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NUEVA ÉPOCA NÚM. 159 MAYO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Deben de andar ahí todavía


Emiliano Monge
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 159| Mayo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Monge, Emiliano , "Deben de andar ahí todavía" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Mayo 2017, No. 159 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?art=17990&publicacion=830&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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I

 

Se murió Rulfo, anunció Servelia, asomando la cabeza a través de la ventana.

¿Cómo?, respondió Euremio levantándose apurado, más por culpa de la culpa que por hallarse sorprendido: hacía varios días que lo veía andar cansado, hacía varias jornadas que dejaba su comida, que no tocaba ni su agua. Y él no había hecho nada.

Puta madre, alcanzó a pensar Euremio, o pensó porque sólo para esto le alcanzó: putísima madre, mientras salía de la casa, ahuyentaba a los perros y apuraba su andar rumbo del fondo, allí donde Servelia estaba acuclillada, con sus manitas agarradas una a la otra.

Mira, soltó Servelia al escuchar que se acercaban unos pasos. No se mueve, añadió sin voltear la vista atrás, convencida de que era su marido el que allí estaba y concentrada en apretar aún más el nudo entre sus dedos: no ha querido hacerme caso.

Hincándose en el barro, Euremio le pidió a Servelia que apartara su existencia: cómo va a hacerte caso, gateó adentro de su casa: por qué piensas que iba a oírte, se acercó al cuerpo de Rulfo: vas a creer que se ha encogido, jaló una larga bocanada y lo agarró por las dos patas.

Antes de arrastrarlo para afuera, sin embargo, Euremio cerró un instante los párpados y así, como pidiéndole perdón a su animal, pensó en el dinero que podría haber ganado si no se hubieran, ellos dos, querido tanto, si lo hubiera pues vendido cuando todos lo deseaban.

¿Puedes creer que ya ni pesa?, soltó Euremio cuando al fin estuvo en el solar de nueva cuenta. ¿En qué momento, Servelia, cuándo se nos fue quedando así de flaco?, insistió ahuyentando nuevamente a los perros y observando fijamente a su esposa, quien estaba masticando: no saben del alma las horas de luto.

 

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II

 

Algo así como cuatro mil pesos, aseveró Euremio acariciando el pelaje del cadáver: eso va a costarnos si queremos enterrarlo allá con todos. Y otros dos si lo queremos además volver cenizas.

Eso es mucho dinero, Euremio, aseguró entonces Servelia, enrollando su dedo índice en la colita de Rulfo: o es que somos muy pobres, pero tú y yo no podemos pagar tanto, sumóclavando la mirada entre los grumos del barro y hundiéndose así en el silencio.

Sobre ellos tres, por encima de los vivos y del muerto, en torno de los cuales presumían los perros su ansia y su extravío, empezó entonces, poco a poco, a oscurecer. Aún no había estrellas. Sólo un cielo azul apresurándose hacia el negro, sólo el rumor aquel que va tragándose los ruidos.

Además, ni quién te dijo que eso quiero, soltó Servelia luego de un buen rato, cuando un calambre interno, un pedacito de rencor, la empujó hacia adelante y se sintió ella nuevamente. O no, más bien cuando alzó el rostro al escuchar —o al pensar que otra vez había escuchado— cómo alguien se acercaba detrás suyo: si lo enterramos ahí, van todos a ir a verlo cuando quieran.

Cuando quieran, repitió Servelia tras un par de segundos: cuando quieran, siguió diciendo, con voz cada vez más baja: cuando quieran, hasta volver su propio hablar puro murmullo, parte pues de aquel rumor que para entonces se lo había tragado todo.

El silencio, que de por sí había empezado a acechar a los dolientes y al cadáver, estuvo a punto nuevamente de atraparlos. Y los habría de hecho apresado, si no hubiera sido porque Euremio, apretando los puños, advirtió: pues entonces sí ni hablarlo, mujer.

Voy a enterrarlo aquí mismo, ratificó tras un instante Euremio, levantándose del suelo: Rulfo era nuestro, añadió el hombre girando sobre su eje, como buscando algo que no supo encontrar hasta que dijo: la pala, vete y tráeme mi pala, mujer.

Luego, mientras Servelia atravesaba el hondo negro que se había apoderado del solar y de las almas de los deudos, Euremio murmuró: si quieren verlo tendrán que entrar aquí en mi casa. Y quiero verlos que se atrevan, también dijo.

Apenas un par de minutos después, Servelia regresó cargando la pala, un saco de cal y un par de baldes. Desde entonces siguen ellos atrapados: dándole al suelo sus paladas, echando al hoyo sus puñitos de cal viva.


   
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Emiliano Monge

Nació en la Ciudad de México en 1978. Escritor. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde impartió clases hasta que se trasladó a vivir a Barcelona, España, lugar en el...


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