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NUEVA ÉPOCA NÚM. 125 JULIO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Pola Oloixarac
Mujeres de esqueletos intachables y persuasivos


Jorge Ruffinelli
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 125| Julio 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Ruffinelli, Jorge , "Pola Oloixarac
Mujeres de esqueletos intachables y persuasivos" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2014, No. 125 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=779&art=16257&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El “fenómeno Pola Oloixarac” se inició con la publicación de su novela Las teorías salvajes (Entropía, 2008) en una pequeña editorial argentina. No mucho tiempo después rebasó la literatura para convertirse en un fenómeno mediático. La fama de la novela generó en Buenos Aires mesas redondas en bares, filmadas con deficiencias de sonido y meseros que obstaculizan la imagen, todo muy en la “onda” antitradicional porteña de la presentación de libros o la discusión en torno. Su inclusión en la selección que en 2010 hizo Granta, The Best of Young Spanish Novelists fue una catapulta internacional, así como la publicación de la novela en España (Alpha Decay, 2010), que comenzó a generar el pase del libro y de la autora al medio de comunicación más importante: la televisión.

La publicación de la novela en portugués (As teorias selvagens, 2011) y la participación de la escritora en FLIP (Festa Literária Internacional de Paraty, 2011) continuaron ese fenómeno: un periodista la llamó “La Musa de FLIP”, y otro la entrevistó para la televisión durante 22 minutos en un viaje privado en bote. Pocas veces antes, un escritor, hombre o mujer, acaparó sin proponérselo tanta y tan rápida atención de los medios.

Las teorías salvajes es una novela inusual, experimental y hasta cierto punto inesperada. Alterna varias historias que no se cruzan entre sí, salvo por aludir algunas de ellas a los “años de plomo” (los setenta de la insurgencia montonera, el gobierno de Cámpora, la llegada de Perón a Argentina desde su exilio español y la dictadura militar que siguió) desde el presente del nuevo siglo. Los grises ochenta y noventa aparecen difuminados, y fue en el nuevo siglo que la autora estudió filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Desde esta atalaya ella observó y juzgó, con mordiente acidez, los mitos hasta hoy intocados de la insurgencia setentista y de la educación universitaria. Otros escritores y otras novelas se han referido a la barbarie de la “guerra sucia” militar, pero Pola Oloixarac decidió no tomar ese camino, sino el más incómodo de la iconoclastia.

Sin embargo, habría referencias a la represión militar, si decidimos interpretar simbólicamente el primer “fragmento” de la novela, que es la descripción antropológica sobre el ritual de la persecución y muerte de niños por adultos, en Guinea. A lo largo del libro hay más fragmentos que imitan, reescriben o parodian la observación etnográfica, y estos se pueden leer literal o simbólicamente.

Las historias y personajes más complejos y mejor trabajados de Las teorías salvajes se desarrollan en diferentes registros narrativos. El relato en primera persona singular lo emplea Rosa Ostreech, quien narra su relación con Collazo, un aburguesado ex montonero, así como su obsesiva persecución del viejo profesor Augusto García Roxler, para completarle al fin la “teoría” de las Transmisiones Yoicas originadas por el “antropólogo holandés Johan van Vliet”, extraviado en la selva, recuperadas por dos discípulos, y de algún modo retomadas por el profesor argentino. También están en primera persona, las cartas de contenido sentimental dirigidas a Mao por una militante desaparecida en los setenta, Vivi. Y en el estilo omnisciente de la tercera persona singular, la novela narra las peripecias de una pareja de jóvenes feos (Kamtchowsky y Pabst) y otra de jóvenes bonitos (Andy y Mara), que se relacionan entre sí provocando diversas situaciones cómicas o patéticas a lo largo de la novela.

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Pola Oloixarac escribió una novela “experimental” para una época forzosamente experimental, dadas las incertidumbres formales y caracterológicas de la modernidad. Como la escritora lo ha señalado en más de una oportunidad, su atención y afición a las tecnologías de la comunicación la han llevado a concebir que todos existimos en la gran novela que se llama Google. Dentro de esa novela los vínculos, relaciones, links, son indefinidos e infinitos y ellos son los que conforman la realidad actual. ¿Realidad virtual o nueva realidad-real? Hacia el final de Las teorías salvajes, precisamente unos hackers pretenden sustituir las imágenes que Google Earth da de Buenos Aires por otras, alocadas y absurdas. Esta es la nueva revolución: la de los hackers contra el Big Brother de Internet.

