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NUEVA ÉPOCA NÚM. 120 FEBRERO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El ejemplo de José Emilio Pacheco


Vicente Quirarte
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 120| Febrero 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Quirarte, Vicente , "El ejemplo de José Emilio Pacheco" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2014, No. 120 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=774&art=15997&sec=Homenajes > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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José Emilio Pacheco pertenecía a todos, y sus lectores nos sentíamos orgullosos de pertenecerle. El siguiente texto fue publicado como prólogo a la antología Los días que no se nombran, edición conmemorativa del Día del Libro para 2011. Conserva el presente en que fue escrito y publicado, pues aún no asimilamos el hecho de haber perdido tangiblemente a uno de nuestros mayores hombres de palabra.

En la página 45 de Las batallas en el desierto, uno de nuestros escasos libros clásicos que gozan de fama pero además de numerosos y cada vez más jóvenes lectores, José Emilio Pacheco hace el retrato de Carlos, ese niño héroe que se atreve a entrar en el más solitario de los combates. Cuando el psiquiatra lo interroga sobre aquello que más detesta, el personaje responde: “La crueldad con la gente y con los animales, la violencia, los gritos, la presunción, los abusos de los hermanos mayores, la aritmética, que haya quienes no tienen para comer mientras otros se quedan con todo; encontrar dientes de ajo en el arroz o en los guisados; que poden los árboles o los destruyan; ver que tiren el pan a la basura.”

Quien conoce la obra de José Emilio Pacheco o ha gozado el privilegio de su cercanía, puede hallar en las características anteriores un retrato del autor. La personalidad de Carlos, el niño que en su edad adulta tiene el valor de recordar, es un resumen de los valores defendidos por José Emilio Pacheco, esos que lo han llevado a construir una escritura que admite varias fraternidades pero al final nos deja con la sensación de estar ante un estilo que, por diversos motivos, hacemos inmediatamente nuestro. Mis alumnos de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que para el curso Historia y Literatura leyeron Las batallas en el desierto, me agradecieron haber compartido con ellos la odisea de Carlos y no haber necesitado acudir a diccionario para descifrarla. Para un miembro del Colegio Nacional, que pertenece a tan alta institución por el modo cimero en que utiliza el lenguaje, semejante opinión parecería una ofensa. En el caso de José Emilio se trata de un elogio y un agradecimiento. Elogio, porque la limpieza de su sintaxis es fruto de una intensa lucha con el lenguaje; agradecimiento, porque pocos ejemplos tenemos en nuestras letras de una correspondencia tan fiel entre las palabras y las cosas.

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Con Cristina Pacheco en Casa del Lago
©Tomás Canchola

El altruismo y las buenas intenciones no bastan para hacer literatura. En un amplio espectro que va de John Donne a Mafalda, José Emilio Pacheco sufre auténticamente como si cada una de las dolencias del mundo fueran la suya. Lo admirable es que, con base en las rebeliones inmediatas que todo ser sensible experimenta ante los desequilibrios de la creación, él haya podido construir una obra unánimemente admirada por su compleja sencillez, por su envidiable claridad, por su honestidad avasallante, por su maestría para borrar la primera persona del singular y fundirla, imperceptible y permanentemente, con la primera persona del plural. José Emilio Pacheco ha logrado, con sus letras articuladas en los diversos géneros, el triunfo del nosotros considerado como obra de arte. La familiaridad de los lectores con su escritura ha llegado a ser tan próxima que ha logrado, en nuestro imaginario, perder su apellido para ganar el más próximo y cálido de José Emilio.

Existen los escritores que construyen la gran obra y después guardan silencio. Y existen los que piensan que no basta romper el cerco individual, sino que es necesario volver a decir de otro modo lo mismo. En 1956, un muchacho de diecisiete años publica “Tríptico del gato” en la revista Estaciones. El texto parece obra de un autor experimentado: la cuidadosa disección del animal doméstico y siniestro está realizada con la maestría de Durero al reproducir cada uno de los detalles en la armadura natural del rinoceronte; con el buril seguro y obsesivo  de un maestro mexicano de José Emilio, Juan José Arreola, que trazó cada una de las criaturas de su Bestiario. Más que el hallazgo metafórico, la idea que modela el concepto; más que el retrato lírico, el ensayo que es conceptualidad musculada, sabiduría esencial.  Todo parecía anunciar, en “Tríptico del gato”, que ese joven autor, lector tanto de Jules Renard como de tratados de zoología, era de la estirpe de aquellos que labran libros perfectos. Más de medio siglo después, José Emilio Pacheco es el hermano más fiel de ese joven: aún es el niño grande, rebelde ante los entuertos del mundo. Ahora es también el maestro que enseña sin pontificar, que ilumina sin querer deslumbrar, que rescata sin exigir una recompensa ni siquiera nominal. “En defensa del anonimato”, título de uno de sus poemas, es una fe de vida y uno de los principales emblemas de su quehacer.

Entre 1963 y 1967, el joven José Emilio Pacheco publicó tres libros perfectos, articulados en diferentes géneros: los cuentos de El viento distante, los poemas de Los elementos de la noche y la novela Morirás lejos. Tradición y vanguardia, clasicismo y experimentación se dan la mano en los trabajos de un autor que parecía haber nacido hecho. Sus temas y obsesiones pasan en esas obras lista de presente: la solidaridad con los condenados de la tierra, el huracán implacable de la Historia, la materia en constante transformación, la infancia como territorio del descubrimiento y anticipo del futuro desastre. Sin embargo, nunca los concibió como obras terminadas. Sus libros son, como la obra maestra de Michael Ende, la historia interminable y, en su perfecto mecanismo, cada una de sus piezas narrativas es un ejemplo del género. En sus homenajes a la pulp fiction, José Emilio es nuestro Tarantino; en sus magistrales cuentos de fantasmas, no olvida el consejo de Montague Rhode James en el sentido de dejar la puerta abierta con objeto de permitir, mínimamente, la explicación racional. En Morirás lejos obliga a replantear las estructuras narrativas tradicionales, en una novela que aún hoy mantiene su vigor formal y su peso moral.

Maestro en todos los géneros literarios que cultiva, José Emilio dejó de apostar todas sus cartas a la idea de El Libro, para emprender, mediante textos breves e intensos, un combate contra la ignorancia, la indiferencia y el olvido. Con sus ediciones, prólogos, notas e inventarios, José Emilio es uno de los más importantes historiadores y críticos de la literatura mexicana, uno de nuestros auténticos educadores. Su importancia proviene no solo de su fecundidad sino de su preocupación por aventurar nuevos juicios o por corregir rumbos trillados. El gran escritor se adelanta en la práctica a los teóricos literarios. La intertextualidad, la deconstrucción, la escritura del desastre son constantes en los textos de José Emilio, siempre de manera activa, nunca como ejercicios de retórica. A él no se le ocurriría llamarse historiador de las mentalidades, pero sus inventarios constituyen, en conjunto, un Tratado de la Vida Privada como no lo ha hecho ninguno de nuestros historiadores, sobre todo de un siglo contra cuyas calamidades no ha dejado de advertirnos y cuyos esplendores ha celebrado.

En la feria de vanidades de nuestra República Literaria, José Emilio Pacheco escapa a toda clasificación. La versatilidad de su trabajo lo hace indefinible; no concede entrevistas, casi nunca  presenta sus libros, se niega rotunda y valientemente a responder encuestas sobre temas de los que se espera que el escritor sepa todo. La modestia es su principal enemiga pero también el arma que se vuelve contra quienes, en busca de elementos para criticarlo, lo quisieran más mundano, más débil, más expuesto a las mezquindades de nuestro a veces tan innoble oficio.


   
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Vicente Quirarte

Nació en la Ciudad de México el 19 de julio de 1954. Poeta, narrador y ensayista. Estudió la Maestría en Lengua y Literaturas Hispánicas y en Letras Mexicanas, y el Doctorado en Letras en la FFyL de la UNAM....


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