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NUEVA ÉPOCA NÚM. 120 FEBRERO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Una década de novelas


Emmanuel Carballo
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 120| Febrero 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Carballo, Emmanuel , "Una década de novelas" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2014, No. 120 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=774&art=16004&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La producción novelística entre 1955 y 1965 en México conoció obras sobresalientes y algunas incluso valiosas. En esta galería comentada con curiosidad intelectual y capacidad exegética por el crítico Emmanuel Carballo, aparecen libros de grandes nombres de nuestras letras, como Elena Garro, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Sergio Galindo, Gustavo Sainz, Agustín Yáñez, entre varios más.

I

De acuerdo con mis investigaciones entre 1955 y 1965 aparecieron en México 293 novelas (sobre todo largas y unas cuantas cortas) de las cuales 31 tienen cierta importancia, 18 merecen el calificativo de valiosas y 5 el de obras sobresalientes. Dos novelas: Pedro Páramo de Juan Rulfo (1955) y Los recuerdos del porvenir de Elena Garro (1963) y tres novelas cortas: El Norte de Emilio Carballido, Polvos de arroz de Sergio Galindo, ambas publicadas en 1958, y Aura de Carlos Fuentes (1962).

Las 18 obras sobresalientes fueron escritas por 14 autores, 12 hombres y 2 mujeres. Cronológicamente el mayor de estos novelistas es Agustín Yáñez (1904-1980) y el más joven Gustavo Sainz, nacido en 1940.

De los 14 autores sólo tres publicaron más de una obra: Carlos Fuentes 3, Agustín Yáñez 2 y Sergio Galindo 2. Las novelas más vendidas fueron Casi el paraíso de Luis Spota (el best-seller de estos años), Pedro Páramo de Juan Rulfo, La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz y Aura de Carlos Fuentes y Gazapo de Gustavo Sainzque alcanzaría numerosas reediciones después de 1966.

Los 14 novelistas forman parte de cinco equipos sucesivos de escritores. En el primero figura solitario Agustín Yáñez, quien si por la edad podría integrarse, en versión provinciana, a la generación de los Contemporáneos, por su actitud frente a la vida y la literatura está más próximo al segundo grupo de novelistas de la Revolución, en el que destacan Magdaleno, López y Fuentes y Ferretis; Yáñez va más allá que estos escritores y en 1947, con Al filo del agua, inicia la novela moderna en México. Después de 1965 don Agustín ya no publicaría ningún libro fundamental: entra lentamente en decadencia.

II

José Revueltas (1914-1976), Juan Rulfo (1917-1986), Juan José Arreola (1918-2001) y Elena Garro (1920-1998) se pueden reunir con buena voluntad en un mismo grupo: todos ellos rompen con el realismo de la novela de la Revolución y dejan atrás la prosa estetizante de los Contemporáneos, a quienes no les preocupó mayormente el arte de contar historias.

Revueltas y Rulfo llegaron por caminos opuestos (su único punto de contacto fue la lectura atenta de William Faulkner) a un realismo de raigrambre expresionista. Arreola y Garro, distintos entre sí, cultivaron el realismo fantástico, Juan José en cuentos y poemas en prosa y Elena en casi toda su obra: cuento, novela y teatro.

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Carlos Fuentes
©Paulina Lavista

En los años cincuenta y principios de los sesenta Arreola y Rulfo tuvieron numerosos imitadores y ningún verdadero discípulo. Revueltas de 1955 a 1965 fue conocido y admirado como cuentista más que como novelista. A partir de noviembre de 1967 cuando se imprime por primera vez su obra completa (en dos tomos), y sobre todo después de que concluye trágicamente el movimiento estudiantil de 1968, Pepe empieza a convertirse en el guía espiritual y político de los escritores jóvenes de finales de los sesenta y los años setenta.

