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NUEVA ÉPOCA NÚM. 125 JULIO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Vivir la luz de lleno


María José Rodilla
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 125| Julio 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Rodilla, María José, "Vivir la luz de lleno" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2014, No. 125 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=779&art=16258&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Los profesores que hemos tenido el privilegio de conocer a Julio Botton, el promotor generoso e incansable de la Cátedra Rosario Castellanos y de ser acogidos por Ruth Fine, la dulce y gentil anfitriona de la Universidad Hebrea de Jerusalén, sabemos que nuestra experiencia es única, irrepetible y, sin embargo, todos hemos iniciado nuestro acercamiento a Jerusalén desde la terraza del mismo hotel, aunque con distintos nombres; hemos conocido a los mismos colegas y hemos realizado las mismas etapas del viaje: Ein Karem, Yad Vasham, Me’a She’arim, la Ciudad Vieja amurallada. Todos nos hemos dejado seducir por su luz y por su aire y algunos no se han resistido a dedicarle poemas a la ciudad del cielo y del desierto.

Vicente Quirarte, el coordinador de este volumen, ha recogido las voces y las inquietudes de los que sintieron la necesidad de dejar por escrito su experiencia en esta obra, donde también él mismo realiza un viaje real en el autobús 23 a y otro literario en el que busca las huellas de los escritores que han estado en esas tierras, primero con Palestina y luego, con el estado de Israel, porque para Quirarte “Jerusalén es una ciudad para leerse” (p. 34) y desea usar su cartografía para trazar rutas literarias. Desfilan por sus páginas Gérard de Nerval y sus poemas sobre el Monte de los Olivos, José Emilio Pacheco con Morirás lejos, Mark Twain con su novela The Innocents Abroad, Herman Melville y el diario que hizo en 1857, en donde habla de su “cabalgata sobre las colinas áridas” de un “País marchito y desierto” (p. 37) y, por último, Carlos Pellicer, cuatro veces viajero y peregrino en Tierra Santa, que supo plasmar en sus poemas “ese aire delgado entre el cielo y el desierto donde tres religiones monoteístas reclaman ser detentadoras de la palabra de Dios” (p. 41). Él mismo un poeta, Quirarte describe de una manera deslumbrante los colores de la muralla y los amoríos que la ciudad mantiene con el sol y la luna: “A la mitad del día, las piedras son de color de camello o de desierto, piel extendida de un león sacrificado. Oro y bronce en la tarde y, a veces, cuando el Mar Mediterráneo se despierta, la ungen rosas de sangre. Todo lo acepta la ciudad, enjoyada su carne como ajuar de una novia yemenita. Y cuando la conquista parece consumada, es el turno más largo de la Luna: una cinta de plata en la cintura ata su carne y la desborda” (p. 49).

Otro poeta, Marco Antonio Campos, además de haberle dedicado un libro de poemas a Jerusalén, lleva a cabo un viaje bíblico y aconseja a los viajeros siguientes que se preparen para la Tierra Santa leyendo los Evangelios. Su texto se articula en pequeñas entradas a manera de un diccionario que van dando cuenta de sus impresiones sobre las calles arboladas, los “súbitos parques”, la ligereza de las colinas, los jardines de rosas, el siroco, que “roba la luz de Jerusalén”. En una suerte de numeralia, nos ilustra sobre la población y la inmigración judías, las fronteras selladas y el “espantoso círculo” que crean el terrorismo y los suicidas. Después de tratar de entender la cruda realidad de cifras, su relato se envuelve en una atmósfera bíblica desde el momento en que pisa el “barrio color verde y luz” de Ein Karem, donde María fue a visitar a su prima Isabel, madre del Bautista, o cuando llega a Galilea, “el corazón del Cristianismo”, y ya en la ciudad vieja, va localizando cada lugar según los Evangelios y logra transportarse al tiempo de Cristo cuando recorre la Vía Dolorosa o cuando oye cantar un Padre Nuestro o un Ave María en la iglesia de San Marcos.

A la escritora Rosa Beltrán le toca vivir días difíciles en una Jerusalén con bombas, disparos y atentados, vacía de turistas y, sin embargo, puede apreciarla como un dedal o como un “tálamo en el que hay un cuerpo moreno, entre sábanas” (p. 77) y es capaz de reírse en el Mar Muerto por la manera en que te hace flotar aunque no quieras, pero no puede pasar de la segunda sala del Museo del Holocausto, porque le dieron náuseas en tan espeluznante escenario: el lugar se hizo para que el horror no se olvidara y esa prueba, que es tal vez la más dura que haya que pasar en Jerusalén, es con la que comienza el periodista Ignacio Trejo su diario, que prestigia a cada paso con el viaje común en ciertas etapas con Fernando del Paso y su esposa Socorro, con los que recorre el barrio judío ortodoxo, el Mar Muerto, el Muro de los Lamentos y la explanada del Domo de la Roca, a la vez que celebra los chistes que a cada rato suelta Fernando y que por ser demasiado mexicanos no comprenden sus anfitriones israelíes.

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El poeta Carlos López Beltrán se fija en los jóvenes armados, en cómo llegan a distenderse en el café Aroma, a la salida de la universidad, donde fuman cigarrillos oyendo a Eric Clapton, unos chicos que maduran a la fuerza y que sienten en sus vidas la continua alarma y “la cercanía de la amenaza”. Sus paseos por Tel Aviv lo remiten a Coatzacoalcos o a Veracruz, a Guadalajara o a Monterrey y sus paseos por la Jerusalén vieja se dirigen a los lugares sagrados: la Vía Dolorosa, el Santo Sepulcro, “el territorio de las fantasías bíblicas e historias cristianas” (p. 114) de la educación religiosa en su infancia.

