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NUEVA ÉPOCA NÚM. 125 JULIO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Música de miel y sangre


Pablo Espinosa
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 125| Julio 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Espinosa, Pablo , "Música de miel y sangre" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2014, No. 125 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=779&art=16267&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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De la región de los Maramureş provienen los cantos mágicos, las invocaciones de encantamiento contra la enfermedad y la tristeza y el mal de ojo.

Ahí también nació la música para la melancolía de las tardes de los domingos.

Y la música para el momento de nacer y el de la muerte. Los partos y las partidas.

La música de los Maramureş se toca con violín, guitarra (llamada zongora) y percusión.

Posee un sonido primitivo de hadas, enfático en armonías que seducen desde el acorde repetitivo en la zongora cual zumbido.

Hace cientos de años la música europea sonaba más o menos así.

Más o menos porque hablamos de música insondable, inapresable, indefinible. Quimera.

Eso. Gárgola, quimera, alquimia, hada, elfo, duende, diablo, ángel, espíritu flotante, aullido lamentoso en sordina.

Transilvania.

Con sólo nombrarla uno se cimbra. Vibra. Suena.

Claro, el referente automático conduce a Vlad Drăculea. A historias que transcurren en castillos góticos donde el tiempo se detuvo. Oscuro.

La música de Transilvania posee poesía de oscuridad y luz, sin atrancarse en blanco y negro: vive en el parpadeo fugaz del claroscuro, la duermevela. El pálpito fugaz.

En Transilvania se conservan tradiciones arcaicas húngaras que han desaparecido en Hungría, ocupada 150 años por los turcos.

Hierve ese territorio en cientos de dialectos y estilos regionales, que pueden variar de un barrio al próximo, de un pueblo al otro, de una calle a la siguiente encrucijada, curva del camino, callejón, jardín o valle.

Es al otro lado de Transilvania, abrazada de manera tripartita por Hungría, Ucrania y los Montes Cárpatos, donde está la región de los Maramureş y los Oas.

Entre esos estilos regionales titila Hunedoara, donde Béla Bartók (1881-1945) encontró y registró con su grabadora Edison de cilindro la mayor parte del material musical que dio origen al asombro, a muchas de sus partituras y a una porción insospechada de la música occidental.

Transilvania es un rincón, monitor, caja negra, arco expansivo de un universo: la música balcánica. Su alto contraste es la música húngara, dichosa en bailes circulares, lacrimosa en sus borbotones de súbita melancolía.

Balcanes. Balcán. Su etimología es retrato fiel: el vocablo balkan procede de dos palabras turcas: bal y kan, que significan “miel” y “sangre”.

Los Balcanes, ese territorio áspero y gentil que se extiende por toda la cordillera abrupta de este a oeste desde la costa mediterránea hasta el Mar Negro y de norte a sur desde la cuenca del Danubio hasta el Peloponeso y el reguero de islas griegas del mar Egeo, encierran en su superficie de 550 mil kilómetros cuadrados la cuna de la civilización.

Ahí las abejas, la fruta, las avispas producen la más dulce de las mieles. Ahí también se ha derramado la más ácida de las sangres.

El término “balcanización” es un peyorativo. En contraste, esa región del mundo da a la humanidad tesoros.

En el imaginario, la música de los Balcanes es un amasijo de ideas preconcebidas, visiones cortas de lo que en realidad constituye riqueza insondable.

El filme Había una vez un país, de Emir Kusturica, puso los reflectores sobre seres humanos hechos de miel y sangre. La banda gitana de trombón, metales y percusión que corre atrás de los protagonistas es tan sólo un ejemplo de la interminable variedad de música que por aquellos rumbos palpita.

Entre los jóvenes también cundió, en los años ochenta del siglo pasado, un furor inusitado por la música de Bulgaria, al menos la vocal, emblematizada por el coro El Misterio de Las Voces Búlgaras, esas bellas señoras cuyas voces suenan como nubes.

La solista de ese coro, Konia Stojanova y el timbre vocal de cantantes como Nadka Karadzohova y Yanka Rupkina poseen un sonido directo, abierto, misterioso, conocido técnicamente como de “garganta abierta”.

Ellas dicen que intentan cantar “como el sonido de campanas”, lo que recuerda el estilo tintinnabuli, desarrollado por el compositor Arvo Pärt.

Generalmente entonan canciones a dos voces, con textos distintos y que resultan en una textura a cuatro partes en estilo polifónico, con una complejidad rítmica y velocidad de danza.

Son voces plenas de encanto, fascinación, misterio. Embrujo.

Los instrumentos de la música búlgara: gaida, o gaita, como parte de un ensamble o bien en coros de hasta cien gaitas sonando en la montaña, haciéndola cimbrar. El kaval, una flauta campesina. La tambura, instrumento mágico de cuerdas.

El kaval es el instrumento típico del pastor, pleno de leyendas, historias. Tradición. Hecho de tres tubos de madera; el de en medio tiene ocho hoyos para los dedos y el último tiene cuatro hoyos más, los cuales afectan el tono y la afinación. A veces les llaman “los agujeros del diablo” porque, cuenta la leyenda, celoso del virtuosismo de un joven pastor, el demonio le robó el instrumento cuando dormía para añadirle cuatro hoyos y arruinar su arte, pero como en todas esas leyendas populares, el diablo no se salió con la suya. Por el contrario, aumentó a su pesar la belleza de la música nacida de la flauta del pastor.

Un viejo poema popular cuenta la tristeza del pastor cuando pierde su rebaño. Pero a esa música triste sigue un pasaje rápido, pues el pastor divisa a lo lejos a sus ovejas y la música se vuelve triste otra vez porque se percata de que no se trata de sus animales, sino de rocas dispersas sobre el campo. El ritmo culmina alegre. El rebaño ha retornado.

Esos cambios de ritmo son típicos balcánicos y tienen su origen en las danzas campesinas.

Los bailes circulares reinan en los Balcanes. Uno de los más populares es el kolo, donde los ejecutantes se agarran de las manos, a veces de los hombros o los cinturones y se mueven típicamente en sentido antihorario, según hace notar la especialista Tatjana Marović.

Ese baile se practica sobre todo en Serbia, Croacia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina y Macedonia. También la hora, danza popular circular rumana y moldava, es antihoraria pero posee un patrón rítmico más intrincado. No sólo participan hombres y mujeres que forman un círculo, sino también un individuo o una pareja en el interior del círculo, imitando a un águila.

Al final, algunos hombres se suben a los hombros de otros y forman un círculo de dos pisos. No suele haber —señala la experta— acompañamiento musical al baile y al canto.

Las visitas a México que ha hecho Goran Bregović, nacido en Sarajevo de madre serbia y padre croata, levantaron apoteosis con su Banda de Boda y Funeral e hicieron nacer grupos mexicanos especializados en aquella música.

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Goran Bregović
©Wikicommons

El guitarrista Dick Dale, artífice del movimiento musical surf, creó un éxito a partir de una célula motívica balcánica. Esa pieza, titulada Misirlou, la retomó el Kronos Quartet.

Esa melodía, además de otras que hacen hoy en día héroe a Goran Bregović nacieron hace siglos, hechas de miel y sangre.

Entre los numerosos proyectos del violista da gamba, musicólogo, humanista catalán Jordi Savall (Igualada, Barcelona, 1941), brillan dos libros-discos que rescatan, alumbran porciones prodigiosas de esa música noble.

El proyecto en realidad es de su esposa, la soprano Montserrat Figueras (Barcelona, 1942-2011) y se titula Bal-Kan: un hermoso libro-objeto, que contiene ilustraciones de arte antiguo balcánico (bizantino, otomano, romaní), fotografías de las sesiones musicales y tres discos compactos con tres horas y 51 minutos de música que muchos no imaginarían de tan hermosa.

El arsenal instrumental balcánico es también frondoso: kaval, gudulka (lira búlgara), tambura, lira griega, kamanchá, qanún, ud, tambur, ney, santur, saz, violín y contrabajo, frula, címbalo húngaro, acordeón, órgano, guitarra…

Dos mujeres muy hermosas, narra Paolo Rumiz, de un metro ochenta de estatura, se acercan a un acordeonista sentado frente al Danubio y al poner algo en su mano le dicen: “haznos llorar”. Consiguen, cuenta Rumiz, “que él arranque del instrumento océanos de tristeza y siglos de desarraigo, mientras ellas bailan y se abrazan sin prestar atención a los transeúntes”.

Los Balcanes, dice Paolo Rumiz, “son destellos de luz. Son como ese hombre de Belgrado que sale a la calle exultante por una buena noticia, contrata a tres gitanos armados con instrumentos de viento y tambores y con ellos da vueltas por la ciudad con una botella de rakia en la mano y una estela de transeúntes bailando mientras escuchan su música”.

Balcanes, agrega, “son una estación austriaca con una puerta acristalada que se abre de golpe por una ráfaga de viento y que empuja hacia la sala de espera a una joven gitana con una magnífica trenza negra, una larga falda escarlata de volantes, con su bebé recién nacido en un pañuelo a su lado y que pide dinero con ojos de fuego y deja sin aliento a los allí presentes”.

