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NUEVA ÉPOCA NÚM. 125 JULIO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Una evocación de José Revueltas


Evodio Escalante
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 125| Julio 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Escalante, Evodio , "Una evocación de José Revueltas" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2014, No. 125 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=779&art=16236&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Conocí a José Revueltas en Xalapa en agosto de 1972. Estábamos en pleno auge del boom de la literatura, y la Universidad Veracruzana había organizado un encuentro de críticos y narradores con celebridades como Ángel Rama, José Luis González, Noé Jitrik, Carlos Monsiváis, Jacques Leenhardt, José Luis Balcárcel, Adriano González León, Jorge Ruffinelli y el propio Revueltas. Aspirante a crítico o escritor —no lo sabía entonces muy bien—, yo vivía en ese tiempo en mi natal Durango y hasta allá llegó la noticia del congreso que estaba por celebrarse. Decidí acudir en calidad de “mochilero” para ver qué cosas podía aprender y para buscar un primer contacto con el mundo de las letras. Salvo una fallida estancia de dos años como estudiante de la Escuela de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, acá en el D. F., yo seguía siendo hasta entonces un irredento provinciano que buscaba al menos un poco de roce social. Al inicio de la década de los setenta había participado en un movimiento estudiantil en contra del entonces gobernador del Estado y las fuerzas federales me secuestraron junto con otros compañeros por un par de semanas. Esto me convirtió, de manera fugaz para mi fortuna, en lo que se llamaba entonces un “desaparecido político”. Hubo manifestaciones callejeras exigiendo que devolvieran a los estudiantes. Originario de Durango, de seguro José Revueltas supo algo por la prensa en torno a este movimiento y meses después me envió un ejemplar dedicado de la segunda edición de su extraordinario relato El apando. Llegar al hotel en Xalapa y encontrarme en persona con José Revueltas fue un acontecimiento que me marcó. Nos saludamos, nos dimos un abrazo de camaradas y pasamos acompañados por otros escritores al bar del hotel donde pedimos algo para apaciguar la sed. Imposible olvidar su primera frase después de decir salud: “El espíritu absoluto de Hegel existe, y es la bomba nuclear”. Así, de buenas a primeras, Revueltas ponía a Hegel en el centro de la conversación. Digo, como propuesta, porque nadie supo qué cosa agregar a lo dicho. Eran ciertamente tiempos de paranoia nuclear: la “guerra fría” entablada entre la hoy desaparecida URSS y Estados Unidos mantenía al mundo en vilo pues había la certeza de que una guerra entre estos dos bandos haría que estallaran una cantidad inenarrable de bombas nucleares que de seguro acabarían con la vida en el planeta. Hegel había escrito en alguna parte que el ser y la nada absoluta eran exactamente lo mismo. Esta referencia era la que de seguro evocaba en ese entonces Revueltas con sarcástica entonación: la bomba habría de convertirnos a todos en poco menos que polvo y devolvernos con ello a la nada original, de donde proveníamos. Sí, muy cierto. ¡Qué mejor prueba de que el espíritu absoluto de Hegel pendía como una espada de Damocles sobre nuestras cabezas!

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José Revueltas
© Rogelio Cuéllar

Relato esta primerísima impresión porque estimo que la anécdota retrata de cuerpo entero al campechano y muy divertido Revueltas de esa época: chaparrito, con una barba de chivo a lo Ho Chi Minh, emblema de la resistencia heroica de los vietnamitas frente a la embestida brutal del ejército norteamericano, Revueltas no era solamente el reconocido cuentista y novelista de la generación de Taller, el autor de los fascinantes cuentos de Dormir en tierra y de la impresionante novela Los errores;era igualmente el teórico y el ensayista que intentaba desde sus años mozos convertirse en un émulo mexicano de Lenin y de Marx. Se olvida con frecuencia que el primer texto que publica Revueltas no es, como se cree, Los muros de agua (1939), la novela en la que recoge sus experiencias como “preso político” en las Islas Marías, sino un sesudo ensayo titulado “La revolución mexicana y el proletariado”.

Escrito —según reconoció él mismo— bajo la influencia de José Carlos Mariátegui, este folleto nos muestra a un Revueltas empeñado ya desde entonces en hacer la revolución y que por lo mismo conoce bastante bien la historia de México. No sólo apoya su argumentación en los libros clásicos de Andrés Molina Enríquez, Luis Cabrera, Luis González Obregón, Lucio Mendieta y Núñez y Luis Chávez Orozco, sino que se inspira, como era esperable en un comunista, en el Qué hacer de Lenin. Dejándose llevar de seguro por la euforia política del momento, Revueltas estaba convencido de que el reparto agrario y la consecuente colectivización de la tierra en La Laguna y en Yucatán así como la muy reciente expropiación petrolera decretada en marzo de 1938 por el general Lázaro Cárdenas colocaban a la Revolución mexicana en el umbral de lo que sería la etapa superior de desarrollo: el socialismo. ¡El comunismo a la vuelta de la esquina!

La referencia a Hegel, por otra parte, parece remitir a una de las lecturas que hicieron mella en Revueltas desde sus años de juventud. El fallecido colega Jorge Fuentes Morúa demostró de manera fehaciente que el joven Revueltas leyó con devoción una edición de los Manuscritos económico-filosóficos (1844) de Marx que habían sido traducidos del alemán en México por una agrupación de refugiados de filiación trotskista. Esta lectura, con el aliciente de que estaba prohibida por el Partido, tuvo una enorme influencia en la formación de Revueltas pues resultan definitorios en este libro no sólo los conceptos de enajenación, autoconciencia y negatividad, que provienen de Hegel, sino el reconocimiento explícito que formulaba el joven Marx al autor de la Fenomenología del espíritu bajo cuya sombra frondosa —pese a su adscripción feuerbachiana— empezaba a emerger.

