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NUEVA ÉPOCA NÚM. 108 FEBRERO 2013 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Política y delito y delirio de José Woldenberg
Historia de tres secuestros


Rolando Cordera Campos
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 108| Febrero 2013| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Cordera Campos, Rolando , (2012) "Política y delito y delirio de José Woldenberg. Historia de tres secuestros" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2013, No. 108 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=13&art=265&sec=Rese%C3%83%C2%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Uno de los graves peligros que enfrenta la izquierda mexicana es el asalto a la razón debido a la visceral falta de memoria y autocrítica de buena parte de sus miembros. Para animar el necesario debate al respecto, a continuación presentamos las aproximaciones de Rolando Cordera y Farid Barquet al libro de José Woldenberg titulado Política y delito y delirio: historia de 3 secuestros.

La violencia llama a la violencia, mientras que el delito siempre se las arregla para aparecer, desaparecer y reaparecer de la mano de la política. Para todos y desde todos los tiempos: desde las mazmorras de la policía secreta zarista, cuyas historias inspiraron en parte el gran relato de Enzensberger, Política y delito, hasta los llanos y los montes de Guerrero, donde se urdió en buena parte la historia que José Woldenberg tan bien nos cuenta. Desde la mafia siciliana hasta los confesionarios parroquiales, donde se tejen y destejen los rescates.

Puede ser, tal vez siempre lo sea, que las ideologías jueguen un papel central y hasta decisivo en la calidad y el sentido de estas conexiones diabólicas. En todo caso, echar mano de justificaciones justicieras, hasta éticas o morales, es el deporte preferido del poder y sus abusos, pero también de quienes lo buscan para cambiar las cosas, de raíz por supuesto.

Así, no debe extrañar a nadie que, desde el espejo, los que acechan al poderoso y buscan demolerlo hagan suyas esas prácticas ni que, al hacerlo, construyan en terrífico diálogo una circularidad corrosiva de las relaciones sociales, las más cercanas a la vida común, pero también las que articulan los procesos políticos y económicos mayores. Es esta circularidad corrosiva la que arrincona y mancha, indeleblemente, los procesos adecuados conforme al derecho que, se insiste, son propios de la democracia. A esto y más nos remite esta espléndida reconstrucción de José Woldenberg del secuestro de que fueran víctimas Félix Bautista y Arnoldo Martínez Verdugo en 1985.

Entonces el más destacado dirigente del comunismo mexicano se aprestaba a volver a la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, luego de que tres años atrás encabezara la formación del Partido Socialista Unificado de México y fuera su candidato a la presidencia de la República.

De manera súbita, sin aparente previo aviso, desde las cañerías de una historia que muchos imaginaban superada gracias a los avances de la reforma política democratizadora iniciada en 1977, el dirigente es secuestrado para reclamar la devolución de unos dineros que, según los truhanes que perpetraron la agresión, les pertenecían como si se tratara de una herencia familiar. Y fue así, como si fuera un asunto de familia, como quisieron imponer sus términos y lograr su justicia.

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José Woldenberg

Los términos de este reclamo oligofrénico habían sido planteados con anterioridad en los secuestros y juicios a que esta banda sometió al respetado y respetable militante comunista, entonces también del psum, Félix Bautista. A quien muchos llamaban “el Lucio de abajo”, por la amistad y cercanía que guardó con el dirigente guerrillero. Sobre él quiso ensañarse la insania justiciera de quienes habían sido incluso sus compañeros en las varias tragedias guerrerenses de aquellas décadas.

Disfrazada delirantemente de acto político, la fechoría se volvió de inmediato noticia que conmovió al mundillo político de entonces y puso en jaque la confianza de las corrientes de la izquierda en la política. También, la de las otras corrientes que daban cuerpo a la política que emergía con la transición, en la izquierda que había dado fe de su compromiso con la vía democrática.

En las mencionadas reformas electorales, la izquierda había encontrado un cauce aceptable, aunque sin duda difícil y tortuoso, para construir una formación y una posición políticas que pudieran trascender su proverbial vida testimonial, marginal, sólo protagónica en las ilusiones y ensoñaciones de las veladas grupusculares o las remembranzas provenientes de otras experiencias revolucionarias. Éste fue, resumido abusivamente por mí, el contexto inmediato del secuestro triple, cuyo relato reconstruye de modo atractivo para nosotros y nuestras menguadas memorias José Woldenberg.

El contexto mayor era el de una crisis económica, mal entendida y peor manejada por el Estado, así como el de unas primeras, no por ello menos estruendosas, señales de que el otrora exitoso bloque histórico heredado de la Revolución mexicana vivía sus últimas horas. Fracturado por la nacionalización bancaria de 1982, el pacto de dominación tan bien tejido en la segunda posguerra y reforzado en los años del llamado desarrollo estabilizador de los sesenta, no encontraba cauce eficaz para su remiendo o reproducción, en tanto que la política vivía sus primeros momentos de apertura sin que sus actores principales por excelencia, los partidos y la opinión pública, cayeran en cuenta de los paralelismos nefastos que empezaban a emerger para, por la vía de los hechos, ofrecer un sustituto eficiente a la caduca estructura de poder y dominio.

