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NUEVA ÉPOCA NÚM. 109 MARZO 2013 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Jaime Sabines
Me hice poeta


Pilar Jiménez Trejo
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 109| Marzo 2013| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Jiménez Trejo, Pilar , "Jaime Sabines. Me hice poeta" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2013, No. 109 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?art=297&publicacion=14&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El libro Jaime Sabines: apuntes para una biografía es resultado de varios años de conversaciones con el poeta chiapaneco, estas páginas no pretenden conformar una biografía; son apuntes, instantáneas y reflexiones sobre momentos cruciales de una vida centrada (o concentrada) en la poesía. Esta memoria del poeta, presentada en primera persona, aparece editada por Coneculta-Chiapas. Ofrecemos aquí algunos fragmentos que conforman el capítulo tres.

En secundaria y preparatoria me dio mucho por leer, acudí a infinidad de literatura pero la influencia mayor que he tenido fue a través de mi padre: su conocimiento de la literatura oriental me ayudó a llegar a las raíces de todo. Soy al mismo tiempo un poeta oriental y occidental porque mi poesía trata de hacer esa confluencia del pensamiento, de la idea mística y su razonamiento contemporáneo.

Mi familia fue siempre muy unida. Juan y Jorge no pudieron seguir estudiando más allá de la secundaria debido a la situación económica, y pronto tuvieron que comenzar a trabajar. Cuando terminé la primaria convencieron a mi papá para que yo continuara mis estudios hasta la universidad. Las buenas notas que había logrado en primero de secundaria, viviendo en Tapachula, tenían a todos contentos. Además de buenas calificaciones, también destaqué como pintor. Hice un cuadro en la secundaria tan bueno —al menos para ellos fue sensacional—, que lo mandaron enmarcar y lo colgaron en la casa; creo que hasta la fecha lo conserva una prima nuestra.

Juan era quien compraba los libros de filosofía y literatura universal que lograban conseguirse en Tuxtla. Y cuando yo tenía unos catorce o quince años él comenzó a comprar también obras fundamentales de Balzac, Victor Hugo, Tólstoi, Dostoievski, Alejandro Dumas y uno que otro autor estadounidense, pero sobre todo literatura francesa y rusa. Allí comencé a leer a Dostoievski, que me encantó. Por esos años también conocí a un autor que toda mi vida ha sido fundamental: Goethe, uno de los escritores a los que he vuelto y releído siempre; me parece extraordinario; su Fausto es impresionante.

Paralelamente en las clases de literatura de la secundaria nos enseñaban lo que había sido el romanticismo y el modernismo que inició el nicaragüense Rubén Darío y que se continuó en la poesía mexicana. Leí a Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Manuel José Othón, Salvador Díaz Mirón, Enrique González Martínez, que hizo la famosa frase con su poema “Tuércele el cuello al cisne”.

La única fuente de cultura en mi casa fueron los libros; no solíamos escuchar ópera, música clásica o cosas así. La cultura y mi formación intelectual vinieron únicamente a través de mi padre, los libros y la vida misma.

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Jaime Sabines
© Archivo Familia Sabines

En esos años me dio mucho por leer filosofía; me gustaban autores como Nietzsche, me encantó Así habló Zaratustra, un texto agresivo y valiente de un gran escritor. También leí a Schopenhauer y su obra sobre el pesimismo filosófico: El mundo como voluntad y representación. Desde entonces me interesó la filosofía. Pero no los enredos de Kant, la metafísica kantiana o cosas así nunca lograron atraparme; leía unas cuantas páginas y se me caía el libro de las manos.

Me acuerdo que peleaba con un maestro al que le decían Moralitos, que era de San Cristóbal; a él le gustaba la filosofía y teníamos grandes discusiones sobre el tema porque le citaba frases completas de Zaratustra, y luego él ya no sabía qué contestar y se enojaba. Esas lecturas formaban parte del desliz de mi casa en los estudios. Juan ya leía mucho y nos pasaba los libros a mi mamá, a Jorge y a mí; le gustaba mucho la literatura rebelde como la de Nietzsche.

En el último año de la prepa conocí en Tuxtla a un muchacho que no era de Chiapas, se llamaba Francisco Rodríguez; había llegado allá para trabajar, había estudiado leyes en México y nos hicimos amigos. Él me enseñó a los autores españoles del 27 como Federico García Lorca, Rafael Alberti, Luis Cernuda, León Felipe, Juan Ramón Jiménez y Miguel Hernández.

Me acuerdo que en El Estudiante, que costaba 20 centavos, se publicó lo que puedo llamar mi primera crítica literaria, escrita a los dieciocho años. Ahí se decía que yo era “un futuro gran valor de las letras chiapanecas”. Más tarde fui director de ese periódico y en la página poética hice una selección de los poetas españoles que me habían interesado, aquellos que me presentó mi amigo, incluidos Manuel y Antonio Machado. Eran entonces los poetas nuevos, y claro, muy buenos todos. Para mí el mejor, o con el que más simpatía tengo, con el que más me identifico, siempre ha sido Miguel Hernández.

