UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 120 FEBRERO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Inicio   >>> Reportaje Gráfico   >>>   Guadalupe Alonso

Rodrigo Moya
La máquina del tiempo


Guadalupe Alonso
citar artículo
citar
NUEVA ÉPOCA | NÚM 120| Febrero 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Alonso, Guadalupe , "Rodrigo Moya. La máquina del tiempo" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2014, No. 120 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=774&art=16017&sec=Reportaje%20Gr%C3%A1fico > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

PDF
aumentar letra disminuir letra
1 / 3

Untitled Document

 

El fotógrafo no es simplemente la persona que registra el pasado, también lo inventa.

Susan Sontag, Sobre la fotografía

Tras una grave enfermedad a la que sobrevivió, Rodrigo Moya decide quemar las naves, distanciarse del fotoperiodismo y la labor editorial que había llevado a cabo en los últimos veinte años, para comenzar una nueva etapa. En 1998, deja la Ciudad de México y se muda junto con su esposa, Susan Flaherty, a Cuernavaca, una mudanza que cambiaría su vida en varios sentidos. Un entorno más apacible fortalecería su salud, pero al mismo tiempo, desencadenaría un encuentro con su pasado, con una historia casi olvidada que desempolvó entre cientos de cajas y que, en poco más de una década, ha tomado la forma del Archivo Fotográfico Rodrigo Moya. “Abrir esa caja de Pandora ―como él diría― fue un shock”. Moya entró a la máquina del tiempo, ahí se encontró con sus orígenes, sus amores, sus muertos, las aventuras de juventud, los años del fotoperiodismo, los barrios de su ciudad, una historia que lo ha renovado y lo ha llevado a perderse por los laberintos interminables de la memoria. Cada una de estas fotografías lo ha hecho revivir el instante en que la tomó, recuperar la escena, el momento exacto en que sucedía. “Ha sido un viaje doloroso y también placentero”, afirma Moya.

El encuentro con Rodrigo Moya fue una de esas carambolas inexplicables que trae el azar. Conocía parte de su trabajo: la fotografía de El Che melancólico, la de Gabriel García Márquez con el ojo morado tras el memorable puñetazo que le propinó Mario Vargas Llosa y algunas otras del Movimiento Estudiantil de 1968. Una tarde de septiembre, en 2012, se hizo presente un viejo amigo al que había conocido en los años setenta. Entre otras cosas, me mostró una fotografía de él y otros actores en un espectáculo titulado Jazz palabra, un montaje de Juan José Gurrola en la Casa del Lago, allá por la década de los sesenta. “La tomó Rodrigo Moya”, dijo. Días después viajé a Nueva York. Para mi sorpresa, encontré que en una de las más reconocidas galerías de esa ciudad, la Throckmorton Fine Arts Gallery, se presentaba una exposición del fotógrafo mexicano. Descubrir sus imágenes en ese contexto fue conmovedor. A mi regreso, entre un montón de papeles, había una invitación del Instituto de Investigaciones Estéticas de la unam que convocaba a una conferencia de prensa en la que se darían a conocer los avances de la digitalización del archivo fotográfico de Rodrigo Moya. Demasiadas coincidencias en muy poco tiempo. Acudí. Fue mi primer encuentro con él. Lo que siguió fue una aproximación a larga distancia entre el Distrito Federal y Cuernavaca, y muchas horas entre libros y documentos que me abrieron el universo fotográfico de Moya. Meses más tarde, estábamos conversando en el jardín de su casa, en Cuernavaca, rodeados de las sofisticadas orquídeas que cultiva Susan.

imagen
Rodrigo Moya
©Rodrigo Moya

Rodrigo Moya nació en Medellín, Colombia, en 1934. Su madre, una joven colombiana de 16 años, conoce a quien sería su esposo en la compañía de teatro de los Hermanos Soler. Ambos viajaban por Sudamérica en una de aquellas giras épicas que realizaba el grupo a bordo de un barco cargado de utilería. El joven Luis Moya, mexicano, trabajaba como escenógrafo. Poco después, nació Rodrigo y, cuando tenía solo dos años, la familia se mudó a México. En ese entorno creció, alrededor de gente de teatro, actores, pintores, artistas, escritores, “toda mi vida de chamaco estuve rodeado de ese ambiente, sin medirlo, sin calibrarlo, pero influye en mi manera de ver el mundo a través de una cámara”.

Rodrigo recuerda que cuando tenía apenas nueve años, su padre lo obligaba a trabajar durante las vacaciones. Lo llevaba a los estudios cinematográficos —los Azteca, los Churubusco, los Tepeyac—, donde él la hacía de chicharito, de aprendiz: el que barre, el que lleva y recoge las herramientas. “Era parte de mi formación, de respeto al trabajo”. También, desde pequeño, había adquirido el gusto por la escritura, “las primeras cartas que escribí, con una letra tambaleante, eran cartas a mi madre. Se las dejaba debajo de la almohada. Así encontré el placer de escribir y lo seguí a través de diarios, hasta que en un momento dado mi intención primordial en la vida fue la escritura; por fortuna no lo seguí haciendo”.

Antes de descubrir la fotografía, Moya realizó algunos estudios en la Facultad de Ingeniería de la UNAM. También se probó en la arquitectura, pero no era en esas disciplinas donde encontraría su vocación. “La fotografía —dice— llegó de una manera inesperada y me salvó la vida”. La historia comienza cuando decide hacer un curso rápido en Televicentro, Canal 2, con Roberto Kenny y Luis de Llano. Buscaba un oficio, un modo de ganarse la vida. Mientras estuvo ahí, llegó un fotógrafo colombiano y le pidió que le explicara cómo funcionaba una cámara de televisión. “Le abrí una cámara, le expliqué lo que era el orticón, le enseñé lo que llamábamos el tripero, una telaraña de cables increíble (no se inventaba todavía ni el transistor, así que todo era eléctrico). A cambio de eso le pedí que me enseñara lo que pasaba en un rollo de película después de que uno tomaba las fotos, porque ya antes había tenido una pequeña cámara de lentes gemelos 6x6 con la que tomé algunas fotografías en el bachillerato, en excursiones a la montaña, pero siempre fue un misterio comprender cómo se producía la imagen”. Este fotógrafo eminente era Guillermo Angulo, quien trabajaba para la revista Impacto. Con él, Moya se encerró unas horas en el laboratorio y, en el proceso de ver cómo surgía una imagen, descubrió lo que sería su gran pasión. “Para mí ese proceso fue traumático en un sentido maravilloso. De inmediato le dije a Angulo que quería ser fotógrafo”. En 1954 Rodrigo Moya se integra a Impacto como ayudante de Guillermo Angulo, un fotógrafo muy especial, un intelectual cuya meta era hacer cine. Allí conoció a gente notable, entre estos a quien fuera una figura tutelar en su carrera: Antonio Rodríguez, un portugués exiliado que había llegado antes de la migración española huyendo de una condena a muerte durante la dictadura de Salazar. Él y otros periodistas influyeron en la forma de pensar de Moya y determinaron sus lecturas. “Me transformaron completamente. Yo venía de un mundo más tranquilo, más consecuente con las cosas que sucedían, un mundo quizás acrítico, aunque por mi casa desfilaban masones, comunistas, liberales. El periodismo me sirvió mucho para aprender lo que no se debía de hacer. Siempre me sentí de otro linaje, no en un sentido social o clasista, pero sí respecto a la búsqueda de las imágenes a partir de una técnica y un estilo. Era un placer más que una obligación. Cada paso, desde la obturación de la cámara hasta el revelado y la copia final, estaban concatenados por un aprendizaje adquirido de muchas fuentes, pero sobre todo de la acción de ver críticamente otras fotografías, de leer y escuchar a quienes consideraba mis maestros”.

