UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 105 NOVIEMBRE 2012 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Inicio   >>> Artículos   >>>   Alberto Paredes

Nina de Villard por Manet
El vivaz y bello presente


Alberto Paredes
citar artículo
citar
NUEVA ÉPOCA | NÚM 105| Noviembre 2012| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Paredes, Alberto , "Nina de Villard por Manet. El vivaz y bello presente" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Noviembre 2012, No. 105 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=10&art=152&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

PDF
aumentar letra disminuir letra
1 / 1

Documento sin título

El siglo XIX francés fue la era de los salones: lugares donde se reunían poetas, pintores y músicos. Alberto Paredes recupera la figura de Nina de Villard, una de las figuras centrales de su tiempo, inmortalizada por Édouard Manet en el cuadro La dama de los abanicos.

A Françoise y Christophe, mis anfitriones en Nanterre

Sabemos de sobra que gran parte de la vida cultural francesa de los siglos anteriores se hizo en los salones. Salones: es decir, mujeres de origen burgués o nobiliario, sumamente ricas, sea por herencia familiar, sea por el marido o, en ocasiones, debido a estratégicas bodas de fortunas y haberes. Estas mujeres interpretaron con sensualidad, despreocupación y no poco olfato artístico el suntuoso y necesario papel de mecenas. Voy a hablar de la bella y legendaria Nina de Villard (1843-1884). Privilegiaré un instante de sus cuarenta y un años de vida excesiva y sin desperdicio. En su edad adulta, cuando rebozaba de actividades, su familia se formaba por su madre, Mme Ursule-Émilie Gaillard, tolerante y sin embargo atenta a que las cosas no desbordaran el cauce social, y ella misma; más la servidumbre. El curioso evocador de esas galantes figuras parisinas descubrirá que también se le conoce como Nina de Callias, por su fugaz marido, el conde Hector de Callias, escritor y periodista de Le Figaro, sujeto por lo que se ve de poca monta, si consideramos la debilidad de su huella histórica. Este marido no parece merecer más que referencias secundarias cuando se habla de su medio, nunca de él como protagonista. La nota a pie de página como destino.

Nina era un centro. Con anuencia y presencia de su madre, recibía los miércoles y domingos, en sus domicilios sucesivos (el célebre 17 de la rue Chaptal, más tarde: rue de Londres, rue de Turin y finalmente el estrecho departamento 82, rue des Moines, hasta que en 1882 su salón diera el último suspiro en el 58 de Notre-Dame de Lorette). Villiers de L’Isle-Adam le dedicó la bella crónica “Une soirée chez Nina de Villard”, que es una elegía a la amistad; fue recogida en el póstumo libro de varia lección Chez les passants,

citar
NUEVA ÉPOCA | NÚM 105 | Noviembre 2012| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Chez les passants (Fantaisies, pamphlets et souvenirs), Comptoir d’édi- tion, Paris, 1890, pp. 13-21. La fecha exacta de aparición: 14 de febre- ro de 1890. He cotejado el ejemplar custodiado en la BnF de la primera edición (FRBNF31584745) con la edición anotada de Raitt, Castex y Bellefroid para La Pléiade: Œuvres complètes, II, Gallimard, Paris, 1986, pp. 410-415, provista de notas muy útiles en las pp. 1329-1334. Junto con el texto de Villiers, una mínima introducción a Nina de Villard: http: //www.aei.ca/anbou/villard.html Aprovecho este pie para referir el óleo de Manet que más adelante menciono: Musée d’Orsay, inven- tario RF2850 (1.13 x 1.66 m).

totalmente pertinente en lo que aquí digo.

Entre el final del Segundo Imperio y los inicios de la Tercera República, el salón de Nina de Villard llegó a ser llamado el gabinete del Parnaso (le boudoir du Parnasse), al que todos acudían; esos todos como, por ejemplo, Cazalis (el médico de Mallarmé, también poeta y conocedor de arte y cultura), Coppée, Degas, France, De Hérédia, Laforgue, Mallarmé, Manet, Maupassant, Mendès, Verlaine, Villiers, Zola y tantos otros incluyendo al ruso Turgueniev, a los músicos Berlioz y Wagner. También iba a lo de Nina otra gran mujer,Augusta Holmès, compositora, pianista y cantante. Baste decir que mujeres como Nina y Augusta (que eran todo menos sumisas y discretas) conducen a una de las preguntas más elementales y justas sobre ese entorno tan fértil y variopinto: ¿qué hubiera sido de aquellos hombres (artistas, pintores, músicos, políticos, científicos, humanistas) sin esas mujeres tan irradiantes de brío? Mujeres que de una u otra forma los seducían, a las que cortejaban con o sin discreción y, ya fueran rechazados o aceptados eróticamente, nunca se privaron de su cercanía.

