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NUEVA ÉPOCA NÚM. 125 JULIO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El último crucero de Foster Wallace


Edgar Esquivel
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 125| Julio 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Esquivel, Edgar , "El último crucero de Foster Wallace" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2014, No. 125 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=779&art=16269&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Debut y despedida. Hubo una vez un crucero de lujo, uno de tantos que vagan por el Caribe durante cierto número de noches, desde el que el parecer de las cosas se impregnó de clima y sal. En semejante embarcación, con 47,255 toneladas y 1,374 pasajeros, por primera vez viajó David Foster Wallace, el escritor insigne de su generación nacido en Ithaca, Nueva York, en 1962, para quien una narrativa seria y valiosa debe mover montañas y expiar el aburrimiento. “Tengo tendencia a únicamente ser capaz de que los personajes digan cosas que pienso que son serias si al mismo tiempo me río de ellos”.

La revista norteamericana Harper’s decidió un día, hace varios años, en 1995, que alguien con el temperamento y lucidez de un narrador como Wallace, esencialmente agudo e irónico (La escoba del sistema, La niña del pelo raro), respetuoso de lo hilarante (Entrevistas breves con hombres repulsivos), podría realizar no sólo un buen reportaje, muy personal, sobre la experiencia de viajar en un crucero (el Zenith, alias Nadir) desde Fort Lauderdale, Florida, hacia distintos puertos del Caribe, sino además mostrar un rostro poco visto de un fenómeno vacacional donde todo, lo posible y lo que no, es desproporcionado. El resultado es un libro cuyo título ofrece una sospecha: Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer.

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David Foster Wallace
©Hachette Book Group

Es de suponer, careciendo de dicha vivencia y sin importar prejuicios, que una opulenta travesía de siete noches a bordo del Nadires siempre una opción efectiva para paliar, así sea por brevísimo tiempo, cualquier clase de cotidianidad, la agobiante por supuesto, pero sobre todo la que se entiende por relajada. La “nada”, la fantasía de hacer absolutamente nada —lo que se busca y adquiere principalmente en un crucero— puede ser un motivo o un escape justificado, pero básicamente es un atentado contra la frágil cordura de una vida “civilizada” que ya encarna el caos.

“Todos estamos terriblemente solos” —dice Wallace— y buscamos de una u otra forma un antídoto: a veces la literatura, o el intento de hacerla, lo es, otras, las más de las ocasiones, lo que no tenga relación con palabras y frases que causan algún tipo de efecto, generalmente involuntario. Por fortuna ninguno prevalece. Él fue mordaz y como buen filósofo desarrolló en su obra, desde su intuición y referencias, categorías para casi todo. Habilitó estantes —abiertos, ocultos— para colocar nuestras conductas y diseccionarlas con festiva y metódica paciencia: aberraciones acumuladas o sordos juramentos de inocencia de hombres veleidosos que terminan entregados al capricho. Y en un crucero ello depende no de la mucha o poca edad como sí de la ocasión de aventura, aunque esta sea únicamente ceder a la tripulación el derecho de uno a “cuidarse” o bien aceptar el fin del recorrido y las severas condiciones del regreso a la realidad.

Antes que las consecuencias David asumió primero las causas de sus notas sobre cómo y por qué sucede la desprendida existencia dentro de una pomposa excursión de mar, por eso dejó pocas dudas acerca del placer que le provocó saberse observador rapaz y un curioso profesional ante los excesos de los paseantes. No perdió detalle de cada momento de la masiva expedición marítima, ni ostentó prejuicios mal intencionados al momento de rendir cuentas, sólo redactó impresiones aceptando una serie de limitaciones: su “americanidad” o nulo historial como trotamundos.

Los componentes del extremo sentido del humor de Foster Wallace son un preámbulo de vergüenza y desencanto: resalta la “prostitución” de un escritor renombrado que elabora un ensayo para el folleto promocional del barco. E incluso de la saciedad: lo irreal de la marinería, servicios e instalaciones son el ritual de ilusiones de un crucero que conforma un fresco de atenciones y poses donde cada navegante, consciente o no, depreda su ansiedad de tener experiencias sobrecogedoramente distintas a lo “normal”.

La “verdad” es demasiado divertida, sólo así se moldean dramas perfectos del mismo modo que la felicidad se vuelve un deber que pospone su propio misterio. Para el autor de La broma infinita, “la adrenalina, la excitación, el estímulo, le hacen a uno sentirse vibrante, vivo. Hacen que la existencia de uno parezca no contingente. La opción de la diversión dura promete no tanto trascender el miedo a la muerte como ahogarlo”. Pero las falsas promesas también son capaces de derrotarnos o de confundir al brillo más auténtico. “Lo que pasa por dentro es simplemente demasiado rápido y enorme…”.

A costa de los supuestos de un crucero David Foster Wallace se divirtió, pero efectivamente nunca volvió a hacerlo. Tenía 46 años cuando dejó de existir. Él así lo decidió.


   
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Edgar Esquivel

Ensayista y promotor cultural. Originario de Occidente, ha publicado también en las revistas Este País y Siempre!. Desarrolló actividades de programación y organización en el Museo Anahuacalli, así como de...


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