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NUEVA ÉPOCA NÚM. 125 JULIO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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De cómo no conocí a Garibay


Guillermo Vega Zaragoza
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 125| Julio 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Vega Zaragoza, Guillermo , "De cómo no conocí a Garibay" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2014, No. 125 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=779&art=16252&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Prolífico, exigente, impetuoso, entregado por entero a la escritura, profundamente perspicaz en su conocimiento de la vileza humana y maestro innegable de los fulgores de la prosa literaria, Ricardo Garibay murió hace quince años, en mayo de 1999, sin haber recibido los reconocimientos que su obra deslumbrante debió haberle asegurado, como recuerda uno de sus más fieles lectores.

 

I. “NOS VA A DAR A TODOS Y A CADA UNO DE NOSOTROS EN NUESTRA SANTÍSIMA MADRE”

La primera noticia que tuve de la existencia de alguien llamado Ricardo Garibay fue en la novela Los periodistas, de Vicente Leñero, donde aparece como uno de los participantes de esa tragicomedia del periodismo nacional que Rius bautizó como “el pinochetazo a Excélsior”. Ahí se presenta a un Garibay muy cercano a Julio Scherer, aguerrido colaborador pero también especie de double agent, que iba y venía de las pláticas que sostenía con Fausto Zapata, entonces secretario de la Presidencia, para poner al tanto a sus colegas de los resquemores que causaba en el ánimo de Luis Echeverría la constante crítica a su política desde las páginas del periódico.

Leñero cuenta cuando Garibay convocó a la plana principal de Proceso, revista que planeaban lanzar antes de que terminara el sexenio echeverrista, para comunicarles el recado que Zapata acababa de decirle:

En un privado celosamente custodiado por los célebres guaruras del funcionario, Zapata y Garibay conversaron durante dos horas y pico sobre el único tema digno de conversar. El hecho es que Zapata está literalmente colérico contra todo el grupo de Julio Scherer al que manda a decir por conducto de Garibay que nos va a dar a todos y a cada uno de nosotros en nuestra santísima madre. Así mandó decir Fausto Zapata: en nuestra reverenda madre nos va a dar, y al decirlo citó al pinche güerito ése tartamudo (creo que se refiere a Samuel del Villar) que soliviantó a Alan (Riding, corresponsal del New York Times) y Marlise (Simons, del Washington Post) para que insultaran al presidente en los diarios gringos. Habló asimismo de partirle la madre al barbudo intelectual del grupo (Miguel Ángel Granados Chapa) y llegó hasta la madre del propio don Quijote (el mismo Leñero) sin olvidar por supuesto a la madre de Julio. Partidera general de madres va a haber si continuamos creyendo que podemos insultar así como así al presidente de la República.

(¡Qué tiempos aquellos!, ¿verdad?, cuando lo que escribían los periodistas hacía enojar al presidente en turno. No cabe duda de que hemos avanzado como país democrático).

Cuando leí Los periodistas apenas iniciaba yo la carrera de Periodismo y Comunicación Colectiva en la UNAM y andaba obsesionado con lo del “nuevo periodismo” norteamericano. Ya se sabe: Tom Wolfe, Norman Mailer, Truman Capote, Hunter S. Thompson. En ese entonces también participaba en el taller de periodismo cultural que impartía Huberto Batis en el Museo Carrillo Gil. Un día, platicando entusiastamente sobre el tema, el buen Huberto nos dijo, con la delicadeza que siempre le ha caracterizado, que “no nos anduviéramos con mamadas”, que eso de nuevo no tenía nada y que ya se hacía en México desde el siglo XIX. Nos recomendó que leyéramos A ustedes les consta, la antología de crónica en México compilada por Carlos Monsiváis. Ahí volvió a aparecer el dichoso Garibay, con un fragmento de Las glorias del Gran Púas, al que Monsi se refiere como “texto magistral a través de cuyo diálogo cruel e impiadoso, Garibay describe un mundo donde la marginalidad es, reiterativamente, ronda de expulsiones y en donde la complacencia en el insulto hace las veces de ternura y punto de vista”. Ya desde entonces se destacaba la aptitud de Garibay “para reproducir de modo esencial las variedades del habla mexicana con exactitud que incluye y rebasa lo textual”.

