UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 113 JULIO 2013 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Inicio   >>> Art%C3%ADculos   >>>   Elsa Cross

Evangelios gnósticos
La Verdad oculta en una vasija


Elsa Cross
citar artículo
citar
NUEVA ÉPOCA | NÚM 113| Julio 2013| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Cross, Elsa , "Evangelios gnósticos. La Verdad oculta en una vasija" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2013, No. 113 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?art=632&publicacion=20&sec=Art%25C3%25ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

PDF
aumentar letra disminuir letra
1 / 2

Untitled Document

En 1947, los aldeanos de la localidad egipcia de Nag Hammadi encontraron dentro de una vasija trece códices con evangelios gnósticos escritos en lengua copta que han obligado a los estudiosos e investigadores de la historia de las religiones a replantearse numerosos aspectos del cristianismo primitivo y de sus diferentes corrientes. La poeta Elsa Cross comenta la primera versión en español de cuatro de estos evangelios realizada por el especialista Roberto Sánchez Valencia y editada por la Facultad de Filosofía y Letras de nuestra Universidad.

La aparición del volumen Evangelios gnósticos de Nag Hammadi, preparado por el doctor Roberto Sánchez Valencia, es un acontecimiento editorial y académico. A él se deben no sólo una amplísima introducción, comentarios y notas sobre los textos seleccionados para este libro, sino una traducción directa del copto y un vocabulario. No creo equivocarme al decir que esta es la primera traducción directa del copto que se publica en nuestro país, y que el doctor Sánchez Valencia probablemente sea la única persona —o de las muy pocas— que conozca aquí esta lengua a profundidad.

Sánchez Valencia tradujo cuatro textos y los presentó en versión bilingüe copto y español: son el Evangelio de la Verdad, Evangelio según Tomás, Evangelio según Felipe y Evangelio egipcio. Tradujo, línea por línea, cada folio, y esto permite que el libro sea un tesoro tanto para los estudiantes como para los especialistas, sin que esto impida que cualquier persona, incluso ajena a estos estudios, como es mi caso, pueda acercarse al libro y realizar una lectura a fondo, con la confianza en la exactitud y el rigor de la traducción, y los extensos y sólidos estudios que la respaldan. Antes de esto, el doctor Sánchez Valencia había publicado ya su versión del Apocalipsis de Adán, también del corpus de Nag Hammadi, y otros dos volúmenes de ensayos interpretativos sobre diversos aspectos del cristianismo más antiguo. De esos textos, sólo el Evangelio según Tomás, que ha merecido muchísima atención de especialistas, se había publicado en México, en versión —no directa del copto— del doctor Ernesto de la Peña, recientemente fallecido.

imagen
Codex II de los Manuscritos de Nag Hammadi, con el colófon del Libro Secreto o Apócrifo de Juan (Kataïiôannên n apokryfon) y el comienzo del Evangelio según Tomás
©Wikicommons

Aunque son datos bien sabidos, quisiera recordar que copto es el término con que se designó a los egipcios convertidos al cristianismo desde mediados del siglo i, que comenzaron después a escribir, con un alfabeto griego adaptado a sus fonemas, en su propia lengua, el egipcio demótico o popular, después llamado copto. Esta es la lengua que se habló en las últimas etapas del Egipto antiguo y bajo la dominación romana, y aunque cayó gradualmente en desuso y fue reemplazado por el árabe a partir de la conquista islámica, ha seguido siendo la lengua litúrgica de las iglesias cristianas, tanto romana como ortodoxas orientales, que hay en Egipto y en otros lugares de Medio Oriente.

Estaban en copto casi todos los manuscritos que se encontraron en Nag Hammadi en 1947. Se considera que en su mayoría pudieron haber estado escritos originalmente en griego, siriaco, arameo u otras lenguas, y que fueron después traducidos al copto. Nag Hammadi es una aldea que se encuentra en el Alto Egipto, a la orilla del Nilo, unos ochenta kilómetros al norte de Lúxor, la antigua Tebas.

