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NUEVA ÉPOCA NÚM. 125 JULIO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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José Revueltas
Entre la cruz y la espada


Beatriz Espejo
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 125| Julio 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Espejo, Beatriz , "José Revueltas
Entre la cruz y la espada" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2014, No. 125 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=779&art=16235&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Este 20 de noviembre de 2014 habría cumplido un siglo de vida el escritor y activista mexicano José Revueltas, quien legó novelas y relatos, poemas, ensayos y guiones de cine y, sobre todo, el ejemplo de una existencia dominada por el compromiso humanista con los marginados, la escritura más descarnada y poderosa y la crítica radical de la política. En suma, fue un artista de la vida y la literatura.

¿Sentiría alguna vez, como la inmensa mayoría de nosotros, que iba a perderse en el olvido de los hombres? Él mismo confesó que sus libros no tenían demanda. De Los días terrenales (1949)en tres meses se vendió un ejemplar; pero con su primera novela El luto humano (1943) fue premiado en el Segundo Concurso de Literatura Panamericana y recibió el Premio Nacional de Novela. Perseveró en su intento. Estaba convencido de que el escritor debe tomar las palabras como arma, provocar reacciones y hacernos ver los entornos donde suceden sus temas, aprovechar cambios temporales, crear tensiones, mover a sus personajes, adecuar su lenguaje a su condición social para mostrarlos de carne y hueso, no desdeñar ningún asunto si hallaba el modo de exponerlo conociéndolo a fondo, lo mismo si se trataba de un ciclón, una pieza musical, un castigo carcelario, un engaño. El asunto le indicaría la manera de tratarlo; además se expresaba en un idioma impecable, con un vocabulario amplísimo. Cuidaba como pocos la sintaxis y la puntuación. Le preocupaban más que las historias a veces mínimas sobre las que lentamente enfocaba acciones. La muerte se le volvió una constante donde surgían detalles que conformaban la vida de sus criaturas. Una de sus novelas más débiles según los críticos (Los motivos de Caín, 1957) describe el deambular de Jack Méndez —de origen mexicano y desertor del ejército de Estados Unidos— por la enorme calle principal de Tijuana pletórica de negocios diversos. Y lo hace de tal suerte que pueden reconocerse atmósferas, olores, incidentes habituales, aunque ocasionalmente el autor recurra a situaciones manidas que sin embargo logran estremecernos. Podría decirse entonces que fue un escritor comprometido, no sólo con el comunismo, que ya dejó de existir en la Unión Soviética, y del que se alejó, sino con la izquierda sin consignas y el género humano hacia el que sentía en igual medida amor y odio al presentar su inagotable complejidad.

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José Revueltas
© Rogelio Cuéllar

Nació en Durango el 20 de noviembre de 1914 de una familia de escasos recursos económicos pero excepcionalmente talentosa. Su hermano Fermín destacó como acuarelista notable y muralista en San Ildefonso. Allí tenían cabida para su expresión los artistas más destacados del fulgurante momento plástico que gozaron. Rosaura se convirtió en actriz, dicen que María pintaba bien aunque no conozco ningún lienzo suyo, Silvestre fue uno de nuestros genios musicales y quizá —si nos atenemos a la obra— el hermano favorito del escritor. Éste le dedicó un cuento “La frontera invisible”, una pequeña biografía(Apuntes para una semblanza de Silvestre Revueltas,1966), y a su memoria el libro que en mi opinión contiene su obra maestra: Dormir en tierra (1960). En conjunto, uno de los grandes volúmenes de cuentos que se han escrito en este país, aunque antes con algunos textos de Dios en la tierra (1941), el autor se puso a la cabeza de los grandes narradores mexicanos junto con Juan José Arreola, quien tocaba temas ontológicos, amorosos y estéticos, y Juan Rulfo, quien contaba historias regionales con tal maestría que llevó lo nacional a lo universal.

No recuerdo exactamente el momento en que conocí a Pepe. Tampoco recuerdo cómo lo acordamos: los miércoles a media mañana, en mi pequeño Renault negro, decidía tomar clases extramuros de la Facultad de Filosofía y Letras, me estacionaba en la calle de Gante y desde allí con mis pasos saltarines característicos iba a la Secretaría de Educación Pública —cuando era secretario Agustín Yáñez—, que le había dado a Pepe refugio en la oficina del subsecretario Mauricio Magdaleno, el novelista zacatecano; habían hecho juntos guiones y diálogos para cine. Él ocupaba una tambaleante mesita de metal que más parecía de escribiente y dirigía la colección hoy poco recordada, El Libro y el Pueblo. Me encargó entonces mi segundo estudio publicado. Versa sobre la vida de Leonardo da Vinci, y ese documento si algún mérito tiene es que casi cada juicio sobre cuadros y dibujos parte de largas contemplaciones cerca de los originales a los que busqué en mi primer viaje a Europa. La apabullante colección conservada en Windsor sólo pude verla mucho después bajo tenues luces azules y detrás de vitrinas durante una breve estancia en Lisboa.