De ahí el interés de la novela por vincular a sus personajes subrayando el tema de dos intercambios fundamentales: de información y de fluidos corporales, lo que en el hoy ya craso léxico novelístico serían: diálogo y sexo. Su novela, pues, está llena de estas dos pulsiones: la de comunicarse a través de las palabras que también han sido el vehículo elegido: literatura y seducción.

El miedo, la diversión y la seducción son tres vectores unidos que conducen Las teorías salvajes hacia territorios, si no inexplorados del todo, casi vírgenes en la narrativa latinoamericana.

En una reseña, en general elogiosa, la crítica argentina Beatriz Sarlo hizo una salvedad en torno al “diario” de Vivi: “La caricatura de esos años de infancia es tan sarcástica como eficaz, con una sola excepción: no funciona la parodia del diario íntimo de una militante setentista que la novela transcribe. La parodia necesita una idea más exacta del texto a parodiar y Oloixarac no la tiene”. Sin embargo, sucede que la libertad y la desfachatez de Pola Oloixarac en toda su novela se funda precisamente en su falta absoluta de compromiso con los “años de fuego”. Esos coincidieron con su infancia. Como alguna vez la autora se ha solazado en narrar, a los ocho años (hacia 1985) ella escribía su primera novela durante una travesía familiar por el Atlántico, “sobre los últimos días de una familia de nobles agazapados en un castillo en las afueras de París, en 1789. Había como doce personajes, todos con nombres rimbombantes excepto los femeninos, que se llamaban como mis amiguitas de la primaria”.

En ese momento, la generación hoy madura, de quienes detentan el poder político y cultural, estaba embarcada en las luchas ideológicas militantes. No solo a mediados de esa década había vuelto Perón a Argentina, y comenzó más tarde la “guerra sucia”. Ya había ocurrido la Revolución cubana, la masacre de Tlatelolco e, incluso en Argentina, a comienzos de los ochenta, la guerra de Malvinas. Gran telón de fondo histórico, que “formó” a más de una generación, pero no a los nacidos en los setenta. Todo aquello a que refieren la narradora y los personajes de Las teorías salvajes fue aprendido, no vivido. Esa es su libertad y su suerte. Por eso, a menudo no podemos comprender por qué no se relacionan emocionalmente con las ideologías que nos formaron. Y es que no la tienen. Son libres como los pájaros. O como los “salvajes”.

Los diarios de Vivi no son satíricos y, como parodia, resultan tal vez la parte más naïf y dulce de toda la novela. Ni se compara con el regusto sardónico con que, de un plumazo, Las teorías salvajes barre desde el comienzo con el psicoanálisis freudiano y, al final, con los discursos lacanianos. Eso, más las pretensiones malolientes de Collazo, que emblematiza a los intelectuales guerrilleros de los setenta, son las zonas más calientes de la novela y las que le han deparado críticos y “enemigos”, allí donde Pola Oloixarac pulveriza reductos ñoños de los que precisamente nuestras generaciones debieran comenzar a revisar y no lo han hecho.

No es Pola Oloixarac quien abre juicios: son sus personajes, aunque uno sienta la sonrisa de la escritora entre bambalinas. En el relato inicial sobre los “orígenes” familiares de Kamtchowsky, Rodolfo, el futuro padre de la niña fea, conoce a quien pronto será su mujer, estudiante de psicología, y escucha los entusiasmos disciplinarios de la joven con el siguiente atrevido registro de su reacción: “Cuando ella le contó del mito edípico, la vagina dentada de Juanito y la mamá-auto de Melanie Klein, Rodolfo hizo lo posible por disimular su sorpresa; la escrutaba intentando adivinar, bajo el rímel y la sombra, a esa selecta multitud letrada que se tomaba en serio esas gansadas”.

No solo aquí, sino en todo momento la novela enfila sus dardos precisamente a esa “selecta multitud letrada”, que en el caso se encontraba en Psicología, pero abundaba en toda la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Puán 480 del barrio Caballito. Sucede hoy, al leer esta feroz y a la vez divertidísima novela, que muchos hemos sido profesores allí, y nos cuesta admitir que dicho ejercicio incluía el narcisismo profesorial y cierto borreguismo en cuanto a las “teorías” en boga. Se las seguía porque eran in.

