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NUEVA ÉPOCA NÚM. 125 JULIO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Aguas aéreas
El testigo alado


David Huerta
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 125| Julio 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Huerta, David , "Aguas aéreas
El testigo alado" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2014, No. 125 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=779&art=16264&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Un par de buenos lectores me hicieron, cada uno por su cuenta, atinadas observaciones sobre Ascálafo, personaje central en una entrega pasada de esta columna (“Dos o tres veces Ascálafo”, mayo de 2014).

Esos lectores me llamaron a capítulo acerca de una falla notoria: pasé por alto los seis versos conclusivos de las Soledades gongorinas, nada menos, donde el búho hace una tremenda aparición. Pero sobre todo me señalaron el hecho siguiente, relacionado directamente con los asuntos tratados: en el cierre del poema, Góngora echa mano de una palabra del ámbito jurídico, vocablo semejante a “fiscal” y a “ministro”, utilizadas respectivamente por don Luis de Góngora y Argote y por sor Juana Inés de la Cruz, uno de los temas tocados por mí en esa cala de mayo en la poesía barroca: las extrañas, curiosas, llamativas apariciones del vocabulario tribunalicio en los versos de los poetas mayores de nuestra lengua.

Arriba quedó escrita la frase o sintagma “vocabulario tribunalicio”. Esta última palabra, “tribunalicio”, es voz falsamente suntuosa, en la cual se encierran realidades desagradables, dignas de toda nuestra desconfianza. En la actitud extendida de rechazo hay una porción del enorme disgusto por el estado deplorable de los aparatos de justicia en nuestros tiempos, su corrupción rampante, los desplantes de arrogancia de jueces y magistrados. Nada nuevo, por lo demás; recuérdese la exclamación de una obra de Shakespeare: Kill all the lawyers, leída por mí en varias ocasiones sobre el pecho de jóvenes norteamericanos: estaba inscrita en las camisetas llevadas por ellos con tanta gracia. Los abogados no gozan de buena fama en las sociedades modernas; tampoco en la Inglaterra isabelina, como puede verse.

Paso a ocuparme de las observaciones críticas a mi “Dos o tres veces Ascálafo” y de un nuevo abordaje de esos temas, para mí apasionantes. Los lectores-críticos del texto ascalafesco tienen razón. A continuación intento reparar mi falla. Y aprovecho la ocasión para ampliar los puntos abordados en mayo.

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Estampillas de búhos de Ucrania
©Wikicommons

Todo estriba en el hecho siguiente: en el verso 976 de la Soledad segunda se lee la voz “testigo”, en su acepción judicial de “testigo de cargo”, de testigo acusador y aun delator, como se verá. El verso dice esto, en el contexto de la descripción de un ave magnífica, como se verá: “sus alas el testigo que en prolija”. Veamos, entonces.

El final de la Soledad segunda presenta un ave realmente enorme: “el búho en que se transformó Ascálafo, quien, con su delación, dejó a Ceres sin hija y a Plutón con esposa” (Antonio Carreira, en la “Guía de lectura” de su edición mexicana de las Soledades; Fondo de Cultura Económica, 2009; en ese mismo libro aparece el Primero sueño, editado por Antonio Alatorre: apenas pueden pedir más y mejor los lectores de poesía en nuestro idioma). He aquí los seis versos (974-979) de ese final del gran poema gongorino:

Con sordo luego estrépito despliega,
injurias de la luz, horror del viento,
sus alas el testigo que en prolija
desconfïanza a la sicana diosa
dejó sin dulce hija,
y a la estigia deidad con bella esposa.

El adverbio de tiempo “luego” (“sordo luego estrépito”) se refiere a la descripción, inmediatamente anterior, de los halcones septentrionales del verso celebérrimo: “los raudos torbellinos de Noruega”. El curioso lector haría bien en buscar las páginas dedicadas por Antonio Deltoro a esa imagen (aparecen en su libro de ensayos Favores recibidos, Fondo de Cultura Económica, 2012).

El búho-Ascálafo sigue, por lo tanto, a los halcones en el desfile de las aves. Y con él se cierra la serie magnífica: borní, neblí, gerifalte, sacre, azor; esas palabras son, cada una por sí misma, de una extrañeza aliada a su belleza y eufonía —hay entre ellas palabras árabes, indicativas del origen de la cetrería. Fueron los árabes los inventores de ese deporte aristocrático.

Las alas del búho se abren —en los más robustos alcanzan una envergadura de dos metros—: son “injurias de la luz” (tapan la luz diurna, de tan grandes) y son, asimismo, “horror del viento” (ocupan gran porción del espacio y cortan el curso de la brisa). Al denunciar a Perséfone y condenarla a matrimonio eterno con Plutón, Ascálafo ha fungido como testigo de cargo: delató o denunció a la hija de Ceres. Perséfone cometió un error fatal: comer, en el reino de las sombras, unos cuantos granos de granada; de no hacerlo, se habría salvado. En cualquier caso, nadie parece saberlo, pero… Entonces Ascálafo interviene en favor de los intereses del Señor del Inframundo, Plutón, monarca del Hades: él, Ascálafo, hijo de Aqueronte, vio a Perséfone comer de ese fruto y da su testimonio acusador. Deja a “la sicana diosa” (Ceres) sin hija —dulzura de su vida— y “a la estigia deidad” (Plutón) “con bella esposa”. Le quita a una para darle, por medio de su testimonio, de su delación, al otro. El castigo para el siniestro testigo de cargo en todo este drama es su conversión o “metamorfoseo” en búho.

