UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 125 JULIO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Inicio   >>> Columnistas   >>>   José de la Colina

La página viva
El albatros de Melville


José de la Colina
citar artículo
citar
NUEVA ÉPOCA | NÚM 125| Julio 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

de la Colina, José , "La página viva
El albatros de Melville" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2014, No. 125 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=779&art=16268&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

PDF
aumentar letra disminuir letra
1 / 1

Untitled Document

 

Recuerdo al primer albatros que vi. Fue durante una larga galerna en mares de la Antártida. Cumplida mi guardia matinal en el día nublado, subí a la cubierta y me acosté sobre las escotillas mayores, desde donde vi flotar majestuosamente algo plumoso y blanco, con un pico ganchudo al modo romano. De cuando en cuando el pájaro, agitado por intensos latidos y temblores, arqueaba las grandes alas de arcángel como intentando abrazar un arca sagrada. Aunque no se le veía herido, gritaba quejándose como un doliente rey fantasma. En sus extraños ojos creí leer secretos de Dios. Me incliné como Abraham lo hiciera ante los ángeles. Tan blanco, tan blanco era, y sus alas eran tan anchas que en aquel mar del largo destierro perdí la mezquina memoria de las ciudades y la civilización. Largamente contemplé su prodigioso plumaje y no podría decir, quizá sólo podría sugerir, las imágenes que pasaban por mi mente. Al volver en mí pregunté a un marinero el nombre del pájaro. “Es un goney”, respondió. ¡Goney! No había oído antes ese nombre. ¡Cómo pensar que tal ser sublime fuese desconocido de quienes viven tierra adentro! […] ¿Cómo habían capturado a esa mística criatura? No susurréis siquiera lo que os contaré. Lo hicieron con engañoso anzuelo cuando el ave flotaba en el mar. Finalmente el capitán lo convirtió en cartero: le ató al cuello un pedazo de cuero con la hora y el lugar del barco, y lo dejó escapar. Y ese mensaje en cuero, destinado a los hombres, habrá sido desatado en el Cielo cuando el ave blanca voló a unirse a los querubines.
Herman Melville, Moby Dick (versión de J. de la C.)

imagen
Herman Melville, óleo de Joseph Eaton, 1870
©Wikicommons

 

El albatros, ave que frecuenta mares del hemisferio austral, que puede tener la envergadura de diez metros de punta a punta de las alas abiertas cuando flota al viento, y que, según una leyenda marinera, encarna el alma de los marineros muertos, está también gloriosamente presente en la poesía y en la narrativa mundiales. Como mero gran pájaro sin sentido metafórico o simbólico (al menos intencional) es, dormido y flotante sobre las aguas cercanas al Cabo de Hornos, “uno de los espectáculos más hermosos que me haya sido dado presenciar” (Two Years Before The Mast, de Richard Henry Dana); como signo del hombre maldito, cuelga, muerta y hasta pudrirse, del cuello de un marinero a quien los otros tripulantes han castigado atándolo en lo alto del palo mayor de un barco en mar tormentoso (Rime of the Ancient Mariner, de Samuel Taylor Coleridge); como representante trágico del poeta, es cazado por crueles marineros que para divertirse lo hacen andar torpemente por la cubierta, donde resulta ridículo y sufre porque “sus alas de gigante le impiden caminar” (“L’Albatros” en Les Fleurs du Mal, de Charles Baudelaire); y, como aparición fugaz ¡de mera nota a pie de página! en la gran crónica o novela y finalmente gran poema épico en prosa titulado Moby Dick (la narración de la cacería que diríase infinita de la ballena gigantesca por un mar que diríase infinito), se integra al grande, místico y aterrador tema de la blancura, el no-color del cual, dice el autor, “la experiencia  común y hereditaria de toda la humanidad atestigua sobre su condición sobrenatural”.

La primera pregunta de lector no resignado a ser tomado por cándido quizá sea por qué Herman Melville (Nueva York, 1819-Nueva York, 1891) presentó en formato de mera nota a pie de página ese texto sobre el ave a la que consideraba digna de ascender al Cielo y de adquirir la condición angélica (o al menos querubínica). Y la segunda pregunta quizá sea esta:

¿Qué simboliza para Melville ese albatros, ser esplendoroso pero “infiltrado” en el libro como un (acaso astuto) detalle menor y circunstancial, sólo merecedor de una tipografía menor?

“En ese entonces —dice Melville en la misma nota— no había yo leído la Rime [de Coleridge], ni sabía que el ave se llamaba albatros. Pero, aun diciendo esto, he querido que brillen un poco más el mérito y la nobleza del poema y del poeta”.

Tal vez, para quitar a su novela-poema algo de una carga metafórica que le pareciese excesiva, Melville quiso semiesconder esa admirable página, pues a final de cuentas cualquier texto narrativo es también, todo él, una metáfora.


   
    subir    

José de la Colina

Nació en Santander, España, el 29 de marzo de 1934. Ensayista, narrador y periodista cultural. Tras el término de la guerra civil pasó con su familia a Francia, Bélgica, Santo Domingo, Cuba y finalmente a...


Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés