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NUEVA ÉPOCA NÚM. 120 FEBRERO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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A veces prosa
Guido Gómez de Silva: Del diccionario como arte de vida


Adolfo Castañón
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 120| Febrero 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Castañón, Adolfo , "A veces prosa. Guido Gómez de Silva: Del diccionario como arte de vida" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2014, No. 120 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=774&art=16026&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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I

Si un libro aparece ante nuestros ojos investido de un aire de prodigio y maravilla, ¿qué no será de un diccionario, y de su compleja maquinaria sustentada por una ingeniería de precisiones y correspondencias?

II

Provenía de una familia culta. Es hijo del doctor José Gómez de Silva, que fue catedrático de la UNAM desde 1936 hasta su muerte en 1953 (derecho y economía). Cuando Guido Gómez de Silva tenía cinco años murió su madre, pérdida que influyó en su vida.

En 1943 entró a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, que estaba entonces en un edificio apodado “Mascarones”, en la Ribera de San Cosme. Fue, entre otros, discípulo de los profesores, que luego fueron miembros (y dos de ellos directores) de la Academia Mexicana, Julio Jiménez Rueda, Amancio Bolaño, Julio Torri, Francisco Monterde, Salvador Azuela, Agustín Yáñez; y en dicha facultad fue condiscípulo de José Luis Martínez, Manuel Alcalá, María del Carmen Millán, Rosario Castellanos, Ramón Xirau y Margit Frenk.

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En 1944 empezó a trabajar en la Biblioteca Benjamín Franklin (que estaba entonces en Reforma 34), como lo que en inglés llaman page (‘paje’), o sea quien busca los libros en los estantes, para entregarlos a los lectores.

Se tituló de maestro en letras españolas en 1946 (el doctorado, para el cual era pasante, vendría seis años después). También en 1946 ganó una beca para estudiar biblioteconomía en Estados Unidos (en la Universidad de Columbia [ciudad de Nueva York], allí obtuvo el título de ‘M. S. in Library Science’).

Mientras él estaba en Nueva York llegó allí la ONU (que había sido creada por 51 países [México entre ellos] en 1945 en San Francisco, California, como sucesora de la Sociedad de las Naciones, y en 1946 decidió que su sede estaría en Nueva York. Hoy, en 2009, esa organización tiene 192 países miembros).

Aprovechando su estancia en Nueva York Guido ofreció sus servicios a esa organización. Le dijeron que volviera a ofrecerse cuando recibiera su M. S. y por tanto se venciera su visa de estudiante, lo cual hizo. Volvió a México, donde unas semanas después recibió la sorpresa de que le avisaran que le ofrecían trabajo (en el puesto más bajo de la escala profesional) en la biblioteca de la ONU en Nueva York. Así empezó un periodo de siete años en la organización internacional. Luego hubo otro periodo, que duró 12 años.

A los dos años de trabajar en la biblioteca, Guido se presentó a un examen para intérprete simultáneo (inglés, francés, español); lo aprobaron y en esa ocasión estuvo cinco años más en la Organización, como intérprete.

Durante ese tiempo escribió su tesis de doctorado (“Misión de la Lingüística”), e hizo un viaje breve a México para presentarse a su examen profesional en la UNAM.

Después de siete años en la ONU, de vuelta a México, se dedicó a la enseñanza de lengua y literatura en la UNAM (Escuela de Verano y Facultad de Filosofía y Letras).

Fue profesor de lingüística y de literatura no sólo en la UNAM sino en El Colegio de México, el Institut Français d’Amérique Latine, la Universidad de Salamanca (España), y, en Estados Unidos, por periodos breves, en Iowa, Nevada, Vermont y Washington (D. C.)

Entre 1954 y 1973 (los 19 años entre sus dos periodos como empleado internacional de planta en la ONU), aparte de impartir clases, fue también delegado de México en varias reuniones internacionales. Además, trabajó para la ONU por periodos cortos en unos 69 países.

En 1973, la ONU pidió a Guido que volviera a ser de planta, y estuvo seis años más en Nueva York, y otros seis en Nairobi.

Después de la segunda vez que dejó la ONU (se jubiló en 1985, a la edad obligatoria de 60 años), fueron apareciendo, en varias editoriales, sus contribuciones a la lexicografía, en la forma de diccionarios. En México, los ha publicado el Fondo de Cultura Económica, y son éxitos de librería, con múltiples ediciones y reimpresiones.

En 1987 Guido aprobó los exámenes de la SEP para el certificado de locutor, categoría A.

Recientemente estuvo invitado repetidas veces a dar conferencias y cursos en Aguascalientes, Puebla, Sinaloa (Cátedra Gilberto Owen), Tabasco, Zacatecas, y en ferias del libro en México, Torreón, la República Dominicana.

Fue elegido miembro de número de la Academia Mexicana el 4 de abril de 1991 (silla 1). En la contestación a su discurso de ingreso (1992), Manuel Alcalá dijo, hablando de él: “Sus conocimientos lingüísticos, su entrega a la palabra, sus virtudes humanas y su inteligencia le abrieron… las puertas de nuestra casa”.