Entre paréntesis quisiera añadir en esta contextualización que esos manuscritos no tienen que ver ni con los Evangelios apócrifos, no considerados canónicos por las iglesias cristianas, pero que fueron tolerados, y se han conservado desde la antigüedad, ni tampoco tiene relación con los Rollos del Mar Muerto, que empezaron a descubrirse a partir de 1946 en Qumrán, justamente a orillas del Mar Muerto, y que atañen al judaísmo y no al cristianismo. Hay otros textos gnósticos, como el Evangelio de María, descubierto a fines del siglo xix, y el Evangelio de Judas, que se encontró en 1970 y fue publicado recientemente, que no forman parte del corpus de Nag Hammadi.

Un hecho que atrapa la imaginación acerca del descubrimiento de estos textos, que habría sido el sueño dorado de cualquier arqueólogo, es que lo llevaron a cabo, involuntariamente, campesinos de esa región cuando hallaron en una cueva, dentro de una gran vasija, trece códices antiguos escritos en papiro y empastados en piel; cada uno contenía muchos textos. La madre de los campesinos, con toda inocencia, ocupó un par de manuscritos para prender un fuego, hasta que finalmente los hijos se dieron cuenta del valor que tenían y los vendieron.

Pero aun más emocionante que este detalle fortuito fue el contenido de los textos que se habían descubierto. Posiblemente esos manuscritos formaban parte de la biblioteca de un monasterio cristiano muy antiguo —fundado por San Pacomio, un cenobita de la Tebaida— que estuvo cerca del lugar. Tal vez alguien trató de salvar esos libros de una destrucción segura. Ireneo, obispo de Lyon, en su obra Contra las herejías, desde fines del siglo ii había declarado ya como heréticos todos los textos gnósticos. Y más de un siglo después, a raíz de los edictos y concilios del emperador Constantino, convertido al cristianismo, tener obras heréticas se convirtió en un delito. En esta época se destruyeron muchísimos libros, y es asombroso que el azar, o cualquier otra fuerza, haya salvado los que se encontraron en Nag Hammadi.

El contenido de esos textos es explosivo. Entre los 52 títulos que sobrevivieron, hay por ejemplo, como mencioné, un Evangelio de la Verdad, un Evangelio según Tomás, unode Felipe; dos libros secretos de Santiago y uno de Juan, un Apocalipsis de Pablo, dos Apocalipsis de Santiago, otro de Adán —traducido también por Sánchez Valencia— y otro más de Pedro; hay epístolas y hechos de algunos apóstoles, y muchísimos otros tratados, algunos bastante ajenos al mundo cristiano, que contienen cosmogonías gnósticas y una serie de cosas más. Nada de esto, por supuesto, formaba parte de los textos canónicos del Nuevo Testamento.

Y, como podemos imaginar, la aparición de esta biblioteca sacudió la concepción tradicional de los primeros tiempos cristianos. Aunque se sabía que el cristianismo primitivo estuvo muy lejos de tener la visión tan unitaria y consistente que ha transmitido el dogma desde el Concilio de Nicea, y se conocían las refutaciones de los Padres de la Iglesia a muchas herejías, como la gnóstica, muchos de esos textos no se conocían. El que hubieran aparecido, según opiniones como la de Elaine Pagels en su libro The Gnostic Gospels (1979), pone en evidencia que los textos que formaron el canon del Nuevo Testamento, fueron las escrituras que escogió y preservó el grupo vencedor, entre los de muchísimas escuelas, corrientes y tendencias cristianas que había en los primeros siglos.


   
    subir     PDF

Elsa Cross

Nació en la Ciudad de México el 6 de marzo de 1946. Poeta, ensayista y traductora.  Doctora en Filosofía por la UNAM, donde actualmente es profesora titular de Filosofìa de la Religión en la FFyL. Estudió...


Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés