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NUEVA ÉPOCA NÚM. 126 AGOSTO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Notas sobre la poesía de Efraín Huerta
Idolatrías y demonios


David Huerta
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 126| Agosto 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Huerta, David , "Notas sobre la poesía de Efraín Huerta. Idolatrías y demonios" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Agosto 2014, No. 126 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=780&art=16280&sec=Efra%C3%ADn+Huerta: > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Al Pumita: por La fragua…, por la amistad, por las conversaciones

 

En 1944, a los 30 años de edad, Efraín Huerta (1914-1982) publicó en la Ciudad de México el libro de poesía titulado Los hombres del alba con el sello editorial de Géminis. Antes de ese volumen, había dado a conocer tres títulos poéticos: Absoluto amor (Fábula, 1935), Línea del alba (Fábula, Taller Poético; 1936) y Poemas de guerra y esperanza (Ediciones Tenochtitlán, 1943).

De los dos primeros títulos se hizo una tirada, respectivamente, de 150 y de 70 ejemplares; eso los ha convertido, al paso de los años, en auténticas joyas bibliográficas; ambos estuvieron al cuidado editorial de Miguel N. Lira (1905-1961), poeta, novelista, animador cultural y maestro tipógrafo. Las ocho secciones de Línea del alba —un solo poema publicado en ese cuadernillo de 1936— fueron ordenadas, según noticia del propio Efraín Huerta, por Genaro Estrada (1887-1937), personaje multifacético de la cultura mexicana —historiador, crítico, poeta, diplomático y bibliógrafo— cuyas tareas y reflexiones en el campo del derecho internacional y en el servicio exterior mexicano dieron origen a la doctrina de su nombre; Estrada era, además, amigo, confidente y una especie de protector de escritores. Ese poema fue integrado en 1944 en Los hombres del alba para la edición de Géminis y dedicado “A la memoria de Genaro Estrada”; más tarde, en la recopilación de la poesía de Huerta en 1968 —y después de su muerte, ocurrida en febrero de 1982, en la Poesía completa de 1988—, volvió a su lugar en la cronología poética del autor.

Los hombres del alba de 1944 —así llamo a la primera edición, para distinguirla de otras formas para documentar ese libro en la bibliografía huertiana— contenía un prólogo de Rafael Solana y un autorretrato muy interesante: se trata de un dibujo hecho a línea, seguramente con tinta negra; esta imagen no volvió a aparecer en otras ediciones. Huerta se retrató ahí con un dejo de ironía, es decir, de distanciamiento. Efraín Huerta era, desde niño, un experto calígrafo y un hábil dibujante. Uno de sus primeros trabajos fue dibujar los letreros publicitarios proyectados en una sala de cine de la ciudad de León, vecina de su natal Silao, en el estado de Guanajuato.

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Efraín Huerta a los seis años en Irapuato, 9 de julio de 1920
© Iconografía, FCE

No hay matices ni sombreados en ese dibujo, hecho evidentemente con unos cuantos trazos, sin retoques obvios, de modo firme y decidido. Del hombro derecho de Huerta se desprende una estrella de cinco puntas en cuyo centro aparece el conocido símbolo del comunismo internacional, ya en vías de olvido, a cien años del nacimiento del poeta: una hoz y un martillo, cruzados; del otro lado de la imagen, sobre el hombro izquierdo de la efigie, se lee la inscripción: “México 1935-1944”, correspondientes a los nueve años de escritura de la obra. La expresión del autorretratado resultaría seria, casi neutra, si no fuera por esto: detrás de los cristales de los anteojos —y como si estuvieran sobre ellos, no detrás— los ojos, reducidos, cada uno de ellos, a dos puntos diminutos, las pupilas, manifiestan no se sabe bien a bien qué emoción —si asombro, incredulidad, o una apenas reprimida indignación. Es un testimonio gráfico único en la historia de nuestra poesía.

