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NUEVA ÉPOCA NÚM. 112 JUNIO 2013 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Gombrowicz en los territorios de la inmadurez
El solitario eminente


Philippe Ollé-Laprune
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 112| Junio 2013| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Ollé-Laprune, Philippe , "Gombrowicz en los territorios de la inmadurez. El solitario eminente" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Junio 2013, No. 112 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=18&art=502&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Traducción: Helena Díaz Page

El largo exilio de Witold Gombrowicz en Argentina a partir del estallido de la Segunda Guerra Mundial lleva al ensayista Philippe Ollé-Laprune a revisar la escritura experimental y los conceptos de arte e inmadurez que el escritor polaco desarrolló desde su novela Ferdydurke y afianzó en las páginas de su Diario, siempre en busca de la confluencia entre vida personal y creación artística.

Witold Gombrowicz construye su vida como se elabora una obra de arte. La atracción por lo lúdico, las imposiciones que lo desvían, el inevitable azar y la intención que conserva hasta el final marcan su trayectoria. Con una lucidez sorprendente, el gran autor polaco toma las riendas de los alcances de su obra y de la capacidad de su propio pensamiento; mejor dicho, sabe escenificarlos. Parte a tiempo de su país hacia un exilio interminable en Argentina y, después, casi en contra de su voluntad, en Europa occidental. En sus fotos se constata un innegable aire de altivez, ciertamente favorecido por un don afirmado en la farsa, la manipulación y la conciencia de estar en una constante representación. Nuestro escritor ha podido construirse un “personaje Gombrowicz” que se encuentra entre un aristócrata elegante, pobre y sin ilusiones y un desordenado noctámbulo voluntariamente perdido en los bajos fondos. Su destino de exiliado apuntala el gusto desde tiempo atrás afirmado por la construcción de un “yo” elegantemente provocador. De entre los momentos emblemáticos de su larga estancia en Argentina figura la traducción al español de su novela Ferdydurke: al “Rey”, el escritor, metido entre jugadores de billar y apasionados del tablero, un grupo de letrados hispanistas le ayuda a hacer pasar una extraña lengua polaca torcida por sus cuidados a un español también muy curioso. La empresa es enorme, pues el libro que tiene resonancias pesadillescas está escrito en una forma extravagante que el autor, quien domina mediocremente el español, intenta explicar al fervoroso grupo. Más que un ejercicio literario, aquello consiste en dar un nuevo aliento a una verdadera conspiración contra la forma de la novela tradicional y contra la lengua clásica a su servicio. Durante 1946, se incrementan las reuniones con distintos escritores, como Adolfo de Obieta (hijo de Macedonio Fernández) y los cubanos Humberto Rodríguez Tomeu y Virgilio Piñera, este último un gran escritor muy poco reconocido a quien Gombrowicz nombra “Presidente del Comité de Traducción”. En muy pocas ocasiones un texto de tal originalidad y potencial ha tenido una adaptación tan extravagante y lograda. Surgen las oposiciones y las discusiones para respetar la voluntad de un autor que no puede sino apreciar mal las sugerencias de soluciones del grupo. La batalla toma lugar en el terreno que apasiona al polaco: el de la Forma, que es para él el centro del Arte. La acogida de la novela en Argentina fue moderada. Las opciones artísticas de Gombrowicz, el tono del libro y esa lengua reinventada causan un malentendido entre él y el lector argentino, que no desaparecerá sino mucho tiempo después. Ricardo Piglia ha llamado nuestra atención sobre el deseo de este refugiado europeo de contar sus historias en una lengua impura, una lengua que vuelve la espalda a la lengua de la “cultura”, la que le suena tan falsa. Gombrowicz logra hacer pasar un sentimiento confuso y poderoso que relaciona la ligereza aparente del tono con la profundidad que, a veces, lo grotesco produce. Debido a su difuminada existencia en Argentina, él es fiel a los principios que se ha dado desde hace años y que sigue toda su vida. Sus veintitrés años de vida en Buenos Aires muestran el punto al que la construcción de su obra obedece a las exigencias que él había pensado y aplicado desde tiempos de su juventud polaca. En sus primeros textos ya se encuentra la semilla de una obra que se desarrolla en todo su esplendor al borde del Río de la Plata.

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Foto del pasaporte de Witold Gombrowicz, Varsovia, 1939
©Archivo Rita Gombrowicz