Fue en la revista Impacto, rodeado de estos y otros personajes, donde Moya comenzó a reflexionar sobre la imagen, su equilibrio, los contrastes, la composición, “a buscar cierto orden en el cuadrito que da una cámara”. En abril de 1955, Guillermo Angulo deja Impacto para estudiar cine en Cinecittà, en Italia. A mediados de ese año, Moya obtiene una plaza como fotógrafo de prensa en Impacto, una de las publicaciones más importantes en México, junto con Mañana y Siempre! “Un poco corrupta, como todas, al servicio del Estado, pero se distinguía porque destacaba mucho la fotografía. Regino Hernández Llergo, un gran director, primo hermano de José Pagés Llergo, era, como todos, un saltimbanqui de los medios políticos, pero tenía una enorme afición por la fotografía. Quería destacar sus reportajes tipo Life o Paris Match, revistas de las que era fanático. Él mismo diseñaba la revista en su departamento en la calle de Mississippi; aprendí mucho con él. Me tomó afecto porque cumplía bien las órdenes de trabajo. Su esposa era una guapa actriz y él me mandaba a cubrir las obras en las que ella participaba. Así, trascendió mi habilidad para hacer fotografía de teatro”. A la par del teatro, otros espectáculos como la danza, el circo y el cine, son registrados por Rodrigo Moya. En su archivo destacan escenasde filmaciones como Tajimara o La soldadera, lo mismo que personajes como Juan José Gurrola, Juan Soriano, Rita Macedo, Silvia Pinal o su hermana, la bailarina Colombia Moya. El archivo también da cuenta de la fotografía que realizó para modelos y divas del cine, entre estas las series dedicadas a María Félix, Fanny Cano, Meche Carreño, Josephine Baker o Celia Cruz. Esta veta del trabajo de Moya la llevó a cabo en diversos medios, incluso haciendo reportajes para publicaciones como Kena o Nocturno, esta última, “la revista sentimental de México que, además, era terriblemente ridícula”, comenta.

 “Tengo muchos recuerdos de aquella época, pero quizás el más importante, el que más me marcó, fue cuando el director de Impacto me da la primera portada en esa revista. Fue en noviembre de 1955, cubriendo un reportaje sobre el inicio del rock’n roll en México. Estaba llegando y era muy debatido. Incluso el pie de la portada dice: ‘Epiléptica y enloquecida, Gloria Ríos baila al ritmo del furioso Rock’n Roll’. Fue entonces cuando me sentí fotógrafo. Después de un año de ejercicio profesional, ya me sentía seguro entre los colegas. Hice otros reportajes interesantes, aunque había cierta censura. En el 58 todo mi trabajo sobre la represión contra petroleros, ferrocarrileros, telegrafistas, estudiantes, fue obstruido. No obstante, en el 57 se le dio mucho despliegue al movimiento magisterial que cubrí con Alberto Domingo. La cobertura que hice de los movimientos sociales fue casi siempre por mi cuenta, por una decisión personal. Como iba a todas las manifestaciones, esto provocó que se me identificara del lado de los disidentes. Me relacionaban con una revista que difundía el movimiento revolucionario del magisterio, que es un poco lo que está pasando ahora, más de cincuenta años después”.

Por esos años, en plena Guerra Fría, Moya se movía alrededor de grupos izquierdistas. En 1969 se afilió al Partido Comunista, donde formó parte de la célula El Machete junto con otros periodistas. “Me han acusado de ser dogmático, pero pienso que la ideología de un fotógrafo es lo que determina su forma de fotografiar, los temas que escoge, cómo hacer las fotografías. No creo que un fotógrafo pueda decir que es absolutamente objetivo, consciente o inconscientemente hay una carga ideológica que nos indica el momento de hacer clic y escoger a nuestros sujetos, nuestros personajes, nuestros temas”.


   
    subir     PDF


Guadalupe Alonso

Periodista y traductora. Se desempeñó como directora de noticias y productora de programas culturales en Canal 22. Es subdirectora de información de TVUNAM, donde coordina y conduce, junto con Ignacio...


Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés