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NUEVA ÉPOCA NÚM. 109 MARZO 2013 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El síndrome del genio despechado


Enrique Serna
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 109| Marzo 2013| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Serna, Enrique , (2012) "El síndrome del genio despechado" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2013, No. 109 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?art=293&publicacion=14&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El tema de la añeja distancia del pensador y el artista frente al gran público sirve a Enrique Serna ―autor de Señorita México, El miedo a los animales y El seductor de la patria, entre otras novelas― para reflexionar sobre la importancia de explorar esas formas de seducción que permitirían al filósofo y al poeta acercarse a las masas en nuestra era.

Difundir ideas, erradicar prejuicios, avivar el espíritu crítico de la comunidad, enseñarle que hay conductas encomiables y otras despreciables tanto en la vida pública como en la privada, son tareas educativas que la literatura y las humanidades no pueden relegar al olvido sin empobrecerse. Para la gente que ha crecido en un medio hostil a la imaginación, los libros son un pasaporte a la libertad y, al mismo tiempo, un medio de conocimiento irremplazable. Hasta cierto punto, el oficio literario es una técnica de enseñanza, o de estimulación al aprendizaje, que trata de abolir distancias entre el autor y su público. “Lo aristocrático y lo verdaderamente hazañoso —decía Antonio Machado— es hacerse comprender de todo el mundo, sin decir demasiadas tonterías”. Pero en los círculos intelectuales existe un prejuicio muy fuerte contra cualquier ingrediente pedagógico en el arte o en las letras, porque la crítica exigente prefiere la insinuación a la explicación, lo inconcluso y lo fragmentario a las estructuras cerradas y unívocas en las que el contenido explícito reduce al mínimo la participación del lector. Como la pedagogía tiende a explicitar contenidos, el arte de sugerir parece incompatible con ella, pero quizá la crítica debería hacer una distinción entre la pedagogía evidente y la subterránea, entre las obras que enseñan sin dar lecciones y las que no son eficaces literaria ni pedagógicamente, porque aleccionan sin cautivar.

Quien sienta cátedra o pontifica en una novela comete sin duda una pifia estética, pero quien se regodea en su propia retórica banaliza una

evasión creadora que languidece y muere de hambruna cuando da la espalda a la vida. En realidad, las obras maestras son el resultado de un aprendizaje mutuo, pues el autor nutrido de experiencias propias y ajenas (incluyendo, por supuesto, las experiencias literarias) las selecciona para compartir con otros lo que ha aprendido en su tránsito por la vida. El magisterio del escritor, entendido de esa manera, no es una afirmación de superioridad sobre el público, sino un deseo de compartir lo que aprende al pasar su cúmulo de vivencias por el tamiz de la introspección. ¿Qué pasaría si la literatura se encerrara tanto en sí misma que renunciara por completo a su misión educativa? ¿En manos de quién quedaría la función de inculcar la inconformidad, el amor a la belleza, la pasión por la verdad? No pretendo, por supuesto, descalificar en bloque la literatura difícil. Reducir el ámbito de las letras a lo que todo el mundo puede comprender sería tan arbitrario y nocivo como expulsar de su seno a quienes intentan seguir la pauta de los clásicos para elevar la capacidad intelectual y la apreciación estética del gran público.

En épocas en que el gusto estaba menos polarizado se consideraba que el máximo mérito de un autor era conmover al pueblo sin sacrificar la calidad literaria. Esa hazaña artística establecía entre el escritor y su público un diálogo de persona a persona que sembraba una semilla de pluralismo en el alma colectiva. Por desgracia, la creación de obras maestras con diferentes niveles de compresión, que alcanzó su esplendor en tiempos de Shakespeare y Lope de Vega, cayó en desuso desde que la cultura de masas entró en su fase industrial. A partir de entonces, el público ya no fue considerado una asamblea de individuos sino una muchedumbre indiferenciada. La deshumanización y la mecanización del entretenimiento derivada de este menosprecio se han convertido en las peores lacras culturales de la humanidad. Prever con exactitud los gustos de un rebaño significa despersonalizar a sus miembros. Como la mercadotecnia del espectáculo necesita producir hombres en serie, con reacciones previsibles y gustos uniformes, para reducir los márgenes de error en sus estrategias de manipulación, en la actualidad es más urgente que nunca rescatar la tradición literaria que incitaba al hombre estándar a descubrir la singularidad del destino humano. Sólo así podremos contrarrestar el enorme poder uniformador de los medios. Dicho en otras palabras, la literatura —incluyendo en ese rubro a su hijo descarriado, el guionismo de cine y televisión— debería ser un valladar contra la masificación, pero es difícil que lo consiga si se conforma con monologar delante de un espejo.