Henri Fantin-Latour, Retrato de Edouard Manet, 1867
Henri Fantin-Latour, Retrato de Edouard Manet, 1867
©WikiPaintings

Los artistas, hombres públicos y políticos que eran parte de esas veladas son protagonistas de lo que Francia fue en esos años. Esas personalidades desarrollaron el trabajo de su vida en varios tipos de núcleos sociales: los museos y galerías donde exponían, sus despachos, las editoriales y librerías que los publicaban, las redacciones de los periódicos, los cafés y restaurantes adonde acudían recurrentemente y, por supuesto, los salones. Salones tenidos, entretenidos y abiertos por esas mujeres, anfitrionas generosas, un poco locas, celosas y caprichosas y otro poco realistas y sensatas. Quitarle los salones parisinos a la Francia del siglo XIX es quitarle a un edificio colectivo una de sus columnas axiales… con no sabemos qué consecuencias estructurales para el edificio entero.

Pero no voy a evocar aquí todo lo que fue el salón de Nina, sus miércoles y domingos, a los que tantos de los más destacados parisinos fueron fieles. Gracias a Villiers, que llegó a ser algo así como el amigo de cabecera, quien quiera puede abrir las páginas de sus Pasantes, acariciarlas, colocar un buen cognac en la mesita de lectura, si le provoca, encender el cigarro, y, con un aboli bibelot d’inanité sonore al lado de la lámpara, ambientarse escuchando una canción de Debussy o Hahn o Wolf, y entonces proceder a “Une soirée chez Nina de Villard”. Bajo ese techo se propició mucha vida, romances, amoríos, chismes, intríngulis y obras y proyectos que perviven en nuestros días. Una de esas obras, que contiene la eternidad de ese tiempo tan efímero y frágil, está firmada por Édouard Manet. Pero el cuadro de Manet necesita una mínima ubicación en la turbulencia de esos años.

A causa de la guerra francoprusiana e invasión armada de París, Nina y su madre cerraron su frente de actividades sociales y emigraron a Ginebra, donde se encontraban con varios de los principales exiliados políticos. Pues el ambiente de sus veladas había sido abiertamente liberal y militante. La mejor prueba es que el gran político Léon Gambetta, héroe animador de la Tercera República, también fue parte de sus habitués. Las dos damas volvieron a París después del levantamiento y masacre de la Comuna, y en 1872 reanudaron su frente mundano, a pesar de que la guerra se había comido muchos de sus recursos. Fue el tiempo del pequeño departamento de la rue des Moines donde, según todos los agradecidos testimonios, las noches eran espléndidas. Se discutía con ligereza pero también con agudeza (Mallarmé era el dómine en este sentido), se cortejaba, bailaba, se hacía música y se leían las nuevas páginas de todos esos escritores, se cenaba, bebía y fumaba como si el mundo nunca se fuera a acabar… o como si después de esa noche no volviera a salir el sol.

En 1872, no obstante que Francia había recuperado su soberanía y emprendía la Tercera República (que no concluirá sino a causa del nazismo y los plenos poderes de Pétain en 1940), estaba herida y humillada. Francia brillaba, mas eran cenizas. Nina y su madre regresaron de Suiza y son parte de los esfuerzos por que la república levantara el vuelo. Pero el tiempo histórico y su vida personal ya vivida a ultranza evidenciaron que aquel florecimiento se resquebrajaba irremisiblemente. Jamais, jamais plus, como dice Mallarmé, traductor de Poe.

Cuando Nina volvió a abrir su salón, los amigos le respondieron. Fue un bello brillo, aunque se apagara súbitamente como resplandor de otoño. A sus treinta años, Nina conoció el regusto de que el tiempo es una fiesta pero también que hay seres y épocas destinados a la madurez precoz y a una vejez prematura. Bellos cometas. Su salón, en este retorno, duró un decenio: 1872 a 1882, pues su madre lo cerró ya que a sus treinta y nueve años Nina no era más Nina; la ruptura cinco años atrás con Charles Cros, digamos que su amante oficial, habrá sido la lenta puntilla, los amigos se dispersaban, a veces dándose la espalda entre sí, y, algunos de ellos, como le pauvre Lélian, se deterioraban miserablemente. Fue triste para Cros, Manet, Villiers y los que seguían queriéndola y procurándola, aceptar que su amiga estaba atrapada en una crisis, que desvariaba. Pero el suyo fue un ocaso de reina, los convidados recurrentes de su salón estuvieron a la altura. Wagner o Saint-Saëns pudieron haberla musicalizado. La poesía de Nina, probablemente ayudada por varios de sus poetas amigos, se recogió póstumamente en Feuillets parisiens (1885). Ella es la musa de Le Coffret de santal (1873) de Cros. Según su devoto Cros, murió consumida por tanto alcohol de las noches en blanco. Eso fue en 1884, a sus largos cuarenta y un años. Su retorno a París, después de la Comuna, si bien agónico, había vuelto a tener su minuto de fuego incandescente. “Blagueuse, rouée et tenace… / Mais pure par ferocité”, como la festejó su querido Villiers en Vers à peindre.