Por extrañas circunstancias, entre personales y políticas, Elena Garro no llega a alcanzar el favor del público lector ni de la crítica, pese a ser uno de los dos escritores sobresalientes dados a conocer en este lapso. (El otro es el autor de Aura). Elena ingresa a las letras a los 38 años, en 1958, con un volumen en el que recoge varias obras de teatro, Un hogar sólido. Garro entra pisando fuerte, a la española.

A Luis Spota (1925-1985), Rosario Castellanos (1925-1974), Emilio Carballido (1925-2008), Sergio Galindo (1926-1993), Sergio Fernández (1926) y Carlos Fuentes (1928-2012) los reúno en el mismo grupo no por razones de orden literario o experiencias vitales compartidas sino únicamente por motivos cronológicos: todos ellos nacieron en los años veinte.

En el mercado nacional, de 55 a 65, Spota está a la cabeza en cuanto a ventas. Dueño de la retórica del éxito (compuesta de sexo, denuncia, violencia, palabrotas y fuerza narrativa) supo atrapar a los lectores sencillos que agotaban una a una las ediciones de sus libros. Casi el paraíso es una novela correcta y su éxito comercial abrió las puertas del gran público a los autores nacionales de su edad y un poco mayores.

Si la aportación poética de Rosario Castellanos a la poesía es importante, sus contribuciones a la prosa narrativa (novela y cuento) no pasan de ser apreciables. Si en la poesía están presentes la inspiración y el talento, en la prosa comparecen dos de sus virtudes menores: la pericia y la obstinación. Entre las obras narrativas de sus compañeros de equipo, la suya es la que siente mayor simpatía por los hombres y mujeres desheredados, en cambio no es la más hermosa ni la más innovadora.

El universo narrativo de Emilio Carballido, circunscrito casi siempre al estado de Veracruz, no es muy diferente del que aparece en sus obras teatrales. Se trata de un universo en el que casi no ocurre nada y lo que sucede afecta la vida interna de los personajes más que su situación económica o social. Obras realistas, destacan por la estructura, la verosimilitud de los personajes y la fluidez del estilo, un tanto elemental y descuidado.

Sergio Galindo no es el más talentoso entre los narradores de su generación (adjetivo que corresponde a Carlos Fuentes), ni el que maneja con mayor virtuosismo el estilo (Fernández y Garibay), ni el más fecundo (Luisa Josefina Hernández), ni el más ameno (Spota), ni el más comprometido con el contexto histórico (Rosario Castellanos), ni el más frívolo (López Páez); es el que mejor estructura sus obras, el que con mayor esmero crea una amplia galería de personajes femeninos memorables, que va de Camerina Rabasa a Otilia Rauda, y el que sabe contar sus anécdotas con una facilidad que no se aprende en los manuales de preceptiva literaria.

Sergio Fernández, como Elena Garro, llega tarde a la novela, a los 32 años. Si Elena arriba de los salones y la diplomacia, mundo que compartió durante muchos años con Octavio Paz, Sergio proviene de las aulas universitarias (donde ha sido un maestro impar) y de sus minuciosos y sorprendentes ensayos. Algunos críticos, entre ellos yo, no le hicimos caso a su primera novela Los signos perdidos (1958). En 1964, cuando publica la segunda, En tela de juicio, los equivocados pudimos enmendar el error y proclamarlo como uno de los novelistas nacidos en los veinte más preocupado por el estilo y por describir el denso mundo cultural en que habitan sus héroes y heroínas.          

Carlos Fuentes es el autor más representativo de los años veinte: el más culto, el más poderoso, el más innovador y el que menos repite sus hallazgos. Con La región más transparente toca las golondrinas al campo e instala la novela en la gran ciudad; asimismo pone una corona luctuosa en la tumba de la novela nacionalista (señalando los servicios que prestó a nuestras letras) y se lanza a la conquista de nuevos mercados, los de Europa y Estados Unidos, a los que ofrece una nueva imagen del país. Novela caótica, La región refleja el mundo que narra: arribista, simulador y poderosamente joven. La muerte de Artemio Cruz supera los hallazgos de La región y está casi a la misma altura de las dos obras maestras que se publican en estos años: Pedro Páramo y Los recuerdos del porvenir.

