años en Estados Unidos, vuelve a su país y no logra reintegrarse. La del expatriado que ha perdido su lugar en el mundo y, viejo y cansado, elige un lugar nuevo, ajeno, para ir a morir. André interrumpió mi devaneo melodramático:

—Lo asesinaron, dicen que fue una muerte natural, pero yo sé que lo asesinaron.

Deposité el largo tenedor con el que perseguía a los caracoles en el plato. Levanté la copa de vino tinto y, lentamente, di un trago. Miré a los otros escritores en la mesa (Alejandro Zambra, Alberto Barrera, Guillermo Fadanelli), enfrascados en una conversación paralela con Dominique Deruelle y con el director del festival, Alonso Morales. De seguir la lógica del diálogo, me correspondía preguntar cómo era que sabía que había sido asesinado, y la curiosidad, fulminante, me apremiaba, pero intuía que de hacerlo sería un camino de no retorno. André resolvió el dilema respondiendo la pregunta sin que yo la formulara:

—Me lo dijo él. Hablo con él todas las noches.

 

*

 

André Feraud tendría alrededor de sesenta años y era también un rulfista de carrera. No era uno de los más notables, o notorios, quizá porque se había dedicado a los estudios comparativos entre varios escritores telúricos con la obra de Rulfo: Jorge de Icaza, Ciro Alegría, Manuel Scorza. En los medios académicos mexicanos era más conocido por ser uno de los pocos que reivindicaban el lugar fundamental que debía ocupar un libro de cuentos olvidado, Trópico, de Rafael Bernal, dentro de la tradición de la narrativa indigenista y de la tierra. Se le consideraba un académico menor, un juicio arbitrario basado en un dicho popular: el que mucho abarca poco aprieta.

Cuando los meseros retiraron los platos con las conchas vacías de los caracoles, la mitad de las mías todavía habitadas, vi que Dominique se levantaba para ir al baño y me apresuré a perseguirlo.

—Vaya personaje André Feraud, ¿eh? —le dije a Dominique mientras orinábamos, uno al lado del otro, en los mingitorios.

—Un poco excéntrico, sí —contestó Dominique.

Terminamos la micción en silencio. Pensé que tenía que compartir con Dominique lo que André acababa de relatarme, al menos para volverlo cómplice de la incomodidad cuando volviéramos a la mesa.

—André me contó que —empecé a decir mientras nos lavábamos las manos.

—Quedó muy afectado por la muerte de Martín —me interrumpió Dominique—, ellos eran muy amigos, llevaban años trabajando en un libro sobre Rulfo que pensaban publicar en el centenario.

—¿Qué centenario? —pregunté confuso, en aquel 2012.

—En 2017 —respondió Dominique—, dentro de cinco años es el centenario del nacimiento de Rulfo.

—¿De qué murió Martín? —pregunté.

—Siempre tuvo problemas con la bebida —me dijo Dominique—, llevaba un tiempo muy deprimido.

Se secó las manos y abandonó el baño sin acabar de responder la pregunta.


   
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Juan Pablo Villalobos

Nació en Guadalajara en 1973 y radica en Barcelona. Narrador y traductor. Estudió marketing y literatura hispánica. Cursó el doctorado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad...


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