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Rafael Sanzio, Escuela de Atenas, 1512-1514

El humanismo griego tuvo ideales éticos y pedagógicos diametralmente opuestos a los imperativos políticos de las castas sacerdotales egipcias o hindús, pues en vez de imponer el principio de obediencia y dictar leyes desde las alturas, sus creadores buscaron infundir en el hombre una idea más elevada de sí mismo. Resumido en la sentencia de Píndaro “transfórmate en lo que eres”, el fundamento de la paideia griega era una idealización del ser que trataba de convertir al hombre en un investigador de su propia esencia. Platón dio sustento filosófico a esa doctrina en el pasaje del Fedro donde narra el mito de la caverna, según el cual el hombre no aprende sino recuerda lo que su alma inmortal ya sabía desde la antigüedad más remota. La aspiración a la verdad sería entonces el pleno aprovechamiento del potencial que la naturaleza encierra en el alma. Por supuesto, nadie puede alcanzar la reminiscencia sin emplear toda su capacidad intelectiva en el proceso de aprendizaje. “Sócrates rechazaba repetidas veces la palabra enseñar como expresión de este proceso —apunta Werner Jaeger—, porque parece reflejar un atiborramiento exterior de conocimiento en el alma. El aprendizaje no consiste en una asimilación pasiva, sino en una entrega esforzada con participación espontánea”.

De hecho, Sócrates ni siquiera aceptaba el título de maestro y se pasó la vida desenmascarando a quienes creían merecerlo. Por supuesto, esta técnica educativa entraña una disminución de autoridad por parte del instructor, que debe ser suplida con una mezcla de poder persuasivo, destreza y talento. El diálogo era el instrumento pedagógico favorito de Sócrates porque de esa manera involucraba al interlocutor en la gestación del conocimiento. Pero en la Grecia antigua, la poesía también era un género pedagógico. De hecho, los helenos consideraban que el ritmo y la armonía, la palabra y el sonido cumplían la función de formar el alma. Las epopeyas de Homero, que la gente del pueblo recitaba de memoria, eran los textos de cabecera para enseñar historia y ética en las escuelas. Parménides, Empédocles y Jenófanes expusieron sus ideas filosóficas en verso para cautivar al auditorio con una música verbal más recordable que la prosa. Eso no restaba precisión a sus ideas; al contrario, les daba alas, pues, como advierte Jaeger: “La poesía es más filosófica que la vida real, pero al mismo tiempo, por su concentrada realidad espiritual, más vital que el conocimiento filosófico”. Salvo Licofrón, un poeta deliberadamente oscuro, tildado de mediocre por sus contemporáneos, casi todos los demás poetas de la Hélade aspiraban al título honorífico de educadores.

Para ser un buen educador literario, lo mismo en la antigua Grecia que en el mundo moderno, es preciso haber logrado previamente en el terreno del lenguaje la metamorfosis aconsejada por Píndaro, porque sólo un escritor que ha logrado reencontrarse con su yo más auténtico puede auxiliar a otros en la misma búsqueda. Existe, pues, una clara analogía entre la lucha por encontrar un estilo propio y la búsqueda del ser encerrado bajo las capas de escoria que la educación remueve del alma humana. Como el niño que sueña en lo que será el día de mañana, cuando haya avanzado un largo trecho en el camino del conocimiento, el escritor en ciernes se forja un ideal de la escritura a la que aspira, y si en verdad ejerce la autocrítica sólo queda satisfecho al darle alcance. En sus inicios, el ideal que persigue es apenas una brumosa intuición, pero la disciplina y el esfuerzo poco a poco lo van delineando con más nitidez. De manera que la función educativa de la literatura no implicaba para los griegos, ni debería implicar en la actualidad, un abaratamiento del lenguaje o un descenso al lugar común. Al contrario: se juzgaba con el máximo rigor a los poetas que no habían alcanzado la excelencia en su arte y por lo tanto eran malos pedagogos.

Pero, ya desde entonces, los ricos y los poderosos, a quienes los sofistas no se atrevían a corregir con suficiente rigor, por miedo a perder sus generosos estipendios, se conformaban con recibir una educación incompleta y falsa que consistía en adoptar como adorno los signos exteriores de la cultura. Los déspotas sólo querían un barniz cultural que no les costara demasiado esfuerzo, como pudo comprobarlo el propio Platón cuando intentó educar al tirano Dionisio de Siracusa, que deseaba ser un hombre de talento sin someterse a ninguna disciplina intelectual. A juicio de Platón, toda la gente que incurría en ese autoengaño era parte de la masa, así tuviera poder y fortuna. La verdadera falla de la educación sofística, a su juicio, era el sometimiento de los educadores a los gustos de su auditorio, una subordinación forzada por el interés pecuniario.

El sofista, bajo este enfoque, sería el precursor de una práctica dolosa que la industria del espectáculo ha perfeccionado hasta el vómito: dar al público lo que pide, después de haberlo acostumbrado a pedir basura. Platón creía que el artista no debía ser discípulo sino maestro del público, pero al mismo tiempo desaconsejó ejercer ese magisterio con métodos coercitivos, porque sin “participación espontánea” del hombre ávido por conocer, no hay arte ni educación posible. Tenía motivos para creer que la gente común, bien motivada, podía dar mucho de sí, ya que el público teatral se entregaba con el mayor entusiasmo a los avatares de los héroes trágicos, aunque los grandes poetas dramáticos de la época no eran nada complacientes con la ignorancia, ni empleaban un lenguaje accesible al vulgo. Según Jaeger, “su consciente alejamiento del lenguaje cotidiano elevaba al oyente sobre sí mismo, creaba un mundo de una verdad más alta”.


   
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Enrique Serna

Nació en la Ciudad de México, el 7 de febrero de 1959. Narrador y ensayista. Estudió lengua y literaturas hispánicas en la FFyL de la UNAM. Colaborador de Confabulario de Novedades, Crítica, La Jornada...


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