Manet estuvo ahí, de nuevo. La técnica perfeccionada del maestro, su inspiración y amor de amigo se combinaron provechosamente en su paleta. Preparó el lienzo, buscó su mejor luz, fijó el caballete y tomó los pinceles. Ese cuadro privilegió los tonos fríos. Había que hablar del tiempo entre la madurez y el final, contarlo y alabarlo, saludarlo con dignidad y belleza, sin mentir. Arte. Tonos dorados, mostaza, grises hasta el azul apagado, y blancos tanto opacos como brillantes dan vida a la mujer que se extiende de derecha a izquierda en un sofá, acodada en almohadones. El centro de la luz en su rostro y su pecho, pero mejor podríamos decir, en su corazón; y sombras a sus pies. Composición en diagonal pero de líneas suavizadas pues se trata de un cuerpo humano como eje geométrico, de un cuerpo femenino que se muestra como tal, no rígido en una vertical impositiva sino curvado en una estampa entre el reposo y la vigilancia: una mujer. Como elemento plástico complementario, abanicos que suspenden su etéreo ondular, fijados en el muro que hace telón a la escena, encantadoramente artificial y lúdica. Una chinela resbala con irresistible sensualidad  del pie derecho, un prendedor de plumas también doradas sujeta parcialmente el peinado y la mejilla izquierda se desfigura con levedad, como poema de Mallarmé o del Verlaine más refinadamente sensual, pues descansa sobre la palma de la mano, más abajo dos anchas pulseras por antebrazo, de un dorado que llega al negro, repiten el gesto de acariciar y sujetar. Es el oriente exótico tan propio de París, ese Medio Oriente de cuento de hadas para adultos ociosos. Con su pose y vestimenta de fantasía, la retratada está jugando a la árabe (argelina, con más exactitud).

Edouard Manet, La dama con los abanicos. Retrato de Nina de Callias, 1873
Edouard Manet, La dama con los abanicos. Retrato de Nina de Callias, 1873
©WikiPaintings

Y todo está hablando de la vida como un momento perdurable y frágil. Los abanicos atrapados en la pared, la tensión y el reposo que se cruzan en Nina, la zapatilla que puede deslizarse, el prendedor del que la cabellera escapa: fluye el instante inmóvil.Mallarmé —amigo de la modelo y del pintor— dijo en versos insuperables lo que el óleo está proclamando: “Le vierge, le vivace et le bel aujourd’hui / Va-t-il nous déchirer avec un coup d’ail ivre…” (“El virgen, el vivaz y bello presente / Nos desgarrará con un golpe de ala ebria…”). Nos posee el coro de Poe: Jamais, jamais plus.

Es así que Manet pintó a Nina. A aquella Nina. Vayamos al legendario Musée d’Orsay. ¿Cuántos visitantes, viajeros y conocedores, y cuántos turistas apresurados no detienen sus pasos ante esa joya dorada del tiempo exhibido en su último brillo? Contemplarán, atentos algunos, apresurados los más, una mujer sensual, adulta —piel implacablemente blanca, cabellera azabache fulgurante, mirada directa, posesiva, casi alegre, melancólica y vívida— a quien el pintor rindió lo mejor de sus pinceles. Es 1873 y el cuadro dice: La dame aux éventails, Nina de Callias.

 

_________________
Esta semblanza es parte de una investigación más amplia que actualmente realizo en París, gozando de una estancia sabática con el generoso apoyo del programa Paspa-Dgapa de la UNAM. (Nota de A. P.)


   
    subir    

Alberto Paredes

Narrador, ensayista y poeta. Nació Pachuca, Hidalgo, el 25 de abril de 1956. Obtuvo el doctorado en Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde es profesor. Fue jefe de publicaciones y...


Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés