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NUEVA ÉPOCA NÚM. 125 JULIO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La epopeya de la clausura
Macchia, constructor de ruinas


Christopher Domínguez Michael
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 125| Julio 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Domínguez Michael, Christopher , "La epopeya de la clausura
Macchia, constructor de ruinas" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2014, No. 125 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=779&art=16266&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El 18 de noviembre de 2012 se cumplieron cien años del nacimiento de Giovanni Macchia, uno de los grandes historiadores literarios del siglo pasado. Lo sería de todos los tiempos de no haber limitado sus esfuerzos a la literatura francesa y en menor medida, pero memorablemente, a la italiana. Muy poco conocido en español (pese a que en 1990 se tradujeron Las ruinas de París, uno de sus  libros emblemáticos), Macchia nació en Trani, en el tacón de la bota italiana y al morir en Roma, el 30 de septiembre de 2001, dejó una obra abundante, de lectura deliciosa.

Crecido en la órbita de Benedetto Croce, de cuya hija Elena fue muy amigo, Macchia se negó a heredar el conflicto, al parecer muy italiano, entre los críticos-filósofos y los críticos-filólogos. Formado en la más estricta escuela de la filología francesa, autor precoz de un Baudelaire crítico (1934) que fue elogiado por Georges Blin en la Nouvelle Revue Française (NRF), Macchia escribió toda su vida largas y sustanciosas reseñas en los periódicos y en la revistas a la vez que fue el galicista más importante de Italia, demostrando —tal cual lo sostuvo en Gli anni dell’atessa (1987), sus memorias— la necedad última del antagonismo entre la crítica universitaria y la extrauniversitaria. Al menos en su caso, semejante división era superflua: la mayoría de sus ensayos funcionan perfectamente para uno y otro público. Si sus historias formales de la literatura francesa o sus sucesivos libros sobre Baudelaire —el clásico moderno o el moderno clásico del cual parte toda su investigación— son muy académicos, en el mejor sentido de la palabra, el resto de su obra equilibra a la perfección, insisto, la erudición con la cortesía. Fue un consumado prologuista y se nota en sus dos libros sobre París (Il mito de Parigi y Las ruinas de París, de 1965 y 1985), lo mismo que Il paradiso della ragione (1960), sobre la equívoca historia de la Ilustración y sus disidentes, o en sus libros sobre Don Juan y sus metamorfosis (Vita, avventure e morte di Don Giovanni, 1978), Molière (Il silenzio de Molière, 1975), en I fantasmi dell’Opera. Idea e forme del mito romantico (1971), su Proust (L’angelo della note, 1979), su crítica del romanticismo a partir del sobadísimo pintor Carl Caspar Friedrich  (Il naufragio della speranza, 1994), entre varios libros, acaso los más importantes recopilados por Mariolina Bongiovanni Bertini en Ritratti, Personaggi, Fantasmi (1997).

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Giovanni Macchia por Tullio Pericoli
©Tullio Pericoli

Hombre de teatro y de música (despreciaba a los melómanos, incapaces de entrar en el misterio supremo de lo musical, la técnica), Macchia explicó el misterio de lo moderno a partir de París y de la literatura generada por esa ciudad-mito, ciudad-cloaca, ciudad angélica, como él la llamaba. Al contrario de Borges, poco amigo del carácter pandillero de los escritores franceses, Macchia veía en la naturaleza procesal o judiciaria de esa literatura, en su obsesión por oponer un siglo a otro, la clave afortunada. Sin la postulación recurrente de antítesis, sin esos diálogos violentísimos como los que enfrentaron a Rabelais con Calvino, a Montaigne con Pascal, a Voltaire con Rousseau, a Stendhal con Chateaubriand hasta llegar a las querellas del siglo XX, no existiría lo moderno, cultura de la polémica y de las falsas negaciones: acusar al siglo anterior de los peores crímenes estéticos es bendecirlo y asegurarse, también, su bendición postrera.

Lector de Vico, no creía Macchia en la decadencia, sino en el vaivén de los ciclos y por ello este erudito (pudo ser sólo un anticuario especialista en el Gran Siglo) estuvo muy lejos de ser un misoneísta, es decir, un enemigo frenético de las novedades. Cuando escribió sobre los más modernos, fuesen Pirandello,  Raymond Roussel, Artaud, Camus o Alain Robbe-Grillet (sobre el de Las gomas pero también sobre el de El año pasado en Marienbad), Macchia fue extraña y extraordinariamente sensible. En el mejor de los sentidos, los vuelve historia, explica por qué algunos revolucionarios están condenados a ser clásicos, cómo se fija lo imperecedero en la novedad. Por ello, al reseñar Las ruinas de París, Italo Calvino, uno de sus admiradores, se felicitó de que Malraux hubiese mandado blanquear las fachadas herrumbrosas o que el presidente Pompidou se atreviera a meter la picota en Les Halles y construyese ese juguetote, el Centro Pompidou, demostrando que París nunca puede dejar de ser una ciudad en movimiento, tal cual lo concluía (Calvino) leyendo Las ruinas de París. ¡Larga vida al Pompi!

Son muchas las notas a compartir si se ha leído a Macchia. Apunto unas pocas: el viajero barón de Montesquieu empezaba la apreciación de una ciudad desde su punto más alto para internarse en ella hasta acabar, con ánimo de sistema, en el regazo de una prostituta. Pero, italianizante, el barón nunca se sació del todo de Italia porque carece de una sola ciudad que la resuma. O el caso de Chamfort, cuyo aparatoso suicidio demuestra que no siempre el cuerpo quiere seguir al alma en su extinción. También, Macchia nos explica por qué Sade se oponía a la guillotina o reconstruye en todo un libro (Il Principe di Palagonia, 1978) a aquel Gravina que edificó la villa de los monstruos, en Sicilia, para que el romanticismo no tomara desprevenida a la humanidad. No se olvida del español Gracián, quien se adentró en el secreto por miedo a la soledad. Se admira el crítico italiano de que Flaubert, según lo decía Dumas, derribaba bosques enteros para hacer una cajita de cerillos.

Macchia ha revivido aquella fantasía de Grainville, publicada en 1805, sobre el último hombre recorriendo las muy castigadas ruinas de un París imaginario e inexistente, lo cual motivó la constatación, amarga y concisa, de Baudelaire: la única razón por la que podría durar el mundo es porque existe. Quizá lo esencial de los penúltimos siglos de literatura sobrevivirá, si es que todo se acabó hace unas horas, en los libros de Giovanni Macchia.


   
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Christopher Domínguez Michael

Nació en la Ciudad de México el 21 de junio de 1962. Crítico literario, ensayista, historiador de la cultura y novelista. Estudió Sociología en la UAM–X. Se inició en el periodismo cultural a los 18 años,...


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