La literatura y la teoría, la novela y la revolución, son estos los componentes de un intelectual sui generis como lo era Revueltas, quien culmina su larga carrera como novelista y como pensador con esa doble corona que representan por una parte El apando (1969), su obra maestra absoluta, y por la otra la Dialéctica de la conciencia (1982), este último un extenso ensayo filosófico redactado con una hermética jerga de clara raigambre hegeliana que también recuerda en mucho a los pensadores de la escuela de Frankfurt.

Quizá lo único que falta por añadir es la vertiente de su acendrada religiosidad. Octavio Paz, su amigo y compañero de generación, recuerda que en una reunión hacia 1971 en casa de Carlos Fuentes, convocada para analizar no sé qué asunto de la actualidad política, José Revueltas se le acercó y le murmuró al oído: “¡Mejor vámonos todos a bailar ante el Santo Señor de Chalma!”. Su ateísmo, aunque esto suene paradójico, era religioso. Por eso el mismo Paz anota en Hombres en su siglo: “Revueltas vivió el marxismo como cristiano y por eso lo vivió, en el sentido unamunesco, como agonía, duda y negación”. Manuel Maples Arce, que frecuentaba a sus hermanos mayores, Silvestre y Fermín, cuenta en su libro de memorias Soberana juventud que una mañana vieron pasar por la sala a un chamaco de unos nueve años que traía un librito bajo el brazo. Alguno de los presentes preguntó: “¿Qué lees, Josecito?”. A lo que este sin dilación hubo de responder: “Vidas de santos”. Estas lecturas precoces lo indujeron sin duda a adoptar un marxismo religioso, de temple sacrificial, y explican la presencia de resonancias bíblicas en muchos de sus títulos: Dios en la tierra, El luto humano, Los motivos de Caín, En algún valle de lágrimas, La palabra sagrada, Los días terrenales…  Esta última novela arranca por cierto con una impresionante (y acaso blasfema) paráfrasis del Génesis bíblico: “En el principio había sido el Caos, mas de pronto aquel lacerante sortilegio se disipó y la vida se hizo. La atroz vida humana”.

Creer no en el Orden, que siempre es autoritario, sino en el Caos, esto es, en su negación, implica ya un principio de libertad. Mejor dicho: implica asumir la contingencia y la libertad como bases constitutivas de la existencia humana. ¿Era el suyo en el fondo un comunismo de corte anarquista o libertario? Yo me sospecho que sí. La lectura de Marx, que lo acompaña incluso en los años oscuros de Lecumberri, donde teoriza acerca del capítulo vi (inédito) de El capital, armoniza con una tempranera devoción por los hermanos Flores Magón, que a mi parecer no lo abandona nunca. Bastaría con recordar sus posiciones políticas “autogestionarias” de la última época para comprobarlo. En su polémico Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (1962, edición original de la Liga Leninista Espartaco),Revueltas deja testimonio de su admiración irrestricta por el movimiento magonista, al que entiende como “la más genuina corriente ideológico proletaria en el proceso de la revolución mexicana democrático-burguesa”. Son los magonistas los que sientan las bases de lo que podría ser una conciencia socialista auténtica, no alienada a los ideólogos del poder y, por lo mismo, enraizada en el conocimiento de nuestra propia historia. Según declara Revueltas, ellos constituyen “el punto de arranque donde hay que colocar […] los antecedentes contemporáneos de una conciencia socialista, propia, nacional, de la clase obrera mexicana” [el subrayado es de JR]. No podía haber un elogio mayor para Ricardo Flores Magón y sus seguidores. Él es el precursor no sólo de la Revolución mexicana, sino de todo lo que habrá de venir.

Si Flores Magón muere en la cárcel de Leavenworth, Kansas, asesinado probablemente por esbirros, José Revueltas sale con vida de lo que sería su última prisión, Lecumberri, pero ya seriamente dañada su salud acaso por el alcoholismo, acaso por las prolongadas huelgas de hambre en que participó. Luis Echeverría, que había sido secretario de Gobernación durante los días de la represión, ya en su calidad de presidente de la República apuesta en favor del “borrón y cuenta nueva” y decreta el indulto de los sentenciados del 68. Es así como Revueltas sale de la prisión. Lo visité un par de veces en su domicilio que se encontraba casi contraesquina del desaparecido cine Manacar, sobre la calle de Insurgentes. Ya no tomaba fuerte sino exclusivamente vino blanco. Por esos meses, Presidencia de la República decretó que los restos de Silvestre Revueltas reposaran en la Rotonda de los Hombres Ilustres. En la ceremonia de rigor, que tuvo lugar el 23 de marzo de 1976, y como parte que era del público curioso que asistió a la ceremonia, lo vi a la izquierda del presidente Echeverría, batallando para seguirle el trote al funcionario público, y con un color mortecino, amarillento, de viejo pergamino en el rostro que presagiaba un cercano final. A las pocas semanas, el 14 de abril, en efecto, José Revueltas falleció en el Instituto Nacional de Nutrición, de una pancreatitis de la que ya no pudo recuperarse.

Como muchos, dentro y fuera de la Universidad, yo también extraño los tiempos de las revueltas.


   
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Evodio Escalante

Nació en Durango, Durango, el 2 de enero de 1946. Ensayista, antólogo, crítico y poeta. Licenciado en derecho. Obtuvo la maestría en letras y posteriormente el doctorado en la misma especialidad en la FFyL...


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