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NUEVA ÉPOCA NÚM. 120 FEBRERO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Sentido de la imaginación simbólica
Ut pictura poesis


José Pascual Buxó
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 120| Febrero 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Pascual Buxó, José , "Sentido de la imaginación simbólica. Ut pictura poesis" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2014, No. 120 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=774&art=16006&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La íntima semejanza que en el mundo grecolatino se postuló entre la pintura y la poesía, expresada con la frase “Ut pictura poesis”, tuvo ecos y resignificaciones en el Siglo de Oro español. A rastrear esas presencias y testimonios se dedica en el presente ensayo José Pascual Buxó, poeta, ensayista e investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de nuestra Universidad.

1. Inscrito por Plutarco en sus Glorias atenienses y consagrado por Horacio en su Epístola a los Pisones, el dicho de Simónides acerca de la íntima semejanza que guardan entre sí la pintura y la poesía se constituyó en el núcleo conceptual de todas las especulaciones renacentistas y barrocas acerca de la naturaleza del arte: “picturam esse poesim tacentem, poesim picturam loquentem”. No es necesario referir de nueva cuenta una historia de sobra conocida; bastará para nuestro actual propósito recordar que la pregonada semejanza de las “artes hermanas” —como también se las llamó desde antiguo a la poesía y la pintura— no reside precisamente en el medio expresivo de la que una y otra se valen, o por decirlo de otra manera, en el sistema semiótico utilizado (verbal e icónico, respectivamente), cuanto en su común propósito de darnos su particular representación artística de cosas semejantes que son, en sustancia, los múltiples avatares de la aventura humana. Pero si no es el caso referir con pormenor los testimonios históricos acerca de la persuasiva semejanza de aquellas artes, no es posible dejar de aludir brevemente a la conocida fuente teórica de la que emanaron todos los argumentos de esa causa intemporal: la Poética de Aristóteles.

Es cierto que el propósito del Estagirita era el de considerar únicamente “la poesía en sí misma y en sus especies”, así como de la función específica que correspondía a cada una de ellas (epopeica, trágica, cómica, ditirámbica, aulódica…), pero al indagar el fundamento de tales especies poéticas tuvo que echar mano de un concepto general capaz de englobarlas a todas; ese concepto clave es el de mimesis, a partir del cual estableció Aristóteles el modo peculiar con que cada una de ellas realiza su “imitación” de diferentes clases de objetos, ya sean naturales, artificiales o meramente imaginarios. No puede ocultarse que el término “mimesis” y sus sucesivas traducciones e interpretaciones han dado pábulo a no pocas ambigüedades, pues si bien es verdad que “imitar” significa esencialmente la producción de un determinado objeto hecho o ejecutado a semejanza de otro, está claro que la “imitación de la naturaleza”, es decir, de las cosas que pueblan el mundo, sólo puede hacerse de manera indirecta o figurada a través de ciertos recursos semióticos, vale decir, artificiales o artificiosos, como son el dibujo, los colores, las palabras, el ritmo o la melodía. De ahí que, para evitar sesgadas interpretaciones, quepa aclarar que el concepto de “imitación” no alude a una mera réplica o reproducción de los objetos imitados, sino a una representación simbólica de sus características más relevantes.

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Desde el mismo principio de su tratado, Aristóteles puso en espontánea relación el arte de la pintura con los de la poesía y la música, por razón de que todos ellos se constituyen como modos particulares de “mimesis” o, diciéndolo mejor, de representaciones artísticas de ciertos aspectos de la realidad humana o natural. Cuando se trata de “representar a seres que actúan” (y dado que —según Aristóteles— es fuerza que los hombres sean buenos o malos) al poeta le toca “imitar” a personas que se diferencian por su virtud; lo mismo hacen los pintores, pues si bien Polignoto pintaba a “personas mejores” y Pausón a peores, Dionisio tenía preferencia por representar “a iguales”, de suerte que —aun sin decirlo con estas palabras— Aristóteles no sólo daba por hecho que la poesía y la pintura se corresponden en lo que respecta a la representación “mimética” de los caracteres humanos, sino que aun daba a entender que había pintores cuyas obras podrían —por vía de semejanza o analogía— relacionarse sin dificultad con los asuntos correspondientes de la tragedia o la comedia.

No entremos ahora a deslindar la entidad moral de los individuos representados artísticamente —asunto del que Aristóteles se ocupó largamente en su Retórica— sino tan sólo al hecho mismo de su reviviscencia figurada por medio de diversos sistemas semióticos, puesto que las semejanzas que destaca la Poética entre pintura y poesía obligaban también y necesariamente al discernimiento de sus diferencias, esto es, a distinguir el “modo con que se realiza la imitación de cada uno de los objetos”, esto es, de lo que hoy podríamos llamar su diferente estatuto semiótico (verbal, iconográfico, melódico, rítmico… etcétera). Con todo, por sobre esas diferencias, confirmaba el filósofo la correspondencia esencial de aquellas artes que, aun imitando de diversos modos y con diversos medios, tienen finalmente por objeto un conjunto de experiencias compartidas por una misma comunidad histórica; dicho con otras palabras, la imitación artística es un fenómeno cultural que responde y se asimila a un vasto panorama de ideas, creencias y convenciones compartidas. Y algo más podía concluir Aristóteles, y es que siendo el ejercicio de la “mimesis” tan connatural al hombre, no sólo lo hace el más apto para la imitación o representación figurada de las cosas de la naturaleza, sino que lo convierte en el único ser que goza con la copia imitativa de los “fantasmas” que pueblan su conciencia; de suerte, pues, que la representación artística sería el modo más libre y deleitoso por medio del cual logra descubrir el hombre los múltiples sentidos del mundo que lo rodea y de los ocultos repliegues de su propio ser. En efecto, la “mimesis” es capaz de convertir el espesor inaccesible de las cosas del mundo en imágenes o representaciones autónomas que, al ordenarse, se hacen finalmente comprensibles al espíritu humano; al disfrute en que se adunan la intencionada configuración de la naturaleza y la comprensión de su sentido trascendente solemos dar el nombre de placer estético.

2. La literatura artística —aquel género de escritos que versan sobre el arte de la pintura y la vida y la obra de los pintores— no fue muy rica ni abundante en el Siglo de Oro español. Generalmente menospreciada por la crítica, contamos ya con el meritorio estudio y antología de Francisco Calvo Serraller, que nos permite acercarnos a los principales textos de la época con el fin de indagar cuál haya sido el pensamiento de los muy contados españoles que trataron —siempre a la vera de los influyentes tratadistas italianos— acerca de las consabidas relaciones entre la pintura y la poesía.


   
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José Pascual Buxó

Poeta, profesor e investigador. Nació en Cataluña, España, el 12 de febrero de 1931. Su familia se exilió en México desde 1939. Estudió en el Instituto Luis Vives, en México D.F. Realizó la licenciatura en...


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