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NUEVA ÉPOCA NÚM. 120 FEBRERO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El albañil con posgrado en filosofía


Pablo Espinosa
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 120| Febrero 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Espinosa, Pablo , "El albañil con posgrado en filosofía" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2014, No. 120 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=774&art=16027&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La fiebre del caucho dejó en Manaos un teatro de ópera donde Werner Herzog hizo estación con su Fitzcarraldo.

La fiebre del oro creó legiones de gambusinos, ambiciones, brillos efímeros y una metáfora completa de la ubicación de la utopía: El Dorado.

La fiebre del tabaco instauró edificaciones estéticas conocidas como Los Portales de Córdoba.

La fiebre del automóvil creó una leyenda viva: Sixto Rodríguez.

El Amazonas, El Viejo Oeste, Lo Real Maravilloso, Detroit, son los títulos de aquellas gestas.

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Detroit. Le détroit du Lac Érié. El estrecho del lago Erie. Une el lago Saint Claire con el lago Erie. En 1701 quedó fundado Le détroit. A finales del siglo XIX, un puñado de migrantes, comerciantes franceses de pieles, bautizaron el sitio como París del Oeste, por orgullo y por su peculiar arquitectura.

Henry Ford. Los hermanos Dodge. Walter Chrysler. Jimmy Hoffa, General Motors. La fiebre del auto atrajo oleadas de mexicanos en busca de los salarios que su país les niega siempre.

En el éxodo de principios de los años veinte del siglo XX, un matrimonio de migrantes mexicanos bautizó Sixto al sexto de sus hijos.

Sixto Díaz Rodríguez. Un nombre común y corriente. Un ciudadano de a pie. Un héroe de la clase trabajadora. Un Working Class Hero que, a diferencia de John Lennon, autor de la canción que lleva ese título, sí es un obrero, no es multimillonario, sí es un héroe, no es un difunto, sí es un poeta entero.

Sixto Díaz Rodríguez. Sexto de familia.

La fiebre del automóvil bajó el mercurio del termómetro: hubo un tiempo en que el paisaje de Detroit se pobló de edificios abandonados, lotes vacíos. Calles oscuras. En 2013 la ciudad de Detroit se declaró en quiebra. Mecenas entran en acción, en conjunto con el clamor de la sociedad, para salvar una valiosa colección, inmensa, de arte que incluye un mural de Diego Rivera acerca, por cierto, de la fiebre del automóvil. Los acreedores quieren cobrarse con ese patrimonio artístico la deuda.

Al Instituto de Artes de Detroit, donde reposa tal tesoro cultural, acudió desde niño Sixto Díaz Rodríguez y cuando crecieron sus tres hijas también las llevó incontables ocasiones, para luego instalarse en la Biblioteca Municipal de Detroit y completar de manera autodidacta la educación que supuestamente un obrero no alcanzaría, de no tener estas iniciativas personales.

Pero... ¿quién es ese tal Sixto Díaz Rodríguez?

No existe. Es decir: es una persona normal, común y corriente. Es una persona como usted, como yo. No, es más que usted y que yo: es un obrero, es un luchador social. Es un poeta. Un enorme dramaturgo. Es un mito, una leyenda, una historia de hadas.

El que sí existe es aclamado simplemente como Rodríguez.

Y en algunas ocasiones como Sixto Rodríguez. Pero el tal Sixto Díaz Rodríguez no existe, al menos no para efectos de “fama y gloria”. ¿Por qué? Pues porque así lo quiere él: ser una persona normal. Tener una vida propia. Renunció hace muchos años a ser lo que se supone debe ser un genio de la música rock: multimillonario, veleidoso, adicto a drogas y alcohol, mujeriego, lleno de propiedades superfluas, mansiones, jets, automóviles y todo el listado de monerías que “los valores sociales” tienen como correspondiente para el rubro.

Es más. Rodríguez está muerto.

En el más puro estilo Rashomon, los hechos ocurrieron así:

Versión uno: Rodríguez en concierto. La multitud lo aclama. Canta sus versos donde dice: “Gracias por su tiempo / ahora pueden agradecerme el mío”. Al término de la última frase, saca una pistola de no sé dónde, apunta a la sien derecha y ¡pum!