Ahora todos esos poetas están en la vanguardia de la literatura universal. A Pablo Neruda lo conocí en el último año de preparatoria. Este amigo que viajaba con frecuencia a México me llevó a Tuxtla creo que Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Entonces Neruda era muy joven, nació en 1904, mas era ya conocido por este libro que lo lanzó a la fama y que publicó cuando apenas tenía diecinueve años; aún no era un poeta indispensable.

Empiezo a escribir poemas a los quince años para las chamacas, sin tomarlo en serio, porque cuando realmente considero que me hice poeta fue al venir a estudiar medicina a la Ciudad de México; ahí escribía a lo loco. Y fue cuando quise ser, y me hice, poeta.

Mi vida cambió enormemente en 1945 al estudiar en la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, que estaba en Santo Domingo, en el centro de la ciudad. Ésta fue la mayor tragedia de mi vida. Mi maestro Cheo Palacios, que me había dado clases de botánica y biología en preparatoria, me había influido para que estudiara eso, me hizo creer que yo tenía aptitudes para ser un gran médico; era un alumno muy querido para él. En mi familia todos parecieron encantados, se hicieron los trámites y me mandaron a la ciudad. En realidad no era una carrera para mí. A esa edad uno no sabe bien lo que quiere; yo tenía un concepto muy romántico de la medicina, quería descubrir e investigar, y me di cuenta de que aquello era más cuestión de paciencia que de talento, había que estar años detrás de un microscopio para ver qué descubrías. La medicina me decepcionó, pero no podía salirme porque creía que mis padres deseaban tener un hijo médico. Ése fue mi conflicto: odiaba la escuela y una sensación física de rechazo me embargaba.

La Ciudad de México tendría unos tres millones de habitantes y Tuxtla apenas treinta mil. Volví a sentir la hostilidad y el anonimato que había vivido antes. Me acuerdo de que dos primos me fueron a esperar a la estación de ferrocarril de San Lázaro y todo aquello era un ambiente extraño para mí. Iban a comenzar las inscripciones en la Universidad, que en esos años estaba en Justo Sierra; era el mes de enero, hacía frío, venía de tierra caliente, odiaba el frío: ahí empecé a sufrir.

En la Universidad uno dejaba de ser Jaime y pasaba a ser un número de cuenta: 55096 era el mío, después de tantos años me acuerdo muy bien de él. Mi primera residencia al llegar a la ciudad fue en la esquina de San Ildefonso y El Carmen, ahí había una casa para estudiantes, era el mero barrio estudiantil y para mí algo provisional. Tenía que buscar un departamentito con algún amigo para poder vivir. Iba a la Facultad de Medicina, que estaba en la esquina del parque de Santo Domingo, ahí donde está la iglesia del mismo nombre, justo en lo que era el antiguo edificio de la Inquisición, que para mí siguió siéndolo los dos o tres años que estudié ahí. Años después, ya como museo, pusieron en ese edificio una exposición de aparatos de tortura. ¡Híjole!, qué bien le cayó el tema de la exposición a ese lugar. Fue una época muy mala para mí, todo me resultaba odioso. Sufrí tanto que aún ahora cuando paso frente al edificio de la Inquisición, me gustaría verlo demolido.

Ahí escribía poemas aunque no tengo ningún poema de esa época ni hay publicado nada de eso en mis libros. Pero es justo cuando vengo a estudiar medicina cuando me hago poeta de verdad: en la hoguera o, digamos, en las brasas. En esos tres años me hice poeta, con el dolor, la soledad y la angustia. Compraba unas libretas muy grandes, y no había noche que no me pusiera a escribir de mis angustias, de mis penas, de mi tragedia personal. Escribía páginas y páginas. Nunca salió un buen poema, desde luego. Pero sí agarré el oficio en esos años, porque escribía por necesidad. Tal vez conservo algunas de esas libretas en que hablaba a los “hombres del siglo xxi”, pero fue por la soledad, la amargura, el dolor de vivir en una ciudad hostil, por todo eso. Fue mi aprendizaje de la angustia.

Comencé a escribir en serio cuando sentí la agresión de la capital, la soledad. Lo primero fue lo hostil de la enorme Ciudad de México, y luego la hostilidad particular hacia mí en la escuela. Me hago poeta a fuerza por la necesidad a mis diecinueve años.


   
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Pilar Jiménez Trejo

Nació en la Ciudad de México, en 1966. Periodista cultural y de temas internacionales. En 1994 publicó el libro de entrevistas a escritores Creación y poder. Nueve retratos de intelectuales (en...


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