Política y dinero, dinero y poder, en interminable y abrumador intercambio, empezaron en esos años a desplegar nuevas vocaciones y aptitudes. Con ello se pretendía desde el poder constituido, así como desde las praderas del poder concentrado de la economía o la comunicación, que la arcana relación entre política y delito empezara a ser vista como un arcaísmo, propio del delirio revolucionario y violento de unas franjas sociales previamente derrotadas con violencia criminal en los años setenta, al calor de la “guerra sucia”.

La consistencia del relato de lo acontecido, que orienta la lectura, junto con los atractivos flashbacks reflexivos sobre su eventual o profundo significado, confluyen en un panorama cuya reducción al mero drama de nota roja, buscado entonces por unos lamentables jilgueros de la derecha anticomunista, no tuvo mayor éxito. Lo que ocurría y ocurrió iba más allá del mero anecdotario de las debilidades un tanto ridículas de una izquierda comunista atrapada con los dedos en la puerta de sus propias indefiniciones; en realidad, daba cuenta de una enorme serie de huecos reflexivos y meditaciones históricas que la izquierda de entonces no parecía muy dispuesta a afrontar. Tampoco lo hizo después del aberrante episodio tan bien narrado por Woldenberg, y prefirió verlo como un momento efímero que no debía interrumpir sus elementales lucubraciones con las que se buscaba solapar una absurda guerra de posiciones entre sus diversas corrientes, el poco estimulante antecedente de las tribus actuales.

No se encaró de frente el tema de la violencia y la política, en general, y en particular el que tiene que ver con la revolución, los socialistas y la izquierda democrática. Tampoco se hizo lo necesario, unos años después, con el desplome del comunismo soviético y del conjunto del bloque que pretendía conformar una economía-mundo alternativa.

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El resultado intelectual y político de esta renuencia de la izquierda a pensar históricamente ha sido, hasta la fecha, una suerte de orfandad voluntarista. Ésta, a su vez, ha dado lugar a un adanismo serial del que no pueden derivar sino más extravíos en el discurso, la estrategia, la manera de entender, vivir y sobrevivir, este mundo salvaje y agresivo de la globalización y sus crisis sin fecha de término.

Encuentro en esta problemática, no abordada ni resuelta adecuadamente desde aquellos días, pero que no pretendo reclamar a nuestro autor, una razón poderosa para proponer la lectura de ésta, su más reciente entrega. Las dubitaciones de quienes vivieron y conocieron los antecedentes de la decisión criminal de esos autodesignados revolucionarios justicieros, son desde luego asunto pasado. Pero no pueden ser vistas como cosa juzgada políticamente; por eso, este libro es un recordatorio poderoso de que, para la izquierda, esta cuestión de fondo tiene que visitarse una y otra vez, porque los círculos obsesivos de la violencia que emanan de la política de poder y del poder, siguen con y entre nosotros.

Al actualizarse y volver a hacerlo, sus máscaras no son solamente las que usan los grupos rurales o periféricos de real o fingida autodefensa. Hoy, son las de supuestos o reales anarquistas, las de los jueces inapelables de la decadencia de una democracia en realidad balbuceante, o de los severos señores de una moral y una ética entendidas y practicadas como formas únicas del rigor o la verticalidad políticas.

El delirio que organiza la narración no es sólo un buen artificio para darle a ésta una mayor plasticidad y atractivo. Es el subproducto real de una forma grotesca de entender la política y buscar el poder, aunque haya quedado bien acreditado que, junto o detrás de la violencia ejercida y proclamada, estaban presentes también propósitos dinerarios.

La lista de personajes habla por sí misma de la complejidad y longitud de esta saga: Lucio Cabañas, el Partido de los Pobres; el procup don Sergio Méndez Arceo; los seguimientos de Miguel Ángel Granados Chapa; el secuestro de Alfredo Harp; el epr, Aguas Blancas y sus derivados... El cura Bonilla y el secuestro de Rubén Figueroa; el pcm una y otra vez deshojando la margarita de la legitimidad o no de “todas las formas de lucha”...

Los puentes entre la política y el delito ―nos recuerda José Woldenberg en su Colofón― no son nuevos. [...] La conquista o preservación del poder en no pocas ocasiones lleva a transgredir normas de todo tipo, siguiendo la añeja y siempre presente conseja de que el fin justifica los medios.

Pero en el repaso de los acontecimientos [...] hay un ingrediente extra: el delirio [...] Esa capacidad [...] autorreferencial, que en su despliegue se va distanciando de los otros hasta edificar un mundo singular, cuyas claves sólo las tienen los iniciados.

Nadie puede asegurar que no se pueda caer en lo mismo.

Agrego: ni desde la revolución definitiva; ni desde el redentorismo más iluminado; ni desde el poder... por democrático o eficaz que haya sido o prometa ser. Evitar el cuarto secuestro, el de la razón, podría ser otro legítimo colofón a este libro cuya lectura es, más que recomendable, obligada.

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José Woldenberg, Política y delito y delirio. Historia de 3 secuestros, Cal y Arena, México, 2012, 303 pp.

 


   
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Rolando Cordera Campos

Economista, investigador y articulista. Nació en Manzanillo, Colima, el 31 de enero de 1942. Es licenciado en Economía por la UNAM y tiene estudios de posgrado en la London School of Economics, Londres,...


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