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NUEVA ÉPOCA NÚM. 120 FEBRERO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La loca jornada hacia José Emilio


Elena Poniatowska
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 120| Febrero 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Poniatowska, Elena , "La loca jornada hacia José Emilio" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2014, No. 120 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=774&art=15996&sec=Homenajes > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La inesperada muerte de José Emilio Pacheco ha llenado de tristeza al mundo de las letras. Junto con sus familiares y amigos, sus lectores lloran su ausencia y hacen encomio de su labor invaluable por la palabra, que cultivó y veneró como pocos. Elena Poniatowska, Vicente Quirarte e Ignacio Solares resaltan la vida y la obra de quien siempre será un autor indispensable de la literatura hispanoamericana.

5:30. 18 de diciembre. El periférico atestado, la cita es a las seis, media hora antes de que llegue el Presidente a entregar los premios nacionales de arte, literatura, ciencia y tecnología, 1992. Mula Monsiváis, me dijo que iríamos juntos, seguro se hizo pato. Hoy fue un día gris, con 300 puntos de Imeca. A ver cómo se presenta la noche. Mientras tanto, todos vamos a vuelta de rueda. Tengo que salir en Constituyentes, creo, o en Los Pinos. ¿Regalarán pinos en Los Pinos? En 1957, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis caminaban por la avenida Juárez, jovencitos, torpes criaturitas delgadísimas, tímidos, no sabían manejar, no tenían coche. En 1992 tampoco tienen. No manejan. Toman taxis. Entonces avanzaban pegándose a la pared, y si alguien los saludaba rascaban el suelo como becerros con sus pezuñitas. “A ver si, con un poco de suerte, vemos a José Gorostiza salir de Relaciones Exteriores”. El edificio porfiriano en Paseo de la Reforma y en el cruce de Bucareli, contaba con solo cruzar la avenida un Kikos y Octavio Paz invitaba a Augusto Lunel, hambriento poeta peruano a que se tomara un café con leche en vaso con un cuerno o una banderilla o una flauta o una oreja o una concha o lo que le apeteciera. Accesible, Paz abrazaba a los poetas, al Caballito (Carlos IV) sobre el que se montaban los papeleritos y a su ciudad que anunciaba que íbamos al siglo XXI y todavía nos hacía mucha falta la poesía. “Me dio la mano”, “me va a leer”, “dice que sí soy bueno”. “Mañana vamos a tomar café”. “El sábado nos citó Alfonso Reyes, no puedo creerlo”. “Ojalá y no caiga Pita Amor porque esa acapara toda la atención”. “Yo preferiría visitar a José Vasconcelos”. “No, no, la cita es con don Alfonso”. “¿Le llevaste tu comentario a Elías Nandino a Estaciones?”. En esa época, ambos comenzaron a formar su biblioteca, uno en la calle de Reynosa, otro en la de San Simón, ambas muy desordenadas, pero José Emilio nunca sospechó lo entrañable que me resultaba el desorden de su biblioteca y el gusto que me daba pasar entre torres de Babel de libros apilados en columnas que solo él reconocía.

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José Emilio Pacheco
©Angélica Martínez/Wikicommons

5:45. También le van a dar el premio a Amalia Hernández, a Gorky González, a Francisco Zúñiga y a Juan Somolinos Palencia, entre otros. Híjole, qué mala pata, a  Constituyentes ya lo hicieron sentido contrario, al D.F. nomás lo contrarían. Mejor me voy por Parque Lira, ah no, por allí ya no hay entrada. A ver si veo los Juanes-soldados. El tráfico no avanza. Esta es una catástrofe al estilo pachequiano. José Emilio es apocalíptico. Seguro ya llegó a Los Pinos y Cristina le endereza la corbata, le dice que se abroche el saco y Laura Emilia y Cecilia le meten la camisa y los cuatro aguardan inquietos. No puedo fallar, qué horror, qué ciudad. De viajar juntos José Emilio y yo, estaríamos atormentándonos los dos. Y ahora ¿qué hago? ¿Me voy por la derecha? Si el de PEMEX pretende rebasar, está loco, no lo voy a dejar, que se quede en su carril, por tracalero, por mentiroso. Oigo la voz de José Emilio. “No amo a mi Patria. Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) daría la vida / por diez lugares suyos, ciertas gentes, / puertos, bosques de pinos, fortalezas, / una ciudad desecha, gris, monstruosa, / varias figuras de su historia

/ montañas / (y tres o cuatro ríos)”. Seguro, José Emilio ya llegó. A partir del momento en que publicó La sangre de Medusa en los Cuadernos del Unicornio, llegó a la meta. Escribió claro, desde niño fue claro, quiso que lo entendieran. Su abuela le ordenó: “A meditar”. Lo enseñó a no pensar a tontas y a locas y a esperar. Desde entonces José Emilio reflexiona y si no es lo suficientemente transparente, reclama su manuscrito para rehacerlo, tachar, reescribir. Neus y Vicente se desesperan. José Emilio insiste. Dice que T.S. Eliot lo ha acompañado desde que tiene uso de razón y lo cita: “En mi principio está mi fin”. Para él, toda la vida es Eliot y su lucha por “recobrar lo perdido”. ¡Dios! ya está oscureciendo, son las seis. Me han caído encima los elementos de la noche. Prendo los faros. “Órale, pinche vieja”, grita un taxista que se cierra con ojos de odio  frente al Datsun verde. “Si yo no le hice nada”, alego. Los elementos de la noche tituló José Emilio su libro publicado en los sesenta. Luego vino, en 1969, “No me preguntes cómo pasa el tiempo”. No, José Emilio, ni se te ocurra en este momento, estoy que me lleva la chifosca, ya pasó la quincena pero ve nomás qué tráfico. Miro por el retrovisor la caravana de defensas y carrocerías, veo mi rostro atribulado. José Emilio responde en el espejo de los enigmas: “Cuando el mono te clava la mirada / estremece pensar / si no seremos / su espejito irrisorio / y sus bufones”.


   
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Elena Poniatowska

Nació en París, Francia, el 19 de mayo de 1933. Radica en México desde 1942. Narradora y periodista. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, alemán, polaco, checoslovaco, sueco, noruego,...


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