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NUEVA ÉPOCA NÚM. 120 FEBRERO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Me decían mexicano frijolero (fragmento)


Ana Luisa Calvillo
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 120| Febrero 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Calvillo, Ana Luisa, "Me decían mexicano frijolero (fragmento)" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2014, No. 120 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=774&art=16010&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Me decían mexicano frijolero es el testimonio de Roberto Rangel, un ciudadano mexicano originario de Michoacán, quien enfrenta una condena de 57 años a de por vida en la prisión de máxima seguridad de Soledad, California, por homicidio en primer grado: un crimen que no cometió y que, sin embargo, lo ha mantenido en prisión a lo largo de 12 años.

Roberto Rangel tuvo el infortunio de caer en una red de tráfico de ilegales orquestada por la Unidad Antinarcóticos del Departamento de Policía de Fresno, en colusión con agentes de la DEA y la oficina de Inmigración en los Estados Unidos. A través de esta red, los indocumentados son obligados a trabajar como informantes de policía y a vender la droga que decomisa la propia Unidad Antinarcóticos. Rangel realizó ese trabajo aun contra su voluntad, pues todas las veces que puso resistencia fue amenazado, torturado y abusado sexualmente por un oficial de policía. 

En junio de 2001, Rangel resultó inculpado en un tiroteo donde fue asesinado un hombre. No pudo defenderse ante la corte: era un mexicano indocumentado, era pobre, no hablaba inglés y además, era analfabeta. Sin embargo, en la cárcel se sobrepuso a esta adversidad: aprendió a leer y a escribir, y se dedicó a pedir ayuda ante distintas instituciones, de tal manera que su caso llegó hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en Washington, donde espera una resolución. Actualmente Roberto Rangel tiene 39 años de edad.

La escritora, periodista y profesora Ana Luisa Calvillo conoció el caso Rangel a través de una organización religiosa en Estados Unidos que por años había recibido sus cartas, pidiendo el apoyo de un periodista para contar su historia. Se pusieron en contacto por correo convencional, y la comunicación se convirtió en una entrevista por correspondencia, la cual, después de dos años, dio como resultado este testimonio, por el que un jurado compuesto por Patricia Vega y Josefina Estrada decidió otorgar a Ana Luisa Calvillo el Premio Bellas Artes de Testimonio Carlos Montemayor 2013. A continuación presentamos un fragmento del libro que será publicado próximamente.

En esos días yo creía tener todo bajo control: vendía la droga decomisada como me ordenaba el oficial Rivas; escondía el dinero en el departamento, pasaba la tarde con Linda, iba a las barras por información, volvía a vender hasta la madrugada y no me metía en problemas. Supuse que todo seguiría igual, pero no fue así.

El oficial Damián Rivas me mandó con más frecuencia a las barras para que le consiguiera datos y de igual manera siguiera vendiendo droga en el departamento, pero no me pagaba lo prometido por el contrato, ni por la venta. Discutíamos frecuentemente por eso. Él decía que el dinero lo estaba poniendo en una cuenta de ahorros para dármelo al final, cuando me regresaran a México.

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Límites de la ciudad de Soledad, California
©Wikicommons

Sin embargo, una noche de octubre de 1999 llegó Rivas al departamento a recoger el dinero, como siempre. Esa vez iba borracho. Me miraba de un modo tan penetrante que taladraba la cabeza.

—Te pareces a un homosexual que conozco —dijo de repente.

Dentro de mí pensé: “Chinga a tu madre, policía mierda”.

—¿Qué piensas de los maricones y las lesbianas?

—Nada, son personas como cualquiera, qué quieres que piense.

—Qué personas, ni qué nada, ¡son perros mal nacidos! Yo no sé cómo sus madres no se sientan sobre ellos cuando nacen para que no vengan al mundo a apestarlo de mierda. Fresno apesta igual que San Francisco: a puro maricón. Me revientan el hígado.

Su cara daba asco, babeaba; se veía congestionado por el alcohol. Me pidió una cerveza. Temerosamente se la di.

—Supongo que ya terminaste de vender, ¿verdad? —preguntó.

—Aún no, pero vendí bastante —le dije.

—Mexicano frijolero, tú no sabes lo que es bastante y lo que no es. Te advertí que vendieras toda la mercancía y no me obedeciste.

Mientras se tomaba la cerveza, metió la mano a la bolsa de su camisa y sacó un polvo. Lo puso sobre la mesa y con su tarjeta de crédito hizo cuatro líneas. Luego sacó un billete, lo enrolló y sorbió dos líneas por la nariz. Arrugó la cara en un gesto de dolor.

—¿No quieres chilito? —me preguntó.

—No, gracias, ni siquiera sé usarla.

—Pues tienes que aprender, porque el departamento de policía te obliga para cuando hagas trato con los vendedores. De esa manera no sospechan de ti. Ven acá, pruébala.

—Te dije que no quiero.

De un salto llegó hasta mí y me agarró del cabello. Me jaló hacia la mesa y puso mi cara frente al polvo.

—¡Dije que la probaras, chingada madre!

Sorbí un poco para fingir, pero de todos modos se me metió y sentí que me ahogaba y me quemaba la nariz por dentro. Me relampaguearon los ojos. Se me salieron unas lágrimas. Rivas se rió de mí.

—No te preocupes —me dijo—, después te va a encantar.

Siguió emborrachándose. Yo quería que se largara de una vez.

—¿Nunca te ha tocado un hombre? —preguntó.

Le respondí con firmeza:

—No.

Entonces me tocó el trasero con la mano.

—Maldito, ¿por qué me haces eso? —le grité—. Ya lárgate, ya tienes tu dinero.

Hubo un silencio horrible. Me sentí atrapado. Creí que mi corazón que latía con intensidad iba a detenerse en cualquier momento. Su cara se transformó en un rictus siniestro. Sus ojos parecían dos túneles por los cuales se podía ver el infierno. Sentí escalofrío. Pensé que era el efecto de la droga que acababa de probar.

—Bájate los pantalones —ordenó—. Soy una buena persona y verás que no te va a doler. Lo haré con mucho cuidado porque sé que tú no me vas a defraudar como otros.

Al instante comprendí lo que sucedería. Retrocedí hacia la puerta.

—Voy a matar a tu familia —me dijo—. Los voy a cortar en pedacitos: primero las manos, luego los pies y luego la cabeza. Supongo que no quieres que eso ocurra, ¿o sí?


   
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Ana Luisa Calvillo

Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la unam y Maestra en Humanidades por la uach, en la cual obtuvo el grado con Mención Cum Laude. Fue colaboradora de los diarios Excélsior, unomásuno y...


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