Los autores nacidos en los años treinta están representados por dos novelistas: Salvador Elizondo (1932-2006) y Vicente Leñero (1933). Su irrupción modifica nuestra prosa, a la que vuelven experimental en las estructuras y discursos literarios e intimista y subjetiva en la elección de las anécdotas.

Salvador Elizondo es un autor distinto y distante que aclimata en la prosa mexicana el erotismo, el humor negro y años después una literatura que se cuenta a sí misma. Farabeuf es una novela de amor y horror, violencia y locura, sadismo y magia, aparecidos y desaparecidos, mutaciones y desdoblamientos, en suma una obra extraña y de difícil clasificación.

Vicente Leñero es el único autor católico de su generación, como antes lo fue Ricardo Garibay en los veinte y Rafael Bernal en años anteriores. Regular cuentista, buen novelista y excelente dramaturgo, Leñero trajo a la prosa mexicana de este lapso la sapiencia para estructurar novelas y poner a hablar a los personajes.

Los autores nacidos en los años cuarenta sólo cuentan en este panorama con un novelista, Gustavo Sainz (1940), el adelantado de su generación, que se integraría más tarde al grupo que formarían José Agustín (1944), Parménides García Saldaña (1944-1982) y René Avilés Fabila (1940), entre otros.

La generación llamada de la Onda subvierte los valores de nuestras letras: pone en tela de juicio con alegría y desenfado la respetabilidad de instituciones como la familia, la sociedad, la religión y el Estado. Desea un mundo más libre, más democrático y menos corrompido.

Desde 1958 en que aparece La región más transparente, de Fuentes, no se había dado el caso de un prosista casi desconocido que ocupara de pronto un sitio junto a los escritores famosos y consagrados. Con Gustavo Sainz y Gazapo se repite en 1965 el caso de Fuentes y, años atrás, el de Rulfo, quien en 1953 se vuelve célebre de la noche a la mañana con El Llano en llamas.

Con Gazapo Sainz enterró el costumbrismo y el color local aplicados a los jóvenes que viven en la gran metrópoli. A partir de Gazapo ya no son válidos los autores que se amparan en la sociología, la nota roja, el sexo y la violencia, la lingüística ramplona y la moda (ropa y corte de pelo principalmente) para escribir radiografías, que en el fondo son autopsias, de una juventud incomprendida y quizá por ello vista superficialmente. Gustavo Sainz fue el último narrador importante que se dio a conocer en el periodo 1955-1965.

Paso, ahora, a analizar las 18 novelas sobresalientes.

1955

Entre las obras escritas ese año en todas las lenguas y países, Pedro Páramo no empequeñece: soporta y sale bien librada de la comparación. Juan Rulfo es uno de los grandes novelistas de nuestros días y Pedro Páramo una novela y también un poema lírico y a ratos épico.

Si los personajes que aparecen en El Llano en llamas son hombres-sombras, en Pedro Páramo estas sombras se convierten en fantasmas. Juan Preciado, uno de los numerosos hijos naturales de Pedro Páramo, cuando llega a Comala a buscar a su padre encuentra un pueblo muerto en el que todas las voces son rumores y todos los actos recuerdos. Al recordar reconstruye sus vidas, la vida de Comala, la de todos sus habitantes: de ese modo el pasado se convierte en presente y la muerte deja su sitio a la vida.


   
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Emmanuel Carballo

Nació en Guadalajara, Jalisco, el 2 de julio de 1929. Ensayista, narrador, crítico literario y poeta. Estudió Derecho en la Universidad de Guadalajara.

Profesor en la División de Posgrado de la...


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