Más sardónico resulta, al final de la novela, el retrato del análisis lacaniano. Allí no necesita adjetivos por parte de ningún personaje. Habituados ya a percibir (y, ojalá, a disfrutar) el sistema paródico del libro, nos basta el ejemplo de una página entera de un discurso lacaniano por parte de una expositora de la Asociación de Orientación Lacaniana, en el que pretende explicar un documental de Kamtchowsky, que de inmediato se exhibiría. De haber estado presente Rodolfo, lo habría denominado una “gansada”, pero no era necesario hacerlo porque la exposición es tan abstrusa como ridícula.

Entre los aspectos experimentales de la novela, se destaca el juego de las identidades. Señalé antes que el relato de Rosa Ostreech está desenvuelto en la primera persona. Sin embargo, en el mismo momento en que lo hace, se contradice y crea un equívoco cuando en nota a pie de página indica: “Bajo este nombre se esconde la identidad de quien escribe”. Esto quiere decir una de dos cosas: que bajo el nombre de Rosa hay otra identidad que nunca conoceremos, o que Rosa Ostreech es el álter ego de Pola Oloixarac. Y aquí el juego se enlaza con la autodescripción que Rosa hace de su belleza física: “Tengo un esqueleto intachable y persuasivo —a menudo insoslayable según cierto monstruo estadístico acercado por los olfatos sedientos de muchachotes, viejos y sáficas—. Me reparto con elegancia a través de carne suave, rósea, de tono impreciso entre las aceitunas doradas y el marfil lírico de Bizancio. El resto de mis partes son comentario de vario tenor y cantidad de saliva sobre cuestiones de distinción innata y belleza rioplatense; mi pelo negro emprende un salto al vacío y se detiene, con unción, segundos antes de rozar mi cadera; mis ojos son negros y profundos, un poco bizcos; mi boca es ortodoxa, es roja”. Y a continuación se describe en detalle por delante y por detrás.

Este juego de las identidades implica una osadía pocas veces encontrable en la novelística latinoamericana. Porque después de crear la sospecha, la deshace con un gesto pirandelliano: “Me mantuve a un costado, un rato, tomando Fanta; después intercambié una venia amigable con Pola (en la facultad algunos nos confunden, lo cual es absurdo porque yo soy mucho más alta y además Pola usa anteojos), y me quedé charlando con Milton, Andy y EK”.

Las teorías salvajes es una novela para nuestros tiempos, porque los cuestiona. Las referencias a la psicología y el psicoanálisis molestarán a muchos teóricos o practicantes de la disciplina. El retrato de un ex montonero burgués molestará a los nostálgicos de las luchas militantes. La descripción de los estudios en la Facultad de la calle Puán molestará a quienes celebran sin discusión las carreras universitarias. Sin duda no se entenderá como políticamente correcto tener un personaje con Síndrome de Down que abusa arteramente de Kamtchowsky cuando ella está drogada. Que Rosa descubra en El Tigre, escondida, la gran estatua con que se iba a celebrar la llegada de Perón al país, no les causará gracia a los peronistas.

De repente irrumpe en la literatura argentina una mujer joven, inteligente, bella y de notable sentido del humor, que se ríe de los mitos y nos hace reír con ella, y eso es lo que hay que celebrar mientras se espera su segunda (y ya anunciada) novela: A History of Venus in the Tropics. Escrita con fluidez notable, en una prosa a la vez erudita, barroca y juguetona, Las teorías salvajes nos mira y nos invita a mirarnos a nosotros mismos. Pocas novelas han logrado esa doble pulsión con tanta energía.

Algunos dicen que el apellido legal de Pola es Caracciolo, pero el verdadero seguirá siendo el que ella eligió para identificarse.

 

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Pola Oloixarac, Las teorías salvajes, Entropía, Buenos Aires, 2008, 252 pp.


   
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Jorge Ruffinelli

Nació en Montevideo, Uruguay, en 1943. Crítico e historiador de cine y literatura. Fue profesor en la Universidad de Buenos Aires (1973) y de la Universidad Veracruzana (1974-1986) donde fue también director...


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