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NUEVA ÉPOCA NÚM. 120 FEBRERO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Luis González de Alba
Testimonio desde la tolvanera


José Woldenberg
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 120| Febrero 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Woldenberg, José , "Luis González de Alba. Testimonio desde la tolvanera" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2014, No. 120 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=774&art=16013&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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En su nuevo libro, No hubo barco para mí, Luis González de Alba rememora su trayectoria vital e intelectual, entre la disidencia política y la crítica social. José Woldenberg, ex consejero presidente del IFE, escritor y profundo conocedor de los movimientos de izquierda en nuestro país, desmenuza el ensayo autobiográfico de una figura siempre polémica de la política mexicana.

Su afán por recuperar la memoria, por indagar en el sentido de los acontecimientos pasados, su convicción de que los testimonios personales iluminan épocas, causas y desvaríos hacen del nuevo libro de Luis González de Alba, No hubo barco para mí, un eslabón más de su esclarecedora y reflexiva obra literaria.

Vuelve a estar presente su espíritu rebelde, belicoso, convencido de que las ideas y las prácticas nunca son anodinas, combinado con una sensación de derrota que le da al libro un tono peculiar: al mismo tiempo aguerrido y de fracaso, agridulce o más agrio que dulce. Es un ajuste de cuentas con pasajes, personajes, ideas y sentimientos que le ofrecieron su tensión dramática a una época y que al observarla en retrospectiva entrega no solo sus insuficiencias, sino sus dobleces, tonterías e ingenuas fantasías. González de Alba parece decirnos: no hay salida. Luego de cursar todo el laberinto, la ilusión de encontrar “otra cosa” es y fue solo eso: una ilusión. “Siempre llegarás a esta ciudad. A otras ni esperes, no hay barco para ti…”, enuncia el epígrafe de Kostas Kavafis (“La ciudad”) con la que se inicia el recorrido memorioso.

El libro, como la memoria, es caprichoso pero elocuente. Va y viene en el tiempo, recrea estampas diversas, conjuga política y vida personal, pero en efecto otorga lo que ofrece: una cadena de rebeliones contra la ortodoxia de izquierda que González de Alba resiente en lo más íntimo. Desde aquel joven ex dirigente ya del 68, ex preso político, exiliado en Santiago de Chile en 1971 que asiste a ver Teorema de Pasolini con sus compañeros y se escinde de ellos por sus desplantes machistas, homofóbicos y supuestamente relajientos, hasta el escritor adulto que no soporta las mentiras y demagogia del dos veces candidato presidencial de la izquierda mexicana. Ello, entreverado con episodios de su vida íntima, para reivindicar y pensar, como lo ha hecho desde hace años, sus preferencias, gustos y carnavales sexuales.

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Luis Gonzalez de Alba
©Javier Narváez

Es un ajuste de cuentas, pero singular. Un ajuste de cuentas personal. Plagado de humor e ironía, de no poca maledicencia, que hurga en su propia intimidad, realizado con desparpajo y quizá también (Luis lo sabrá) respetando zonas vedadas, incluso para sí. Es por momentos un testimonio gozoso, por lo vívido al recordar, al contar, al revivir; pero al mismo tiempo, un sube y baja anímico, que lleva a momentos de desolación profundos. Luis sabe que develar lo que sucede en el ámbito privado es siempre un bocado apetecible, y ello lo lleva lo mismo a recrear sabrosas anécdotas que a ajustar cuentas con no pocos de sus ex amigos. Es una fórmula difícil de administrar porque en ocasiones deriva en recuerdos juguetones y agradables y en otros en rudos episodios no exentos de un toque vengativo.

En No hubo barco para mí está ya algo más que un esbozo de lo que quizá debería ser un ensayo mayor del propio Luis González de Alba. El tránsito cruento, inesperado, sorpresivo y devastador, de un ejercicio de la sexualidad que ampliaba su grado de libertad y sus capacidades lúdicas convertido, súbitamente, en el prólogo de la muerte. Si, en las páginas del libro, con unos recuerdos aquí y otros allá, se recuerda el clima de los setenta, una década que hizo del sexo una fiesta para amanecer con la devastación que desencadenó el sida. Y Luis vivió con intensidad y dolor ambos capítulos de esa historia reciente. Se asume como un sobreviviente. Un buen número de amigos y algunas de sus parejas murieron en aquellos años. Pero entiendo que la muerte de Ernesto Bañuelos en octubre de 1987 le dejó una estela de dolor inconmensurable. Una pérdida irreparable a la que Luis no puede dejar de regresar una y otra vez.

Hay algo obsesivo en LGA. Tratar de esclarecer, sin afeites innecesarios, lo que sucedió aquel 2 de octubre trágico en la plaza de Tlatelolco. Una búsqueda de la verdad que se ha enfrentado sucesivamente a leyendas consagradas primero por el oficialismo (los verdugos) y luego desde la izquierda (las víctimas). Es ese afán el que lo llevó a solicitarle a Elena Poniatowska algunas rectificaciones a su reconstrucción coral de lo sucedido ese día, y lo que lo conduce a insistir en su versión de lo que vio y vivió desde el tercer piso del edificio Chihuahua. ¿Por qué los integrantes del Batallón Olimpia gritaban “no disparen”? ¿Por qué el ejército siguió disparando hacia ellos? ¿Falta de coordinación? ¿Emboscada? LGA escribe lo siguiente: “la Secretaría de la Defensa no sabía que soldados con ropa de civil estarían rodeando el edificio Chihuahua. Y los soldados de civil, el Olimpia, creían que el Ejército regular tenía conocimiento de que ellos iban a disparar, en cuanto detuvieran a los dirigentes, para ahuyentar a la multitud”. Las preguntas entonces se abren paso a codazos y merecen ser atendidas. Se trataría de encontrar y reconstruir la verdad como una deuda consigo mismo, con la generación de los estudiantes que, queriéndolo o no, abrieron las puertas a un reclamo de libertad que no sería más que expansivo a lo largo de las siguientes décadas, y como un deber moral y político, ahora que la primera palabra está en desuso y la noción de política parece angostarse hasta emparentarse con la politiquería.

LGA fue también el primero en reivindicar el carácter lúdico, liberador de aquellas movilizaciones. Porque como bien dice, el 68 “fue fiesta de meses y tragedia de un día”, y vale la pena —en honor a la verdad y a las posibilidades que abre la participación política— no olvidar la primera cara: aquella que le demostró a miles y miles de jóvenes que colocar en el espacio público una serie de reivindicaciones no tenía por qué hacerse en un tono mortuorio. Esa última partitura la construyó la represión gubernamental.


   
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José Woldenberg

Nació en 1952, en Monterrey, Nuevo León. Es licenciado en Sociología, maestro en Estudios Latinoamericanos y doctor en Ciencia Política por la UNAM. Es profesor de la Facultad de Ciencias Políticas, miembro...


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