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NUEVA ÉPOCA NÚM. 125 JULIO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Oscar Wilde en Venecia


Vicente Quirarte
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 125| Julio 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Quirarte, Vicente , "Oscar Wilde en Venecia" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2014, No. 125 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=779&art=16238&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Con una prosa sinuosa y deslumbrante, signada por la fina aprehensión de lo sensorial y el devenir de una mirada afín a los elementos de la nostalgia, Vicente Quirarte, miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, presenta en estas páginas los contornos elusivos de un personaje incómodo en la Inglaterra de fines del siglo XIX: el dramaturgo, poeta y narrador irlandés Oscar Wilde.

 

Siempre a la misma hora en el café San Maurizio antes de haber cruzado la plaza con parsimonia calculada para gozar desde el piso mojado el doble concierto de fuentes, alféizares y torres. Intensificar así el encuentro con la conjugación de calores, humos, espejos, jaspes de la pequeña mesa, intacta y a su espera. Nadie sino él quería ocuparla. Por eso sabía también que su oído estaba destinado a escuchar la misma historia, repetida una y otra vez por los mismos labios, siempre corregida y aumentada para su afortunado escucha.

La grappa parecía dotar al irlandés de una coloración más alta en sus palabras, al tiempo que hacía lo propio en su rostro de por sí encendido. Con la tercera copa de veneno, subrayando cada sílaba, afirmaba que el primer día de enero del año 1901, con un frío que parecía negar la existencia de los ángeles, a bordo de un vaporetto que desembarcó a sus pasajeros en la estación Ca’ Rezzonico, se había encontrado con Oscar Wilde: sombrero negro sobre la cabellera que no perdía el vigor y el brillo de los años verdes, enorme abrigo sobre el cuerpo de oso enorme, prematuramente envejecido pero con la gentileza intacta y el encanto vivo de otros días. Nadie era capaz de sonreír así, como si al hacerlo lo hiciera para Dios, y en consecuencia para todos. Sólo Wilde. En este instante, la audiencia del café, la víctima o el afortunado en turno, en este caso Él, hacían una común o cortés exclamación de asombro y duda. Entonces el orador, ante quienes ponían en duda sus palabras aunque no se atrevieran a perder ninguna, continuaba diciendo que vivían en el error quienes pensaban que el escritor había muerto en un hotel de cuarta en París. Iba sin nadie el ataúd encargado por monsieur Dupoirier, amigo ejemplar, gran samaritano y dueño del Hotel Alsace. Piedras eran el cuerpo del inmortal. Con ese gran subterfugio, Wilde había llegado a Venecia no sólo para regresar a uno de sus mayores puertos de abrigo sino para recuperar su nombre, su honor y su alegría. Para ya no llamarse Melmoth sino Oscar. Que un gran esteta como él debía darse el lujo de vivir en Venecia y morir en ella, porque todo es posible en una ciudad que es hipérbole y espejismo tangible. Que se instaló en una de las habitaciones más modestas —nada allí lo es— del Palacio Ca’ Rezzonico, donde el poeta Robert Browning había disfrutado cada mármol, cada moldura, cada salón fantasma de esa sinfonía arquitectónica puesta a disposición del poeta por la esposa de su hijo, porque mujer que no da dinero, decía el borracho, da mala suerte. El lujo mayor de Wilde era despertar cada mañana con la vista de la torre de la iglesia del Carmine que echaba a vuelo sus campanas mientras las palomas dibujaban arabescos sólo por el poeta descifrados. El rigor de la cárcel lo había conducido a una existencia sobria. Ya no escribía, pero su diaria tarea, autoimpuesta y metódica, consistía en mirar atentamente cada humilde rincón de la ciudad, cada encaje de piedra, cada rielar de la luz sobre las aguas y darle así continuidad al culto a la belleza. De las siete lámparas de la arquitectura de John Ruskin había decidido encender la correspondiente a la verdad porque, como supo el poeta inglés yacente en Roma, es la única escalera a la hermosura y viceversa. “El fin supremo de la vida es vivir. Poca gente vive. La verdadera vida es llevar a cabo la perfección propia”. Animales de costumbres y sorpresas, los poetas, decía el de la voz, al tiempo que hacía parte de su cuerpo una nueva y presurosa copa de grappa, capaz de tumbar a un regimiento. Y en este café, decía, el divino Oscar Wilde brindaba en honor de la barca que transportó los restos del poeta Browning, que esa mañana del invierno de once años atrás, en el puente de Rialto, luego de que la ciudad se había obstinado en poner en su cielo sus grises más severos, como si quisiera honrar al enamorado de Elizabeth, al inspirador de los Sonnets of the Portuguese, al poeta que borró la primera persona para encarnarse en otros, dejó pasar sus rayos fulgurantes para que la ciudad dijera adiós a uno de sus más ilustres, aunque extranjeros habitantes.

Demóstenes glorioso para un solo escucha, en ese momento preciso del discurso el borracho dejaba de hablar y clavaba su cabeza en el pecho y en el sueño. Era el tiempo de despedirse, pagar el consumo y salir otra vez a probarse en las navajas del frío. Ocultarse de todo para renacer mañana, libre de monstruos personales y ajenos, intentar el desciframiento de la ciudad más inverosímil del planeta. Una ciudad fuera del mundo. Aunque a veces el mundo merezca merecerla.

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Oscar Wilde
©Napoleon Sarony

Es la historia más bella de Venecia, dices mientras inicias la caminata de regreso hacia el hotel que es tu casa en días robados al mercenario ritmo. No quieres ahora deambular como otras noches, entrar en un laberinto del que sales sólo para encontrarte en el sitio del cual saliste, como si la ciudad se afanara en decirte no te vayas.

Cuando desembocas en el campo San Barnaba y tomas la calle del Traghetto, en el aparador de ese bazar siempre iluminado, hito y anunciación de tu regreso, miras desde lejos las numerosas versiones Canaletto de las que vive el negocio para crear en los visitantes a Venecia, sus amantes de paso, siempre los mejores, la ilusión de llevarse un trozo de la ciudad, cuando ella tatúa para siempre los sentidos de quien la hace suya al entregársele. Canaletto supo sentir a la ciudad y trasladarla al lienzo para que la miráramos como él supo mirarla. En medio de esa multitud de imitaciones te encuentras con un cuadro, pulcramente enmarcado, donde el artista ha apostado todo al apostar la vida en algo suyo: la torre de San Giorgio emerge entre la bruma, acompañada por un sol que lucha igualmente por mostrar la insolencia de su brillo. Por esos cuantos trazos, por ese instante de inspiración, talento y coraje del artista, la existencia es perfecta, lejos de la cotidiana fealdad que navegamos. Pero no estás solo en tu contemplación. Los pasos pesados se transforman en una figura humana de corpulencia inconfundible: el abrigo de oso, el sombrero igualmente oscuro sobre la cabellera larga, gris a trechos. No hay cielo como ese en la vida, pero debería existir. Piensas. Piensa ese hombre que mira alternadamente el cuadro y tu rostro con un gesto que al decir nada dice todo. Nadie puede sonreír así. Sólo un hombre llamado Oscar Wilde.

Mañana dejas Venecia. Ella te deja a ti. Nadie podrá creer tu historia aunque la cuentes a la hora de siempre, con la espuela transparente de la grappa en el café San Maurizio, mientras arrecia el frío y el corazón se enciende.


   
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Vicente Quirarte

Nació en la Ciudad de México el 19 de julio de 1954. Poeta, narrador y ensayista. Estudió la Maestría en Lengua y Literaturas Hispánicas y en Letras Mexicanas, y el Doctorado en Letras en la FFyL de la UNAM....


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