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NUEVA ÉPOCA NÚM. 125 JULIO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Entrevista con Juan Villoro
La cancha como espacio de lectura


Silvina Espinosa de los Monteros
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 125| Julio 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Espinosa de los Monteros, Silvina , "Entrevista con Juan Villoro
La cancha como espacio de lectura" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2014, No. 125 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=779&art=16242&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El escritor mexicano que con más brillantez y profundidad se ha dedicado al tema del “deporte de las patadas” es Juan Villoro, quien acaba de publicar el libro Balón dividido, sobre el que conversa con nuestra colaboradora Silvina Espinosa de los Monteros.

 

Frente al tornado de emociones que suscita la Copa Mundial de Futbol ―que este 2014 se celebra en Brasil―, un escritor polifacético como Juan Villoro (México, 1956), recientemente nombrado miembro de El Colegio Nacional, despeja hacia el centro de la cancha Balón dividido (Planeta), un conjunto de 28 retratos y crónicas en torno a la pasión que no sólo produce más dinero en el planeta sino que da pauta a una variada gama de aproximaciones que van de lo meramente lúdico a lo antropológico, pasando por el análisis social, político e incluso psicológico, en los que la estrella es el lenguaje.

 

Si en un anterior libro dedicado al futbol optó por la circularidad de un título como era Dios es redondo, ¿por qué ahora hay una presunción de ruptura con Balón dividido?

Son dos jugadas distintas ―asegura el también Premio Iberoamericano de Letras José Donoso―. A diferencia de Dios es redondo, que alude al sentido religioso que puede tener la pelota y a su comportamiento inesperado en la cancha, tan parecido al de las deidades, Balón dividido es la expresión de un momento crucial de cualquier partido en el que la pelota está entre dos jugadores sin pertenecer a uno en particular. Algo que también me parece una metáfora apropiada para la lectura: el libro es un balón dividido entre el autor y el lector, por lo que hay que ver quién se apropia de él.

 

¿Con qué espíritu decidió reunir esta serie de textos en un solo volumen?

Estamos hablando de textos que escribí a lo largo de ocho años. Después de publicar Dios es redondo en 2006, seguí con el tema porque cubrí el Mundial de Alemania en ese año y luego escribí bastante a propósito del de Sudáfrica en 2010; además, también tengo una columna en un periódico de Cataluña que se publica en Barcelona y ahí suelo hablar mucho de los avatares de la liga española. Tratándose de artículos periodísticos, hay muchas cosas que resultan evanescentes o efímeras, catástrofes de una semana que la gente olvida e incluso luego no gravitan en la historia del futbol, por lo que en Balón dividido traté de reunir crónicas que expresaran mejor nuestro tiempo, que pudieran ser más perdurables e interesar a gente que no necesariamente es afecta al futbol o que es enemiga de él.

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Juan Villoro
©Editorial Planeta

Si el lector pudiese recorrer de un lado al otro esta cancha literaria, ¿con qué se encontraría?

Con textos muy variados. Algunos de ellos tienen que ver con la afición por el futbol y la manera en que lo vemos y, otros, con el carácter mediático de los ídolos, muchas veces desde su condición de delegados sentimentales de la gente. Quería explorar la manera en que la aldea global vuelca su sed de romance en historias ajenas como la de Shakira y Piqué; me interesaba tratar de descifrar ciertas figuras predominantes como Lionel Messi, Ronaldinho o Cristiano Ronaldo, pero también indagar situaciones complejas dentro de la vida de los futbolistas como el suicidio del portero Robert Enke, que padecía una depresión que no pudo superar y que lo llevó a una disyuntiva dramática: seguir siendo portero de la selección alemana o aceptarse como un enfermo psicológico, aunque al final optó por echarse a las vías del tren. También están destinos peculiares como los de los hermanos Jérôme y Kevin-Prince Boateng: uno juega para Alemania y el otro para Ghana y a su manera encarnan la historia de Abel y Caín, uno es el chico bueno y otro es el niño terrible.

 

Al margen de lo enunciado por Villoro, vale la pena señalar la inclusión en este volumen de las afiladas disquisiciones en torno al arte de gritar en los estadios, el controvertido amor a la camiseta en tiempos de capitalismo rampante; la figura del árbitro, cuyo salario más constante es “el del ultraje” o el balón que, en virtud de constituir un ente “esquivo y movedizo, nos recuerda que la eternidad es veloz”.

 

HACER TOLERABLE EL MUNDO

¿Qué peso específico tiene el juego para una especie a la que el teórico de la cultura Johan Huizinga denominó Homo ludens?

El juego es esencial a nuestra condición. El mundo es insoportable; tal y como está hecho, nos queda a deber. La realidad no nos basta y para suplir esta carencia existe el pensamiento mágico, el juego, el amor, el arte y otras formas de expansión de la realidad a través de la conciencia. El juego se inscribe en esta necesidad de hacer tolerable un mundo imperfecto.

 

Usted ha dicho que la realidad mejora por escrito. ¿Cuál sería el mayor desafío de un cronista deportivo?

Que lo que vas a escribir pueda emocionar o interesar de manera diferente a alguien que ya conoce en lo básico el asunto y eso es bastante complicado, porque no les vas a dar grandes sorpresas, quizás en alguna anécdota o dato curioso, pero básicamente el mayor reto es volver a contar de manera satisfactoria lo ya sucedido.

 

¿Cómo enriquecer la realidad sin traicionarla?

Antes que nada, es obligación del género no falsear la realidad. A diferencia de lo que ocurre con el ensayo literario, tú no puedes hacer depender los juicios de una subjetividad absoluta: un gol te puede gustar más que otro, pero si el marcador ocurrió de una manera, no puedes decir que la victoria fue de un equipo distinto. Fabular o narrar la realidad a partir de algo que no puede ser traicionado es muy complejo, yo creo que ese es un elemento que los aficionados al futbol tenemos presente cuando leemos crónicas deportivas. Lo hacemos, no para enterarnos de lo que pasó porque ya lo sabemos, sino para vivirlo de otra manera. Dicha condición la identificamos en este ámbito, pero también está presente en textos como Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez. La noticia ya se había dado en la prensa colombiana, se sabía que un marino había estado diez días en altamar sin comer ni beber, que iba en un barco mal estibado y llevaba contrabando; era una noticia común, pero lo que nadie sabía era cómo había ocurrido. Igual que el caso de Truman Capote en A sangre fría, sobre el que Tom Wolfe dice: “Todos sabíamos que había habido un asesinato y quiénes eran los asesinos, pero lo que no sabíamos era cómo y por qué. Ignorábamos los pelos pegados en la pared después de los disparos”. Ese es el gran desafío del cronista: sorprender con lo que todos ya conocen.

 

¿De qué modo el lenguaje tiene la capacidad de potenciar el futbol? ¿Qué sucedería con este deporte si no hubiese un testigo capaz de traducir en palabras las gestas de carácter épico?

Depende de quiénes sean los cronistas. Yo me formé viendo partidos en la televisión narrados por Ángel Fernández y, aun antes de ellos, escuchándolos por la radio. El primer Mundial del que tengo memoria es el de 1962, que ocurrió en Chile cuando yo tenía seis años. Lo escuché en la radio de mi casa y la capacidad de los cronistas para narrar las jugadas me hizo verlas como si hubiese estado ahí. Tengo clarísima la imagen del último partido que disputó México, en el que estaba a punto de pasar a la siguiente ronda. El jugador español Paco Gento se descolgó por la banda, mandó un centro y Joaquín Peiró remató para clavarnos un gol de última hora, que nos dejó sin la posibilidad de salir adelante. Yo creo haber visto esta jugada, pero nunca lo he hecho. Y eso se debe a que las palabras son un arte visual, ya que convocan imágenes. A partir de entonces, asocié la riqueza del juego con las palabras que le daban sentido, al grado de que cuando iba al estadio llevaba un radio de transistores para no perderme las narraciones de Ángel Fernández, que fue el ídolo de mi infancia y me reveló la posibilidad de que las palabras podían ser símbolos mágicos. De niño, escuchando su relatos, me daba cuenta de que incorporaba anécdotas, leyendas, poemas, letras de corridos y disparates, bautizaba a los equipos de otra manera y les ponía motes a los jugadores como a Enrique Borja, a quien le decía El Gran Cyrano, por el tamaño de su nariz. Todo eso me hizo pensar que el juego, entre otras cosas, valía la pena porque podía ser narrado de esa manera.

 

REGRESO A LA INFANCIA

¿Coincide con el escritor español Javier Marías cuando señala que “el futbol es la recuperación semanal de la infancia”?

Esa es una frase que nos representa a todos. El futbol es un mecanismo para retroceder en el tiempo, en un doble sentido: hacia el niño que fuiste y poder así volver a creer en el bien y el mal, en los héroes y en la posibilidad de que el juego mejore la existencia; pero, por otra parte, también implica un retroceso a lo que fuimos en el origen de la especie, a la horda del comienzo, a la tribu que todavía usaba los pies como parte esencial de la vida. El poeta mexicano Antonio Deltoro ha dicho que “el futbol es la venganza del pie sobre la mano”, lo que llama la atención en una sociedad como la nuestra, en la que dicha extremidad inferior pareciera una parte cancelada del proceso evolutivo. De pronto, el futbol convierte al pie en una opción para el virtuosismo. Hay mucho de tribal en el futbol, no sólo por la manera de jugarlo, sino también por la manera de verlo: la gente con la cara pintada, las hogueras en las tribunas, los disfraces, los gritos de guerra, las banderolas... Todo esto nos remite a momentos previos a la civilización, que de alguna manera siguen latentes en nosotros.


   
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Silvina Espinosa de los Monteros

Nació en la Ciudad de México en 1971. Periodista cultural y editora. Estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, de la que se graduó con mención honorífica con una tesis sobre periodismo...


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