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NUEVA ÉPOCA NÚM. 125 JULIO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Ujier a la puerta


Eusebio Ruvalcaba
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 125| Julio 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Ruvalcaba, Eusebio , "Ujier a la puerta" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2014, No. 125 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=779&art=16260&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El ujier llevaba más de media hora esperando la respuesta. No se le había permitido entrar a la casa. Allí, en plena calle, aguardaba la nueva. El mensaje era claro: Su Alteza, la condesa Mme Anne Marie Lucquin necesitaba saber si Jean-Philippe Rameau se presentaría esa noche en su palacio a efecto de reservarle el mejor lugar. Ésta era la segunda y última misiva que recibía. La primera había resultado curiosa, cuando menos para el compositor. Cuando distinguió al enviado de la condesa, Jean-Philippe Rameau había fingido no estar en casa. Hasta que el empleado se retiró, el célebre clavecinista respiró en paz. Sabía de qué se trataba. A sus oídos había llegado la noticia de un fenómeno de la música: un niño prodigio —¿de seis años, de siete años?— originario del imperio austro-húngaro, y de nombre Mozart, se presentaría en París para dar pruebas de su genialidad. Y eso a él qué le importaba. Cuando alguien le había hablado de que no había habido nada semejante en la historia de la música, él, Rameau, se había reído y exclamado a grandes dentelladas: ¡Qué le puede enseñar un niño músico de seis años a un genio compositor de 80? Malditos.

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Jean-Philippe Rameau por Joseph Aved, 1728
©Wikicommons

En el último año, Jean-Philippe Rameau se había mudado trece veces. El compositor vivía abrumado por sus indisposiciones nerviosas. A su paso suscitaba reacciones insospechadas. Pocos sucedidos le habían provocado un dolor de estómago tan pronunciado como aquellas líneas escritas por el polémico pensador —y músico— Jean-Jacques Rousseau. Flagelo que no sólo había sido impreso en gacetillas y pegado en las paredes, sino en las páginas de la Encyclopédie Française. Y como si esto fuera poco, para que su nerviosismo se sumiera en oleadas de acritud y amarga venganza, no había día que Rameau no leyera aquellas líneas, que a la luz del sol decían:

En cuanto a las contrafugas, dobles fugas y otras difíciles estupideces de Jean-Philippe Rameau que el oído no puede sufrir y que la razón no puede justificar, son evidentemente restos de barbarie y de mal gusto que no subsisten, como los portales de nuestras iglesias góticas, más que para vergüenza de quienes tuvieron paciencia de hacerlas.

Todas las cosas estaban en su contra, se decía. Ni siquiera cuando le suplicó a su amigo Voltaire que respondiera esa ignominia, el filósofo había rechazado la sugerencia. En asuntos de música, había dicho, me gusta lo que me gusta. No me importa de qué lugar del mundo provenga.

Su nombre, pues, había sido vituperado por una reyerta entre él y el oportunista Lully —compositor mal venido a París, que sin embargo se había colado hasta la corte, y había hecho una mancuerna prepotente con Molière—. Sus ideas frescas habían contravenido las de Rameau, que se inclinaba por incorporar el ballet a la ópera.

Mientras que los adictos a la música francesa defendían la solemnidad, los italianos se inclinaban por la frescura y el desparpajo antes que cualquier otra cosa.

¿A quién se le había ocurrido quitarle esa investidura a la música y hacerla tan estúpidamente ridícula?, se preguntó Rameau mientras se ceñía su enorme peluca. A los italianos, a quiénes más. Un pueblo tan proclive al escándalo y la veleidad.

Se miró al espejo al tiempo de ceñirse la segunda peluca. Qué horror. Aun era más estrambótica que la primera.

Hasta su recámara alcanzaba a escuchar los tosidos del ujier reclamando una respuesta. Que espere más todavía, se dijo. Aunque la respuesta ya la sabía.

Lo que vio fue la imagen de un hombre demacrado pero firme, anciano pero granítico. De ahí se dirigió directamente a su espada. Sabía del prodigio que para un hombre avezado tenía el uso de esa arma; pero eso a él no lo turbaba. Los violinistas italianos le tenían tanto respeto a la espada como al violín. Estaban locos. Idiotas. Mezquinos, se repitió. Vivía una época de inmoralidad. Nunca había sido un caballero de armas. Poner en juego su vida siempre le había parecido descabellado. Los valores radicaban en su cabeza, no en los corredores de los palacios.

Él, Jean-Philippe Rameau, sabía de su poderío musical. Se le admiraba y se le respetaba, siempre y cuando la admiración y el respeto provinieran de algún allegado a la música francesa, que era la suya.

Se sentó al secrétaire, y escribió en una hoja lacrada con su nombre: Su Alteza, una crisis de gota de última hora me impide asistir al concierto de este niño prodigio admirado y sublime. Le ruego disculpar mi ausencia, y besar la adiestrada mano infantil desde mi humilde persona.

Al cabo de aquellas líneas, imprimió su sello y estampó su nombre: Jean-Philippe Rameau.


   
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Eusebio Ruvalcaba

Nació en Guadalajara, Jalisco, en 1951. Escritor. Ha publicado varios títulos que incluyen novela (Un hilito de sangre, Los ojos de los hombres, Desde la tersa noche), cuento (¿Nunca te amarraron las manos...


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