Esas visitas de los miércoles se habían vuelto deliciosas rutinas. Me atrevo a pensar que también él las esperaba gustoso. Sentada enfrente observaba sus pequeños ojos oscuros amparados por gruesos lentes, sus facciones regulares, su piel morena clara, su complexión algo robusta aunque no era alto. Yo escuchaba interrumpiéndole lo menos posible. Le preguntaba algo y seguía entusiasmadísima sus respuestas porque no es lo mismo oír la cátedra de un académico que la de un escritor profesional. Ya para entonces se había ejercitado con una larga lista de textos, no sólo como novelista, narrador, autor dramático, ensayista. Practicó el periodismo en muchas publicaciones y fue guionista, lo cual le proporcionó material para La experiencia cinematográfica y dinero con el cual completaba su presupuesto; entre otras películas en que intervino destacan El rebozo de Soledad, de 1952 (donde su hermana Rosaura fue protagonista y ganadora de un Ariel), La ilusión viaja en tranvía, de 1953, con Luis Buñuel; colaboró también con Roberto Gavaldón en La otra (1949), Rosauro Castro (1950) y La escondida (1956, basada en la novela de Miguel N. Lira y con escenarios de Gunther Gerzso).

Pudimos hablar de muchas cosas estimulantes de las que no habíamos hablado, pero enfocaba la mayoría de sus conversaciones sobre sus autores favoritos, a los que leía con verdadera devoción: Fiodor Dostoievski, Lev Tolstoi, Marcel Proust. Alguna vez me confió su mayor interés por las insinuaciones antes que por la obviedad y me puso de ejemplo el pasaje de una mujer aferrada al esbozo de la sábana que al momento de su desprendimiento suelta poco a poco. Eso le parecía más elocuente que describir una respiración trabajosa y un rostro demacrado. A propósito de algo me dijo que le gustaría incendiarse como bonzo en el Zócalo. Debió causarme un estremecimiento como me causan todavía muchos de sus textos porque nunca olvidé el exabrupto; pero lo tomé como estallido y comprendí que jamás lo haría. Luego vino el movimiento estudiantil de 68 en el que se involucró. Lo despidieron de su puesto por subversivo y anduvo refugiándose en casas de sus amigos hasta que lo apresaron en Lecumberri. Quise ir a verlo y me lo impidieron a su pedido. Nunca volví a tener noticias salvo por referencias. Una tarde declinante me llamaron por teléfono. No conocía sino de nombre a Eli de Gortari, que me felicitaba por haber escrito Julio Torri, voyerista desencantado. Se lo agradecí. Son tan raras esas manifestaciones hacia un libro que se ha leído con cuidado; sin embargo, lo que me hace traerlo aquí es que habló de la amistad que me guardaba José Revueltas. Habían compartido celda. Contó que en uno de esos momentos en que los presos salen al patio para ejercitarse y tomar aire libre, un guardia había destrozado el manuscrito completo de El apando. Por supuesto, no era la época de las computadoras ni de las fotocopias y mucho menos en la cárcel. Ante el impacto Pepe cayó de rodillas tapándose la cara y él lo abrazó solidario. Fueron un pobre en brazos de otro pobre, como dice el célebre verso de Jaime Torres Bodet; sin embargo, pasado el momento, Revueltas volvió a escribir el libro y lo publicó en 1969, y si en México no tuvo esta novela breve los reconocimientos que merecía, siempre por motivos políticos, en Italia la consideraron una de las más extraordinarias manifestaciones literarias escritas en español, y pasado el tiempo le hicieron aquí una película fallida. En parte porque una de las virtudes de Revueltas, como dije antes, es su asombroso manejo del idioma y la capacidad para revolvernos las entrañas.

Si por un lado era un instigador comprometido con una causa, él detestaba en cambio las confesiones personales. De su vida sabemos cosas aisladas, que se casó varias veces y tuvo hijos, que rechazó un premio del gobierno franquista español, que estuvo encarcelado desde los quince años, dos en las Islas Marías, experiencia que le inspiró Los muros de agua (1941), que padeció hambre y sed de justicia indignado por la desproporcionada repartición de la riqueza que existe en el país desde épocas coloniales y hasta la fecha, y sufrió las consecuencias, que fue expulsado del Partido Comunista y luego de la Liga Leninista Espartaco fundada por él mismo en compañía de Eduardo Lizalde y otros más, que en la estación ferroviaria perdió una maleta con el manuscrito de su novela “El quebranto”, aparecida luego como un buen cuento, que sólo escribió un prólogo para los dos tomos de sus obras completas publicadas por Empresas Editoriales (1967), pero se trata más bien de un ensayo filosófico, y que hizo un relato, “Cama 11”, en que reconstruye una estancia suya posiblemente en el Hospital General. Más que en sus propios sufrimientos e intervenciones él desplaza el interés hacia sus compañeros de cuarto y sólo deja una rendija para entender lo que le dolía su cuerpo. Sin morderse la lengua ante lo escatológico pues, como han comentado repetidas veces, tampoco le tuvo miedo a llamar las cosas por su nombre ni a una temática muy variada; sin embargo, “El quebranto”, que seguramente ganó al convertirse en narración corta, nos habla de que siendo jovencito huyó de su casa y sin oficio ni beneficio al recorrer avenidas lo metieron a un reformatorio lleno de niños pelones con caras de delincuentes. Al leerlo se entiende mejor el título, como si nos dijera que desde entonces su alma se había quebrantado para siempre aunque nunca abandonaría su fuerza obstinada. Por otra parte, los autores disfrazan vivencias en su obra, que contiene partes biográficas.


   
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Beatriz Espejo

Nació en Veracruz, Veracruz, el 19 de septiembre de 1939. Ensayista y narradora. Estudió el doctorado en Letras Españolas en la FFyL de la UNAM. Ha sido profesora en la Escuela Nacional de Maestros, la UIA y...


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