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NUEVA ÉPOCA NÚM. 120 FEBRERO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Hugo Gutiérrez Vega
Pasiones del peregrino


Guillermo Vega Zaragoza
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 120| Febrero 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Vega Zaragoza, Guillermo , "Hugo Gutiérrez Vega. Pasiones del peregrino" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2014, No. 120 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=774&art=16011&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Hugo Gutiérrez Vega, quien este mes cumplirá ocho décadas de vida, recibió recientemente el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura, el merecido reconocimiento del Estado mexicano a una vocación esencial y una dedicación continua en el terreno de la poesía de quien también ha sido actor, diplomático, maestro, editor y periodista.

I. “SEÑOR, YO SÉ QUE USTED ES POETA”

Al principio es la voz. El amplio salón de clases se inunda con una voz profunda y modulada, que recita (qué palabra tan vetusta, pero no encuentro otra) poemas de algún poeta mexicano del siglo XIX, desconocido aún por los bisoños alumnos. El maestro, alto y robusto, aunque algo encorvado por la edad, de barba encanecida, sostiene un grueso volumen abierto al que no le dirige la mirada, pues se sabe de memoria lo que traen sus páginas. Su actitud y movimientos delicados de las manos tienen algo de sacerdote, de cura impartiendo el sermón dominical, que contradicen los versos que interpreta:

Es tu amor nada más lo que ambiciono,
Con tu imagen soñando me desvelo;
De tu voz con el eco me emociono,
Y por darte la dicha que yo anhelo
Si fuera rey, te regalara un trono;
Si fuera Dios, te regalara un cielo.
Y si Dios de ese Dios tan grande fuera,
Me arrojara a tus plantas ¡vil ramera!

El maestro es Hugo Gutiérrez Vega, impartiendo su clase de poesía en los buenos tiempos de la Escuela de Escritores de la Sogem. En realidad no se trataba de clases: eran verdaderas conferencias magistrales sobre poesía, en especial la mexicana del siglo XIX, que lamentablemente sigue siendo poco frecuentada y permanece casi desconocida. Como libro de texto recomendaba la antología preparada por José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis, gordo volumen que siempre lo acompañaba pero que usaba poco, pues parecía saber al dedillo todo su contenido. Quizá sólo lo abría ante sí como una especie de inconsciente red de protección contra el olvido, aunque yo nunca antes había escuchado a nadie que se supiera tantos poemas de memoria y, sobre todo, los interpretara tan bien.

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Hugo Gutiérrez Vega
©Javier Narváez

Así, en su curso redescubrimos a El Nigromante, a Guillermo Prieto, a Vicente Riva Palacio, a Ignacio Manuel Altamirano, a Manuel Acuña, a Juan de Dios Peza, a Salvador Díaz Mirón, a Manuel Gutiérrez Nájera, a Luis G. Urbina, a Amado Nervo…, y nos descubrió al guanajuatense Antonio Plaza —nuestro primer y verdadero poeta maldito de quien son los versos arriba citados—; a la otra novia de Manuel Acuña, Laura Méndez de Cuenca —de la que hasta entonces tuve conciencia de su importancia, a pesar de que cursé la primaria en una escuela que llevaba su nombre en, desde luego, el Estado de México—; a Manuel José Othón y su “Idilio salvaje”; a Ignacio Rodríguez Galván, el en rigor primer poeta mexicano y, sobre todo, a tres autores fundamentales para la formación de Gutiérrez Vega: Alfredo R. Plascencia, Francisco González León y, cómo no, su amado Ramón López Velarde.

Cuando le tocó el turno a González León, don Hugo nos contó que alguna vez lo vio de lejos, cuando era apenas un niño de diez u once años, en la Plaza de Armas de Lagos de Moreno, como cuenta en su Bazar de asombros: “Era un viejecito delgado, de cabeza cana y tenía ‘el ademán callado de quien se encuentra apoyado en la orilla de una mesa, pensativo y olvidado’. Vestía de negro y se cubría la cabeza con un sombrero de paja”. En la escuela había leído un poema sobre las manos de su novia escolar donde decía:

Sus manos, lenidades de paloma,
sus manos escolares que me empeñé en besar;
sus manos que exhalaban el aroma
de un lápiz acabado de tajar.

Eso le había encantado, por lo que se atrevió a acercarse para decirle con timidez: “Señor, yo sé que usted es poeta”. Con mirada luminosa, le reviró al pequeño Hugo: “Sí, hijito, pero ya no lo vuelvo a hacer”.


   
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Guillermo Vega Zaragoza

Nació en México, Distrito Federal en 1967. Escritor, periodista y maestro universitario. Ha publicado un libro de cuentos: Antología de lo indecible (Plan C/FONCA/CONACULTA, 2004), y dos de poemas: Desde la...


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