Nacido en 1904, en el seno de una acomodada familia lituano-polaca, hijo de un padre terrateniente y de una madre noble, Gombrowicz crece en el campo entre la iniciación artística del buen gusto y la inquietud política relacionada con la evolución de Polonia y el viento revolucionario procedente de Rusia. Vive uno de los momentos extraños de la historia de su país, el cual conoce una independencia relativa y en el que el problema de la identidad nacional es por fin superado. En ese lugar comienza a desarrollar un gusto por el individualismo desenfrenado y la originalidad incomparable, que acaban por consolidarse. Como estudiante más bien mediocre, obtiene una licenciatura en derecho y vive un año en París durante el cual constata su aversión por los lugares altamente culturales: “París” es el símbolo de la cultura aceptada, el sitio liso que sólo produce cosas desde el interior de la cultura. Ahí sólo encuentra un academismo sin futuro y sin aliento. Sin embargo, el joven Gombrowicz se lanza a la escritura y publica noticias, artículos y una novela: Ferdydurke. Esta última le gana el calificativo de escritor raro, fascinado por la lucha en cada uno de nosotros entre la madurez y la inmadurez, y que da la espalda a toda demagogia. La audacia del tono que se mueve entre un infantilismo provocador y una textura alucinante, y el poder de la provocación que su aliento impone le ganan a su vez una reputación de ser irascible. Frecuenta los cafés, se gana la amistad y el respeto de los autores contemporáneos que le importan: Bruno Schulz y Stanisław Witkiewicz, y por otro lado desprecia a los escritores que están más en boga. Seguramente alentado por sus hermanos, quienes están bien informados de la situación, Gombrowicz se embarca en un buque transatlántico, el Chroby (“El Valiente”), el primero de agosto, en un viaje inaugural en el que están invitadas todo tipo de personalidades polacas. Mucho antes, él había dicho a Bruno Schulz “que un día partiría a un país lleno de vacas”. Había soñado su exilio antes de que sucediera. Llega a Buenos Aires el 22 de agosto. Con sus características juveniles a pesar de sus treinta y cinco años, luce un aire altivo y de maneras refinadas. Se le ve seguro de su talento y a menudo maneja la provocación. El primero de septiembre, estalla la guerra entre Polonia y Alemania, y Gombrowicz prefiere quedarse en Argentina. Su estancia durará más de veintitrés años y nunca más verá su patria. Los lazos entre Polonia y Argentina son entonces fuertes, pues esta última es uno de los destinos preferidos de sus compatriotas: un lugar donde se puede hacer fortuna, donde es posible crecer en el aspecto económico, que a su vez requiere de la llegada masiva de mano de obra.

Esta llegada fortuita de sus compatriotas empuja al escritor a un destino que él parece haber deseado, incluso alimentado: vivir dentro de una marginalidad miserable pero digna, escribir una literatura reservada sólo para algunos elegidos, sin concesiones y sin deseos de gustar gratuitamente. Por lo tanto, Gombrowicz se instala en pensiones baratas y se consagra en primer lugar a descubrir la vida local popular. De ahí se desprende su conocimiento de la lengua española o, más bien, argentina, popular, y de personajes turbios que van de la mano con sus libros. No obstante, él insiste en vivir de la misma manera: discutiendo en los cafés con desconocidos e interpretando a su personaje de polaco noble y exiliado. La famosa traducción de su novela permite que el mito se forme; los jóvenes lectores, particularmente, empiezan a venerar a este personaje fuera de serie. Se multiplican las peripecias con muchachos jóvenes y él adopta una actitud desfasada que le conviene. Esta trayectoria hace surgir numerosas cuestiones que no son anecdóticas y que tienen que ver con la misma esencia de su obra y recalcan su profundidad. Gombrowicz construye de manera idéntica y a partir de los mismos valores su obra y su vida, escribe sus historias al margen de la realidad y practica una forma de pensar y de actuar que son indisociables. Actúa siempre tomando todo en serio, bromea, provoca y así pone en evidencia su timidez que no logra disimular detrás de una actitud de seguridad demasiado firme como para ser sincera. Toma rápidamente la decisión de permanecer en Argentina. Por un lado, no desea viajar a Londres para entrar en la lucha, presa de un antimilitarismo real y una gran repugnancia por el florido nacionalismo que ve alrededor suyo. Por otro lado, no es un desertor y se alista en la legión polaca, aunque su débil estado de salud impide que lo recluten. Siempre está relacionado con la comunidad de su país natal y hasta dispuesto a ser empleado en el Banco Polaco, establecimiento bancario que le remunera un salario, aunque modesto, para él suficiente. Este empleo le dura siete años, tiempo durante el que escribe su novela Transatlántico. En ella, escenifica de un modo extravagante la aventura de un escritor polaco llamado Gombrowicz, que se instala en Argentina, asiste a las ridículas manifestaciones del espíritu polaco, que incluyen un duelo en la historia y las maniobras de un homosexual que intenta seducir a un hombre joven... Como para subrayar la increíble composición de su universo, utiliza un vocabulario estrafalario e invenciones verbales inimitables; de esta manera impone un sentido de alucinación. En eso se acerca mucho a Ferdydurke, pero hacia un sentido de lo grotesco todavía más acentuado. El autor lo dice más tarde cuando compara las dos novelas: “Sería preciso sacar a los polacos de Polonia para hacerlos hombres y punto. Es decir, hacer de un polaco un antipolaco. [...] Se trata de la misma idea, siempre la misma. Tomar sus distancias con la Forma. En ese caso, con la forma nacional”. Aquí aparece una característica esencial de su obra: la fidelidad a sus principios. No cambia de dirección; profundiza siempre más hondo sin preocuparse de lo que existe a su alrededor y que podría enriquecerlo o corromperlo. Sus libros se siguen, se acumulan sin que se sienta que han recibido una influencia externa, literaria o no literaria. La comunidad polaca de Argentina se adueña de ese texto y se enfrenta con los que están a favor y en contra de Gombrowicz. El mismo escritor está encantado de ver que su obra se transforma en el tema central de la plática de sus compatriotas sin que por ello se digne a participar en la discusión. El libro disgusta o produce admiración pues, con una prosa voluntariamente arcaica y que trata en parte el patrimonio nacional, ridiculiza la conducta de sus personajes a los que él obliga a escoger entre una libertad desenfrenada, de hecho aterrorizadora, y un encierro en la tradición que se siente que arrastra hacia la desintegración.


   
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Philippe Ollé-Laprune

Nació en París, Francia, en 1962. Escritor y promotor cultural. Desde hace más de veinte años realiza una importante labor de intercambio cultural entre Francia y América Latina, trabajando como asesor,...


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