Las 36 majestuosas palabras de los seis versos (974-979) del final de la Soledad segunda están ahí para ser entendidas, escuchadas, escandidas en su exquisita versificación, valoradas en su andadura rítmica, descifradas en su tejido metafórico, desplegadas y condensadas en su vigor multidimensional durante la lectura y a lo largo de las interminables relecturas.

Los verbos, adjetivos y sustantivos de ese pasaje nos proporcionan algunas llaves o claves. Prescindo por el momento del análisis de las partículas (preposiciones, conectivos, a menudo tan importantes para la crítica estilística) y me concentro en poner de resalto las palabras de mayor densidad gramatical y semántica.

Verbos: despliega, dejó. Adjetivos: sordo, prolija, sicana, dulce, estigia, bella. Sustantivos: estrépito, injurias, luz, horror, viento, alas, testigo, desconfianza, diosa, hija, deidad, esposa. La simple lista léxica es notable.

Algunas notas dignas, creo, de atención para los lectores de esta poesía tan densa, tan compleja, tan bella: el sustantivo “estrépito” lo escribe Góngora así: strepitu, con toda su esbeltez erizada de voz latina; de esa manera se lee en el Manuscrito Chacón. La palabra desconfianza debe llevar diéresis, “desconfïanza”, por razones de métrica: cinco sílabas, en vez de las cuatro con las cuales se pronuncia normalmente, para hacer cuadrar bien el verso. Los adjetivos para Ceres y Plutón son topónimos: “sicana” es siciliana; “estigia” se refiere a la circular laguna del Inframundo, llamada Estigia y designada en algunas ocasiones, por su circularidad misma, como un río. Ahí lleva a cabo su labor de barquero el padre de Ascálafo, Aqueronte.

 

La poesía moderna ha descrito búhos también, cómo no. Una antología de los búhos poéticos mexicanos debería ser un homenaje al “hombre del búho”. Enrique González Martínez, poeta estimabilísimo, prácticamente olvidado en nuestros días.

Derek Walcott presenta algunas transformaciones o metamorfosis de la Luna en un pasaje extraordinario de su poesía. La Luna es un sonido aislado, una campana, un óvalo, una vocal desencarnada, un búho, un fuego blanco. Para la visión poética de Walcott la Luna es sucesiva y simultáneamente todas esas cosas. Lo extraordinario de ese pasaje es el hecho siguiente: las letras de las palabras se asemejan orgánicamente a las criaturas lunares, fruto de esas mutaciones. Las palabras de Walcott no nada más han de leerse, sino verse, con su espectacular abundancia de oes:

Slowly my body grows a single sound,
slowly I become
a bell,
an oval, disembodied vowel,
I grow, an owl,
an aureole, white fire.

El búho es un óvalo y es todas esas otras cosas (un sonido solitario y solemne, una campana en medio de los árboles, un ulular de ues desencarnadas en lo profundo del bosque, una aureola en la magia de los follajes, un albo fuego de plumas encendidas); pero retengo la figura semirredondeada, el óvalo, pues evoca otra imagen “buhesca” de Góngora en las Soledades. En el verso 791 de la Soledad segunda, el búho es un “grave de perezosas plumas globo”. A partir de esa imagen podríamos retomar el tema —pero de momento lo abandonamos.

 

“Cuando el tecolote canta, el indio muere”, dice un dicho mexicano. Ave de mal agüero, pájaro de tenebrosos augurios, criatura de ojos bellísimos, por turnos amenazadores o sublimes. No sé si es una práctica extendida, pues no lo he oído en otro lado, pero un amigo mío, extraordinario filólogo, llama “mochuelos” a los aparatitos en los cuales almacenamos información computacional —los dispositivos USB—: los mochuelos son pequeños búhos, aves proverbialmente llenas de sabiduría, como los USB van repletos de información.

Vivir con un búho: he aquí una idea, un proyecto acaso apasionante; suena absurdo, extravagante, dificilísimo, ¿imposible? La bióloga norteamericana Stacey O’Brien tomó en 1985 tal decisión. Un búho llamado Wesley fue su compañero durante diecinueve años, y sobre ello escribió un extenso testimonio.

El libro es ciertamente una extraña crónica de vida y resulta, a su manera, exaltante; la decisión de la bióloga norteamericana tiene una especie de peculiar grandeza espiritual y moral. Todo en las páginas de su libro tiene muchas facetas, desde luego, y no debe confinarse en la mera —y un poco morbosa— curiosidad, ni mucho menos considerarse un fenómeno sospechoso: no hay en la historia de O’Brien y su compañero alado nada circense, perverso, patológico.

Entre las caras de esa experiencia tan compleja y rara, destaca una sobre todo, en mi opinión: muestra en Wesley a una criatura frágil y poderosa, con una personalidad definida y una serie de rasgos sorprendentes. Él es el protagonista del libro; pero si uno contempla el asunto con cierto detenimiento, Stacey O’Brien nos obliga a preguntarnos todo el tiempo, pues a final de cuentas ella es nuestra semejante más próxima: ¿sería yo capaz de una decisión como esa, de vivirla con tanta entereza, con tanta lucidez y amor?, con lo cual la atención del lector se divide nítidamente entre el búho y O’Brien. El libro se titula sencillamente Wesley the Owl y fue publicado en 2008.


   
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David Huerta

Nació en la Ciudad de México el 8 de octubre de 1949. Poeta, ensayista y traductor. Estudió Filosofía, Letras Inglesas y Españolas en la FFyL de la UNAM. Ha sido redactor y editor de la Enciclopedia de...


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