Versión dos: en prisión, debido a razones que se desconocen, Rodríguez es encontrado muerto en la celda fría.

Versión tres: el concierto está en su punto más espectacular. El público delira. En medio del furor concertante, Rodríguez se baña en gasolina y se prende fuego frente a todos.

Muerto, bien muerto.

Pero, un momento, he aquí que surge el reportero que nunca falta y en equipo con un melómano que ha seguido también las pistas sembradas por El Muerto Rodríguez, realiza un trabajo de periodista-detective y después de muchos meses de ansias contenidas, ilusiones perdidas, anhelos, entusiasmos, derrotas y expectativas: ¡Eureka! ¡Encuentra a Rodríguez, vivito y coleando, en Detroit!

Detroit, cuna de tantas historias, nos regala el episodio de ignición que dio pie a la leyenda de Rodríguez:

Un tugurio a orillas del río Detroit aloja el divertimento de los obreros que beben cerveza, fuman, gritan y arman un alboroto fenomenal por encima del cual se escucha la tímida voz de un jovencito que canta armado solamente de una guitarra acústica y por su condición de timidez, realiza su concierto de espaldas al público.

Mike Theodore y Dennis Coffey, notables productores de discos, acuden una de esas noches al tugurio, atraídos por la curiosidad del boca a boca que ha hecho leyenda: un joven de nombre Sixto Díaz Rodríguez canta, por el puro placer de hacerlo, en un lugar donde se refunden hombres rudos que, en concesión de gladiadores, se permiten escuchar canciones de vario linaje.

Hombres duros de corazón ablandado con versos como estos:

Just a song we share, I’ll hear
Brings memories back when you were here
Of your smile, your easy laughter
Of your kiss, those moments after
I think of you.

Sobre el río Detroit esa noche había una bruma densa. Neblina amortajada, recuerdan Theodore y Coffey. Al interior del tugurio había otro tipo de neblina: el humo de cigarro, el vapor del alcohol, la brisa de la algarabía. Al fondo alcanzaron a ver la sombra de un muchacho que cantaba, sentado en una silla de madera, de espaldas a esa masa de hombres rudos cuya naturaleza rebasa la condición de “público” para alcanzar la categoría de aedas que escuchan al mejor aeda.

Theodore y Coffey se acercaron al joven moreno cuando este dejó de cantar. Él dijo: Órale carnales, nos vemos el jueves en la esquina de la calle Fulanita con Zutanita. Y así transcurrieron los encuentros para negociar lo que sería el primero de los dos únicos álbumes que grabó Sixto Rodríguez, quien tomó la decisión entonces de usar el apellido materno, vaya usted a saber por qué misterios cuyas costuras se muestran completitas.

De hecho, dos años antes Rodríguez había grabado un “sencillo”, como solían llamarse los discos con una sola canción, con su respectivo lado B. La pieza principal se llamó I’ll Slip Away pero los productores de la disquera Impact Label equivocaron el crédito, que apareció como “Rod Riguez” en ese disco fantasma publicado en 1967.

El caso de Rodríguez tiene un paralelo en la historia de la literatura: al igual que Juan Rulfo, sólo necesitó publicar dos obras, tan solo dos, para ganar la inmortalidad.

¿Pero no dijimos que Rodríguez está muerto?

Sí. Añadamos: para muchos ni siquiera ha nacido. Mientras millones han comprado esos dos álbumes, muchos millones más no tienen la menor idea de quién es ese tal “Roudriguezzz”, como pronuncian los gringos, viejos y nuevos.
Cold Fact, el primer disco de Rodríguez, vendió cinco ejemplares solamente. Coming From Reality, el segundo, no vendió una sola unidad. Y en consecuencia los de la disquera, Sussex, lo despidieron.


   
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Pablo Espinosa

Nació en Córdoba, Veracruz, en 1956. Periodista cultural. Fue subjefe de prensa del INBA (1980-1982). Colaboró en El Fígaro, Cineguía, entre otras publicaciones. Ha sido reportero de las secciones culturales...


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