En octubre de 2001, invitaron a Guido para que presentara en Valladolid, España, su Diccionario breve de mexicanismos. Esa vez, el director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, al dar la bienvenida en Madrid al entonces presidente de México, dijo hablando de la revisión más reciente del diccionario académico: “Agradezco aquí… la tarea del equipo de la Academia Mexicana que, bajo la guía inmediata de D. Guido Gómez de Silva, ha propiciado la fijación de 2,433 artículos, 2,895 acepciones y otras tantas marcas mexicanas”.

Lo han citado, en artículos, Gutierre Tibón, Raúl Prieto (Nikito Nipongo), José Nava, Lázaro Montes, Alex Grijelmo (El País, Madrid), Hero Rodríguez, Juan Domingo Argüelles, Antonio Bertrán, Rodolfo Bucio.

III

Cuando conocí a Guido Gómez de Silva (1925-2013), a fines de los años ochenta, en las oficinas del Fondo de Cultura Económica, en Parroquia y Universidad, en la Ciudad de México, me sorprendió que ese hombre de pequeña estatura y de apariencia deportiva, vestido de traje, pero sin corbata y calzado de tenis, fuese el autor, ni más ni menos, de un Breve diccionario etimológico de la lengua española, editado en Holanda  por el prestigioso sello de Elsevir. Mis sorpresas iban en aumento a lo largo de los años, al verlo aparecer con otras obras imprescindibles de referencia como son: Los nombres de los países, el Diccionario geográfico universal,un Diccionario breve de mexicanismos, un Diccionario internacional de literatura y gramática, y ¡un Diccionario de gastronomía! Guido había trabajado durante muchos años en la ONU (1973-1985) como jefe de terminología (1973-1975); como jefe de formación de intérpretes (1975-1979) y como jefe de conferencias del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA, 1979-1985), y era capaz de saltar como un efrit entre muchas lenguas del planeta: del ruso al alemán, del chino y el árabe al portugués y al griego... Uno de los lujos de ser miembro de la Academia Mexicana de la Lengua era ver discutir al políglota Ernesto de la Peña con Guido Gómez de Silva, impecable, certero como una pistola automática de marca luger, arbitrados por el salomónico e inolvidable José G. Moreno de Alba. A Guido no le interesaba declarar la guerra ni enredarse en vanas polémicas. Sólo le interesaba dar en el blanco, colaborar en construcciones llamadas a perdurar, precisar puntos en el tiempo y en el espacio. Estos rasgos de su argumentación, creo, eran también rasgos de su carácter, herencias de una sangre errante salida algún día de Medio Oriente, de éxodo en éxodo, hasta alcanzar el Altiplano mexicano. En cierta ocasión, durante la presentación de su Diccionario internacional de literatura y gramática, uno de los asistentes le hizo una crítica en castellano en relación a la omisión de poemas de Mao Tse Tung en esa obra. Guido se ruborizó levemente y le lanzó una ráfaga ininteligible para el público de voces sibilantes y oclusivas: era alguna lengua china. Ante eso, la persona tartamudeó, pidió perdón y salió de la sala poco después tratando de que nadie se diera cuenta de su salida. Cuando le pregunté a Guido por el personaje, me dijo: “No te preocupes, lo conozco desde hace años. De vez en cuando hay que ponerlo en su lugar”. Tuve la impresión de que estaba hablando de una presencia recurrente, no en el curso de los años, sino en un decurso milenario y que Guido atravesaba el tiempo de tanto en tanto poniendo en su lugar al vulgar impertinente.

Colaboró en varios proyectos de la Academia, uno de ellos fue el Índice de mexicanismosa partir del cual sería más fácil establecer diccionarios de mexicanismos y americanismos.

Guido Gómez de Silva tenía algo de duende y de gnomo bueno que sabe hacerse visible e invisible a voluntad. Yo me permitía observarlo en las sesiones de la Academia y sorprender en su mirada inteligente fulgurantes destellos que iban acompañando la conversación de los otros con una mirada muy viva. Como autor, Guido Gómez de Silva sabía cuándo sus libros se habían agotado. Iba a la Academia o a la editorial, a pie, en autobús o metrobús, como consta en el video que llegó a hacerle Albino Álvarez de la Fundación Pro-Academia; Guido llevaba un pequeño portafolio del que iba sacando recortes y papeles para repartirlos a cada uno de nosotros. Aunque él era muy discreto, su esposa y compañera, Margarita, puede dar testimonio del agudo sentido del humor de este agente secreto e invisible del autor de la memoria que no sólo había hecho un Diccionario geográfico universal sino que siguiendo la voz bíblica había recorrido la tierra a lo largo y a lo ancho. La paz descansa en el hombre de paz.


   
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Adolfo Castañón

Nació en la Ciudad de México el 8 de agosto de 1952. Narrador, ensayista y poeta. Estudió en la FFyL de la UNAM. Ha sido gerente editorial y director de la Unidad Editorial del Fondo de Cultura Económica;...


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