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NUEVA ÉPOCA NÚM. 124 JUNIO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Los años con Fedor


Margarita Peña
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 124| Junio 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Peña, Margarita , "Los años con Fedor" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Junio 2014, No. 124 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=778&art=16200&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Federico Campbell falleció en febrero pasado, por una enfermedad sorpresiva que cortó una existencia aún fértil y que habría dado mucho más al periodismo y a la literatura. Su primera pareja, la escritora y académica Margarita Peña, ha escrito una conmovedora elegía, un ejercicio de duelo y recordación que con profundo pathos tocará las fibras más sensibles de nuestros lectores.

Fue un domingo de febrero, caía la tarde. Había sucedido finalmente, tras muchos días de cautiverio en una cámara aislante. La austera caja sobre ruedas se detuvo allí. Allí junto a mi auto color hormiga. Yaciente, quieto, impasible, bajo la tapa azul marino. Allí, cerca de la puerta lateral de la capilla. Se detuvo, sobre las angarillas con ruedas, junto a la ventanilla cerrada de mi auto, con la impasibilidad de la muerte. Sufriente tras las dos semanas de esfuerzos inútiles. No logré encender el auto, el chofer del taxi que aceptó auxiliarnos pronunció ante el cofre abierto: “se descargó la batería, fue la alarma”, pero la alarma no había sonado; tampoco el perrito, forzado a acompañarme, ladró dentro del auto. Antes, a eso de las cuatro, salí de la capilla a respirar aire fresco, saturada de lágrimas, abrazos, ausencia, el sol y el aire me restauraron. Abrí la portezuela, el perro saltó, trotó y se revolcó sobre la hierba junto a los monumentos blancos y solemnes, lo regresé al auto, cerré bien. La alarma no sonó. Horas más tarde el féretro de tapa brillante, a punto de ser subido a la carroza se detuvo junto a mi ventanilla; si la hubiera abierto habría podido rozarlo con la punta de los dedos. No se me ocurrió. Incliné la cabeza, le dije: “Llegas hasta aquí, cerca, para despedirte; aquí estoy, estamos, tantos años después”. Escuché solamente el silencio. Desde el corazón le mandé luz. Lo subieron a la carroza, cerraron las puertas y arrancaron rumbo a la cremación. La fila de dolientes lo siguió, aplaudiendo, llorando las hermanas. Desaparecieron. Mi auto pudo finalmente andar, despedimos al taxista con tipo de hindú. Según L. a mi lado, nos lo había enviado Sai-Baba para que lográramos salir del panteón, ya casi de noche. Di vuelta al volante, a la capilla en sentido contrario a la carroza, enfilé hacia la gran reja, hacia la glorieta en donde venden flores, tomé rumbo a Thiers, Ejército Nacional. Desaparecimos en la noche: él hacia el norte, yo hacia el sur. En febrero, el mes fatídico, el mes en que acribillaran a Bernardo Reyes, padre de Alfonso, un día 9. El mes en que murió Madero.

2. Una ancha puerta entreabierta hacia la calle. Barrotes blancos y cristales opacos. Una pareja joven. Ella mira hacia la derecha: cabello corto, oscuro y alborotado, tez clara, aire entre tímido y feliz. Él la abraza con ambos brazos, con ganas, la rodea, la cubre en el abrazo. Una gran sonrisa, cejas tupidas, el pelo ralea un poco. A ella los ojos le brillan, la risa pícara. Él sonríe, la abraza posesivo. Se ven felices. Él, guapo; ella, contenta. Por ahí de 1963, principios de 64. Él llegó de Tijuana, hizo estudios de derecho, se desencantó y los dejó. Ella también, durante dos años. Los abandonó, entró a estudiar letras, terminó y trabaja en un suplemento literario que él frecuenta, allí se conocieron… Solían ir a Cuernavaca, a Tequesquitengo los fines de semana en el Valiant; al Casino de la Selva, al quiosco de la plaza a beber champola de guanábana bajo los laureles.

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Federico Campbell y Margarita Peña
©Cortesía de la autora

La foto me golpea, me manda a un pasado que no sé si viví o imaginé. Lo recupero con remordimiento, con un vago sentimiento de culpa. ¿Cómo es que no me di cuenta de que era tan feliz? ¿Por qué no es uno consciente de la felicidad cuando la tiene a la mano, cuando la está viviendo? Esa tendencia a querer que las cosas sean de otra manera, que todo sea mejor, perfecto. Que él se convierta en un hombre estable, que consiga un buen trabajo, un sueldo fijo, cuando es un soñador que escribe cuentos, descubre el mundo, me ama, lo amo, y ya. Lo demás, premisas convencionales, presbiterianas. Arrepentimiento. A tantos años de distancia. Ya para qué. Pero la culpa me hace ver el pasado con claridad, de otra manera, me ilumina, ¿o es la fotografía? Esta resarce, consuela, es un lenitivo del pesar… ¿Quién la habrá tomado? Quizá S., la amiga-hermana que la puso hace días en mis manos. Pero también me fustiga, la foto, me duele: una añoranza insoportable, una nostalgia inútil.

4. Cuántas cosas, en esos años. La diaria labor (con un fervor casi religioso), terminar la carrera de letras, los libros; las traducciones del francés (Michel Butor, los poetas yugoslavos); las entrevistas: Nathalie Sarraute, Albert Camus, Henri Cartier-Bresson y muchos más. Todos aquellos que el director del suplemento literario me pide que entreviste. Ese que pretende adueñarse de mi tiempo… y de mi vida. Me le escapo, como escapo de su ridículo Datsun color rosa... No lo escucho, bajo del coche. Me advierte en un tono entre paternal y rencoroso: “Compañera, busque a alguien de su rodada…”. Se refiere a él, claro, al escritor en ciernes con un porvenir indescifrable (como es siempre el futuro). ¿Y eso qué importa? Huyo, me olvido del suplemento, de los bares “de altura” (el Muralto, el Chips, Jacarandas, el del Prado). Me refugio con Fedor en el departamento de la calle de Sinaloa, que llenamos de muebles que nos regalan, libros que se desparraman por el piso, ¿para qué queremos más? Ah, y la música, los Beatles. Están en su esplendor. Bailamos en la casa de YI., en Coyoacán, cuando Fer y Emilio se agarran a cachetadas, rivalizan por las atenciones de la anfitriona. Allí, en plena madrugada, al salir, en la plaza de Santa Catarina. O con los amigos en el departamento de Constituyentes, frente a las rejas de Chapultepec, también los Beatles. Me parece verlo, a Fedor, ensimismado en el baile, el movimiento, el ritmo. Lo sigo al mundo alucinante de los músicos de Liverpool, la juventud y el amor. Trabaja en la Librería de Cristal, junto al Cine Chapultepec (¡ay, cine maravilloso como no hubo otro!), en pleno Paseo de la Reforma. Yo, ahora, corrijo estilo en una dependencia oficial, frente a la Glorieta de Colón. En Navidad me regala un libro de título singular: Pulcro y decente. Historia del WC en Inglaterra. Pasta dura, cubierta rosa con un dibujo alusivo. Lo desenvuelvo antes de la cena, en casa de mi hermana y su marido, botánicos ambos, científicos estrictos que poco entienden de lecturas sofisticadas. Sin embargo, nos comprenden, nos quieren. Ellos y sus dos pequeños, Mario y Raúl, mis sobrinos adorados.


   
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Margarita Peña

Nació en México, D.F., en1937. Especialista en literatura novohispana y literatura española de los Siglos de Oro. EsMaestra en Letras hispánicas por la UNAM; Doctora en Letras por el Colegio de México;...


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