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Ricardo Garibay
©Rogelio Cuéllar

Con la generosidad que siempre lo ha distinguido, Batis publicaba en la sección de Ciudad del unomásuno los remedos de crónicas urbanas que perpetrábamos los miembros del taller, donde nos codeábamos un día sí y otro igual con verdaderos periodistas y escritores que frecuentaban y dominaban el género: Ignacio Trejo Fuentes, Humberto Ríos Navarrete, Amílcar Salazar, Arturo Trejo Villafuerte, Josefina Estrada, Roberto Vallarino, José Francisco Conde Ortega. Nos decía Batis: “Dentro de 50 o 100 años, cuando los historiadores quieran saber cómo se hablaba y se vivía en la Ciudad de México no lo van a encontrar en las notas informativas sino en sus crónicas”. Por eso nos pedía que pusiéramos mucha atención al habla popular y que tratáramos de reflejarla en nuestros escritos. A veces lo lográbamos, otras no, pero siempre lo intentábamos. Desde entonces, la lectura de las crónicas de Garibay me aportó elementos para tratar de mejorar las mías: siempre un recurso novedoso, una expresión afortunada, un guiño juguetón, la precisión y siempre el estilo, siempre.

Por esa época, mi hermano Jorge, que trabajaba entonces en la biblioteca de la UAM Azcapotzalco, me regaló unos libritos con transcripciones de conferencias que habían impartido en esa institución algunos escritores, como Juan José Arreola, Edmundo Valadés, María Luisa Mendoza, Elena Poniatowska, José Agustín y… Ricardo Garibay. Estas charlas las organizaba el maestro Héctor Anaya, quien luego las editaba con sumo cuidado. Confrontaciones: El Creador Frente al Público se llamaron el ciclo y la colección de libros. La participación de Garibay fue especial porque no se aventó ningún rollo inicial sino que de inmediato se puso a responder las preguntas del público. Una mujer le pidió un consejo “casi como receta de cocina” para hablar bien. Luego de regañarla por plantear su pregunta con tantos rodeos, Garibay le recomendó: “Lo he dicho muchas veces: tome la Ilíada todos los días y lea una página en voz alta, una, no se va a tardar más de cinco minutos. Todo lo que se le pide a la juventud mexicana es que invierta cinco minutos diarios en leer una página de la Ilíada en voz alta. A los quince días de estarlo haciendo, usted misma no reconoce su voz, no reconoce su vocabulario. ¡Hágalo!, cinco minutos diarios en voz alta. ¡Ya!”. Y así por el estilo toda la charla: implacable, poco dispuesto a condescender con la estupidez, la zafiedad, la estulticia. ¡Qué tipo tan arrogante, pero también tan genial!

Por esas fechas, debo de haberlo visto también en la televisión, en sus famosas charlas, ataviado con sus vistosas batas y fumando un cigarro tras otro. Recuerdo mucho una ocasión en que dejó de hablar un largo rato porque en el estudio de junto alguien estaba dando martillazos. Un minuto o dos, hasta que cesó el ruido. Entonces siguió, como si nada hubiera sucedido. Lo sorprendente es que se trataba de un programa grabado y ¡no lo editaron, lo dejaron tal cual! Ver hablar en persona a Garibay me provocaba emociones encontradas. Me resultaba admirable su pasión, su sabiduría, pero al mismo tiempo rehuía su arrogancia, su actitud tan “me-vale-madre-lo-que-piensen-yo-digo-lo-que-me-da-mi-rechingada-gana-porque-para-eso-soy-Ricardo-Garibay-el-escritor”. Quizá porque me recordaba demasiado a mi propio padre, al que amo más que a nadie en el mundo, pero que por momentos podía llegar a aborrecer profundamente.

 

II. “TODO ESCRITOR ES UN HOMBRE PROFUNDAMENTE INMORAL”

También en esa época empecé a colaborar con reseñas literarias en el suplemento “sábado” del unomásuno, el cual leía religiosamente de cabo a rabo. Un día apareció una larga entrevista con Garibay firmada por Josefina Estrada, a quien entonces sólo conocía por sus crónicas y cuentos. Lo dicho por Garibay me impresionó tanto que copié párrafos completos en mi cuaderno y cada cierto tiempo los releo para darme valor cuando me entran dudas acerca de la vocación que decidí seguir.

Son cosas como esta: “Todo escritor es un hombre profundamente inmoral. Es el hombre que traiciona todos los principios, todas las convicciones… Un escritor es básicamente un descastado, un hombre sin clase y sin compromisos. Si conoce a un escritor honesto es que debe ser muy joven y entonces le falta a usted y a él vivir un poco más”. Una más: “Cualquier idea, grande, chica, elemental o muy elaborada es veneno para la literatura. La literatura se hace con emociones, con intuiciones, con dolores; con felicidades o alegrías es muy difícil. La literatura es el pantano, es el vicio. Maurice de Mauriac decía: ‘Amigo mío, si te interesa la virtud, olvídate de la literatura. Si te interesa algo que no sea el cochambre de la vida, la porquería de la existencia, olvídate de la literatura’”.


   
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Guillermo Vega Zaragoza

Nació en Guadalajara, Jalisco, el 20 de febrero de 1934. Poeta, diplomático y periodista cultural. Abogado y maestro en letras, ha sido rector en la Universidad Autónoma de Querétaro; maestro en la Facultad...


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