El escritor Ignacio Padilla, que buscaba el mar en el desierto y que estaba obsesionado con el tema del agua, fue al Jordán, al Mar de Galilea, al Mar Rojo y al Mar Muerto y le habló a los alumnos del agua mientras bebía “del manantial del mundo que mana de la fuente jerosolimitana” (p. 118).

El profesor andariego acerca de Mauricio Tenorio articula su relato en dos grandes caminatas que parten del Monte Scopus a la Puerta de Damasco, una y a Me’a She’arim la otra; va en busca de aventuras orientalistas y, sin embargo, sus pasos encuentran referencias en mercados de Zitácuaro, La Piedad, La Merced, Barcelona, Copacabana o la Ciudad de México. Entre American Colony y los cafés árabes, en los que se sienta a descansar, va desgranando agudas reflexiones sobre la situación del Estado de Israel, las noticias que ve en televisión o lee en los periódicos, o bien sobre las conversaciones que oye en un restaurante acerca de sentirse buen o mal judío, pero lo más interesante es que bajando valles y subiendo cuestas se apropia de la otredad, se siente en casa, todo le resulta familiar. Adentro de la ciudad amurallada se pueden vivir historias de santos y reliquias, que se han barajado por siglos en nuestra cabeza, dice Tenorio, pero también se pueden ver ruinas romanas o mamelucas, los templos disputados por las religiones y los pactos entre ellas, incluso el pacto del odio, de la bendición o del castigo.

La estancia de la escritora Beatriz Espejo es un viaje de las emociones por la reciente muerte de su madre, por la soledad de los días vividos en la habitación cuadrada de su hotel y por el planteamiento continuo de la vecindad de su propia muerte. Hace un repaso de su vida y piensa lo mismo en sus manicuristas y peluqueros que en que no ha escrito nada interesante. Es un viaje interior que también es posible en Jerusalén.

Para María Teresa Miaja, Jerusalén es un viaje a la luz, una luz “enceguecedora, enloquecedora, envolvente y, a la vez, iluminadora, imborrable, imperceptible. Quien ha bañado con ella sus ojos jamás podrá percibir el mundo de la misma manera que antes” (p. 154). Y ella lo percibe, a través de dos miradas, la del adentro y la del afuera. Jerusalén es, en sus palabras, como el ombligo del mundo, como el lugar sagrado donde confluyen peregrinos, devotos, anticristos, profetas e incrédulos. Mira los montes desde la ciudad amurallada para contrastar el adentro y el afuera y a otra medina dentro de la medina, la que alberga las mezquitas de Al Aqsa y la dorada de Omar. Después contempla, en una segunda mirada, la ciudad amurallada bajo la kalima desde el Monte Scopus o al bajar por el cementerio judío hasta el Monte de los Olivos y sus recuerdos se iluminan con esa luz enceguecedora a la hora de escribirlos y se siente que están pletóricos de nostalgia.

Los hexágonos del laberinto de la biblioteca de Babel de Borges son la metáfora que usa el profesor Rafael Olea para describir la universidad. Su mirada es arquitectónica y la vista decepcionante de la austeridad y oscuridad del Santo Sepulcro le provoca la añoranza de la suntuosidad del Vaticano. Sus guías, los profesores Javier de la Puerta y Jan Zseminski, lo adentran en la Ciudad Vieja y en el barrio ortodoxo, respectivamente y la venezolana Liliana Lara le muestra dos Kibutzin, últimos residuos en vías de extinción del socialismo en Israel, donde suena la alarma y tiene que refugiarse en un cuadrado de cemento, anécdota que me cuenta Liliana años después como insólita, porque no son tan frecuentes las alarmas, a pesar de la “dolorosa realidad” que viven.

Acaba el libro con unos bellos poemas de Alejandro Higashi sobre un hombre que se quedó enredado para siempre en las ramas del árbol que sembró en Jerusalén, cuya circularidad resume en una cabeza de alfiler, como Rosa Beltrán lo había hecho en un dedal y, por las noches, se convierte en una fiera con el espinazo tenso, agazapada, en espera del nuevo día. Jerusalén laberinto, Jerusalén contradictoria, Jerusalén de murallas dentro de murallas, de aire transparente como el odio, pero también Jerusalén de “jardines que revientan de flores” son algunas de las luminosas imágenes que nos permiten otra vez “vivir la luz de lleno”. Y es que la luz de Jerusalén, el paisaje desértico, las piedras y los colores de su muralla, el laberinto de la Universidad Hebrea, la inquietud e inteligencia de los alumnos, la fuerte y dolorosa impresión de Yad Vashem impregnan todos los relatos y dejan la sensación y la nostalgia de volver una y otra vez a la ciudad que habitaron unos días estos profesores mexicanos, a la Babel de lenguas y sonidos de campanas entreverados con cantos de muecines.

 

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Encuentros con Israel. Mexicanos de la cátedra “Rosario Castellanos” en la Universidad Hebrea de Jerusalén, Vicente Quirarte (coordinador), UNAM/Secretaría de Relaciones Exteriores/Amigos Mexicanos de la Universidad Hebrea de Jerusalén, México, 2013, 197 pp.


   
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María José Rodilla

Es licenciada en Filología Románica por la Universidad de Extremadura, España, y Doctora en Letras Hispánicas por El Colegio de México. Es profesora-Investigadora de literatura medieval, de los Siglos de Oro...


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