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NUEVA ÉPOCA NÚM. 120 FEBRERO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Un sueño, un deseo


Sara Sefchovich
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 120| Febrero 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Sefchovich, Sara , "Un sueño, un deseo" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2014, No. 120 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=774&art=16014&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Testimonio de nuestro tiempo para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, reza la dedicatoria del nuevo libro de Carlos Martínez Assad de título magnífico: Los cuatro puntos orientales. Cuando uno la lee, se sorprende de que alguien exprese un objetivo tan ambicioso, pero después, al leer el texto, se da cuenta de que efectivamente eso es: un gran testimonio del momento histórico que nos tocó vivir.

Un libro que, según el subtítulo, habla del regreso de los árabes a la historia, nada más y nada menos. Una historia de la que, según Ikram Antaki, habían salido en el siglo XV cuando se les expulsó de España. Por supuesto, esto es un decir pues no fue así: allí estuvieron los árabes, no desaparecieron del planeta. Pero, como explica el autor, dejaron de producir literatura, arte y ciencia que es, en su visión del mundo, lo que pone a los pueblos en la historia. Además, sucedió que los occidentales ya no los incluyeron en su versión de la historia, como si no existieran, porque pensaban que solo estaban allí para ser colonizados.

Y así fue. Continentes enteros tuvieron dueño, 80 por ciento de la población de la tierra tuvo dueño, y ese dueño era occidental. Y ese occidental decidía qué era la historia, a quiénes se les incluía en ella, qué de ellos se relataba y cómo se lo contaba.

En el siglo XIX, los colonizadores españoles y portugueses fueron echados de los países latinoamericanos, pero no sucedió lo mismo con los ingleses, franceses, alemanes, belgas, holandeses, que siguieron siendo dueños de enormes regiones de la tierra, incluidos los países árabes. No fue hasta la Gran Guerra, como le llamaron algunos, o Primera Guerra Mundial, como le llamaron otros, que eso cambió. Los imperios cayeron, los colonizadores se fueron, el mapa del mundo se modificó y migrar se convirtió en el fenónemo social más impresionante: como nunca los seres humanos se trasladaron de un territorio a otro, doscientos millones de ellos dejaron de vivir en el mismo lugar en el que habían nacido, dice Martínez Assad (pp.155-156).

Pero ni aun así los árabes regresaron a ocupar un lugar en la historia. Por aquí se hablaba de los sauditas, por allá de los sirios, varios otros salieron a la luz cuando el nacimiento del Estado de Israel y cuando las Guerras del Sinaí o del Golfo, pero lo que los catapultó de regreso fue el famoso 9-11, fecha que fue la cereza de un pastel que se venía cocinando desde endenantes y que los hizo entrar a la historia como enemigos de todo lo bueno y como encarnación de todo lo malo.

Y esto además aplicado a todos, sin distinción entre ellos, sin diferenciar entre árabes y no árabes, entre musulmanes radicales y musulmanes laicos, sin ver esa “distancia enorme que existe entre ellos en relación con las causas que defienden y los objetivos por los que luchan” (p. 21).

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Estos objetivos, estas diferencias, son lo que Martínez Assad quiere comprender, y también entender por qué se han convertido en conflictos marcados por el odio, el radicalismo y la violencia. Esa es la búsqueda de su libro, fruto evidente de años y años de investigación, de trabajo y de echarle mucho pensamiento al asunto.

Encontramos en este libro al Martínez Assad historiador, que no puede entrar en materia y hablar del hoy sin remontarse al principio de los tiempos, al origen de ciudades, de estados, de naciones, de historias, de mitos.

Encontramos también al sociólogo, que recoge por igual los acontecimientos de Irak y Turquía, de Líbano y Siria y Túnez y Egipto y Yemen, que los de India, China, México, Europa; que habla de los árabes pero también de los kurdos, gitanos y armenios, convencido como está de que, como dice Umberto Eco, en este mundo todo está relacionado con todo.

Y, por fin, nos encontramos también con el humanista, ese que quiere atisbar el futuro, que busca respuestas, que incluso parece creer que hay soluciones. Ese que quiere decirle al mundo que los árabes son mucho más que la imagen que nos dan los medios de comunicación y los miedos que nos incomunican.

El libro de Martínez Assad cuenta: muertos, migrantes, bombardeos, invasiones, insurrecciones, expulsiones, atentados, negociaciones, hechos, mitologías, profecías, calendarios, naufragios, poemas, sitios de Internet, cantidad de celulares y de televisores y de personas que van al cine. Cifras y cifras aparecen en él, sobre todo lo imaginable: desde habitantes por kilómetro cuadrado hasta reservas petroleras, resoluciones de la ONU, declaraciones oficiales, cantidades de armas, de refugiados, de elecciones.

Pero también narra: la situación política, la social, los intereses e intervenciones extranjeros, la cultura. Y es que ¿de qué no habla este libro que abarca, como su nombre lo indica, los cuatro puntos del mundo, los cardinales, los orientales, los occidentales, los políticos y los literarios, los reales y los imaginarios?

Es el libro total, que se propone mostrar el estado del mundo y además lo hace queriendo ser neutral.

Evidentemente, no puede conseguir ni lo uno ni lo otro, porque son dos ambiciones inconseguibles: ni se puede recoger y mostrar todo lo que sucede, ni se puede no tomar una posición. Es humano hacerlo. Y el autor lo hace en las historias que elige y en la manera de contarlas, en sus silencios y en lo que deliberada o inconscientemente dejó fuera.

Martínez Assad se hace preguntas, no las expresa abiertamente pero allí estan: ¿Qué es ser ciudadano? ¿Qué se siente ser refugiado? ¿Cómo se mira al otro, al diferente? ¿Cómo se integra y cómo se excluye un ser humano? ¿Qué es vivir en guerra, en violencia? ¿Cuál es el papel de la religión, el de la tecnología, el del nacionalismo, el de los dirigentes, el de las ideologías, el de las demás naciones del mundo? ¿Son reales los esfuerzos de paz? ¿Por qué tantas provocaciones para que no se llegue a ella?

Una buena parte del libro, la mitad quizás, está dedicada a la literatura y el cine en esa convicción no expresada abiertamente pero evidente que tiene el autor de que la cultura es la esencia de los pueblos y su salvación.

Resulta fascinante leer lo que nos cuenta: sobre las novelas del kurdo Yasar Kemal, sobre las del egipcio Naguib Mahfuz, sobre Gibrán Khalil Gibrán el libanés al que le ha dedicado muchos trabajos en su vida, el albanés Ismail Kadaré, Tahar ben Jelloun el marroquí o el poeta sirio Adonis. Pero el plato fuerte es sin duda recorrer de la mano de Martínez Assad las novelas de Amin Maalouf y Orhan Pamuk, porque estos autores encarnan las obsesiones del autor con Líbano y Turquía.

Martínez Assad nos cuenta los libros, compara pasajes e ideas, interpreta. Nos acerca, explica, resume, compendia el tapiz textual temático y narrativo de estos autores.

Lo mismo hace con el cine, montón de películas que nos cuenta, que nos explica, que compara con otras. Y con la música que también le merece un capítulo, tanto la occidental sobre lo árabe —desde Mozart hasta Verdi, hasta Peter Gabriel— como la de ellos —desde Um Kolsum y Fairuz hasta Youssou N’Dour.

¿Cuántas películas ha visto Martínez Assad? ¿Cómo las consiguió? ¿Cuántas novelas ha leído? ¿De dónde las sacó? ¿Cómo hizo para conocer esa música?

Orientalista, dicen, siguiendo a Edward Said, es aquel que idealiza las culturas ajenas a las suyas, de modo que no tienen que ver con lo real sino con una idea, una representación.

Martínez Assad es orientalista, pues en su pasión por lo árabe convierte todo lo que tiene que ver con eso en oro, como aquel rey del cuento. Así, cuando habla de la literatura, de la música, del cine, usa palabras como alucinante, maravilloso, hermoso, excepcional, dice que los personajes son entrañables y que los valores que representan son los más altos. Le encantan los relatos, le encantan sus temas y le súper encantan sus modos de contarlos, a los que siempre identifica con el modelo de Las mil y una noches: “Había-una-vez-alguien-que-contaba-la-historia-de-lo-que-otro-le-contó-que-le-había-sucedido-a-un-conocido-cuando-se-encontró-a-una-persona-que-le-narró-la-historia-que-había-escuchado-de-quien-había-tenido-un-sueño…” (p. 265). Considera a los árabes contadores natos de historias y a los escritores que le gustan como los que “tienen habilidad para rastrear en los territorios del alma” (p. 267).

La escritura de este libro tiene la pretensión de seguir el modelo y el ritmo árabe fluyente y envolvente. Para lograrlo recurre a relatos y poemas y nombres y lugares y mitos y viejas historias y palabras árabes, pero, sobre todo, al modo de construir la narración que es al mismo tiempo el modo de construir el sentido.

Se trata, pues, de un libro excepcional por original, por erudito, por romántico en sus pasiones y humano en cómo se conmueve del dolor y el sufrimiento de los seres que habitan el planeta Tierra, así como en su desesperación ante la imposibilidad de evitarlo, de terminar con eso que llama “profunda humillación, vergüenza, ira” (p. 292), por la dificultad de la convivencia (p. 344) y del multiculturalismo (p. 314).

A Martínez Assad le duelen los palestinos, los kurdos, los armenios, la destrucción de Siria, Irak, Libia, Afganistán, el asedio a Líbano. Le lastima el Medio Oriente pero su pena se expande en un abanico enorme que recorre desde Chechenia hasta Sudán, desde los gitanos hasta los mexicanos que cruzan al otro lado. Todo esto “me desgarra el corazón y sangro. Ojalá acabaran los sufrimientos”, dice con las palabras de un poeta (p. 362).

Y, sin embargo, tiene esperanza. Ve a esta literatura, a esta música, a este cine como una militancia, como una herramienta de lucha para una causa, “como un compromiso político” (p. 267) que apunta a un mundo mejor.

 Un libro como el de Martínez Assad sólo se explica cuando se tiene esa idea, cuando se está convencido de que una frontera no es un sello que no se pueda abrir, que el respeto al otro puede conseguirse, que es posible comprender al diferente y dejarlo vivir su vida. Si no fuera así, no se habría embarcado en una empresa tan compleja.

Este es y solo este puede ser su sentido. Y ya veremos si su fe se vuelve realidad o si sigue siendo solamente un sueño, un deseo.

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Carlos Martínez Assad, Los cuatro puntos orientales. El regreso de los árabes a la historia, Océano, México, 2013, 448 pp.


   
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Sara Sefchovich

Nació en la Ciudad de México en 1949. Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde hace más de tres décadas es investigadora de tiempo...


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