Las investigaciones de campo, las intensas jornadas que cumplieron cada quien por su parte los compositores Béla Bartók y Zoltán Kodály, con su grabadora Edison, demostraron al mundo que la música gitana es distinta, opuesta a la de los salones donde bandas gitanas hacen música folclórica.

Hacia 1918 habían recopilado 3,500 melodías rumanas, 3,000 eslovacas, 2,721 húngaras, serbias y búlgaras.

Kodály llegó a la conclusión de que los fósiles musicales de 2,500 años de antigüedad, que descubrió, fueron llevados por gitanos a Turquía.

También es sabido que para sus rapsodias y danzas húngaras, Franz Liszt tomó el modelo de las bandas que tocan en los restaurantes. Al igual que las danzas húngaras de Brahms son consideradas por expertos como gypsy-style-fakery.

Como toda tradición, la música balcánica, en particular la más expuesta, la de Hungría, sufre transformaciones lógicas con el paso del tiempo. La música para fines turísticos, la que se usa para “amenizar el taco”, la que suena en restaurantes, toma los elementos básicos de la música original y la oropela, adorna, modifica, convierte.

Como lo que sucede, por ejemplo, con el son jarocho, que en un momento dado se llegó al peyorativo de denominar “música de ostionería” a toda aquella rama que se aparte demasiado del tronco central.

Las danzas y rapsodias húngaras de Liszt y Brahms gozan de una popularidad apabullante.

La magia, el poderío de esa música llegan a niveles de lo disfrutable en la serie cómica Don Gato y su pandilla, cuando Don Gato, Benito Bodoque, Cucho, Demóstenes, Espanto, Panza, el oficial Matute y el mismísimo Marajá de Pocajú se rinden extasiados frente al arte del gran violinista Laszlo Loszla.

Franz Liszt escribió lo siguiente cuando oyó tocar a János Bihari, conocido como El Napoleón del violín, porque nació el mismo año que el belicista francés: “como lágrimas de una esencia espiritual fiera, caen las notas de su violín gitano en nuestros oídos”.

En Rumania, la música sobrevivió al cuarto de siglo de la dictadura de Ceaușescu, quien en su afán por crear “el hombre nuevo” hizo atrocidades también en el territorio sonoro. La resistencia, aglutinada en la danza táncház, siguió cultivando su música prohibida y contraria al folclor artificial que propugnaba el dictador. Los grupos táncház fueron una suerte de conciencia de la nación.

Márta Sebestyén se adhirió al movimiento táncház. En su repertorio canta la música de Transilvania y también la de su país, Hungría, y de Rumania, Eslovaquia, Serbia y Bulgaria.

En su voz se escucha la magia de Transilvania, su entramado polifónico tenaz y su intensidad más allá de la melancolía.

Por cierto, nos recuerda Paolo Rumiz que los Balcanes son el periplo mediterráneo de una palabra árabe, sevdah, que significa “bilis negra”, y es, apunta Paolo, la madre de todos los cambios de humor, de la nostalgia y del enamoramiento. Una palabra que con las tropas islámicas llega a la Península Ibérica y se hibrida con el latín convirtiéndose en saudade, esa “dulce melancolía”.

En el mundo actual donde todo se comunica al instante, anota Jordi Savall, “la influencia dominante de la globalización es una de las principales causas de la pérdida cotidiana de las memorias ancestrales”.

Son “músicas supervivientes que han ayudado a sobrevivir”.

Hoy en día, advierte, el “progreso” llega a Europa del Este, que durante más de cuatro siglos se había mantenido al margen de la evolución social y técnica de la “Gran Europa”.

En consecuencia, mucha de la música balcánica se encuentra en vías de extinción, reemplazada por músicas más “modernas” y “universales”.

Esos cantos conmovedores, esas hermosas danzas antiguas “se ven sustituidos poco a poco por las músicas globales que dominan cada vez más los medios de comunicación modernos”.

Por eso Jordi Savall creó su proyecto Las voces de la memoria y por eso conjuntó a músicos balcánicos y grabó cuatro discos de Miel y Sangre.

¿Qué hace el resto del mundo por rescatar los tesoros de la memoria?

¿Estamos frente a la lenta extinción de la música balcánica verdadera?

Que haya miel, que no se vierta sangre.

Que suene la música de miel y sangre.


   
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Pablo Espinosa

Nació en Córdoba, Veracruz, en 1956. Periodista cultural. Fue subjefe de prensa del INBA (1980-1982). Colaboró en El Fígaro, Cineguía, entre otras publicaciones. Ha sido reportero de las secciones culturales...


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