La mirada y el símbolo se unieron indisolublemente en las líneas de ese autorretrato de Efraín Huerta hecho para su libro de 1944, considerado por muchos lectores como la obra capital de su bibliografía: ahí están su visión, sus convicciones, de las cuales nunca renegó a lo largo de la vida; no siempre para bien —con ello me refiero a su intransigente, irreductible estalinismo: hay huellas numerosas de esa obstinación en su obra poética.

El conflictivo capítulo de su paso por el Partido Comunista Mexicano (PCM) pertenece ya a la historia de la izquierda de nuestro país. Huerta militó en el PCM desde los años treinta hasta principios de la década de los años cuarenta, cuando fue expulsado de sus filas en 1943, junto con otros militantes distinguidos, periodistas y escritores en su mayoría, miembro de una célula bautizada con el nombre del marxista peruano José Carlos Mariátegui. El artífice de esa expulsión colectiva se llamaba Dionisio Encina. Al paso de los años, Encina se convertiría en compadre del poeta Efraín Huerta. Este, por su parte, mantuvo solidarias relaciones amistosas —de fuerte contenido político, desde luego— con los comunistas de México. He aquí un ejemplo de esa solidaridad, entre muchos otros dignos de recordarse: el poeta contribuyó financieramente a la campaña presidencial de Valentín Campa, en 1976; el dinero de esa aportación monetaria provenía de uno de los premios literarios otorgados a Huerta en su madurez: el Nacional de Literatura, compartido por el poeta con el humanista Antonio Gómez Robledo.

La militancia política de Efraín Huerta tenía una clara estribación poética, por sus modelos, ejemplos para él de conducta y de actitud: poetas admirados por él, como el español Arturo Serrano-Plaja y el argentino Raúl González Tuñón, así como los poetas franceses Paul Éluard y Louis Aragon; estos habían hecho sus primeras armas en las filas del surrealismo, al lado de André Breton, después de haber combatido en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Para completar la lista, deben añadirse los nombres del mexicano Carlos Gutiérrez Cruz y del cubano Regino Pedroso. Todos ellos le marcaron a Huerta un camino claro y enérgico en la vida, en el pensamiento y en la postura artística.

Hablo aquí del compromiso político ligado estrecha e íntimamente a la vocación poética. Hay un tercer término en esas ecuaciones vitales y expresivas: la inclinación por la lírica de tema amoroso. Octavio Paz, compañero de generación de Huerta e íntimo amigo suyo (fue testigo de su primera boda), lo explicaba, en una nota a pie de página en su prólogo a la antología Poesía en movimiento (1966), de esta manera:

Los poetas de este grupo (Taller) intentaron reunir en una sola corriente poesía, erotismo y rebelión. Dijeron: la poesía entra en acción. Su tentativa fue distinta a la de los “estridentistas” que unos años antes se habían servido de la Revolución como de otro elemento (sonoro) más, en su estética de timbre eléctrico y martillazo. El grupo también se opuso a los secuaces del “realismo socialista”, que en esos días comenzaban su tarea de domesticación del espíritu creador.

La tercera persona del plural utilizada por Octavio Paz en este pasaje debería ser primera persona: “intentamos”, “dijimos”, “nuestra tentativa”.

El libro contiene veinte composiciones, si se excluye Línea del alba, pues en las ediciones posteriores de la obra de Huerta tomó su lugar cronológico en la historia editorial de su poesía. En la portada se lee lo siguiente: "Efraín Huerta // Los hombres del alba [el título está impreso en tinta roja] // Poesía // Con un prólogo de Rafael Solana // México – Géminis”. El último poema concluye en la página 193; después de una página en blanco, el colofón dice así: “Se acabó de imprimir este libro en los talleres ‘La Impresora’, de S. Turanzas del Valle, el 1º de diciembre [abreviado DICBRE] de 1944. México, D. F.”.

Cada título de poema está en página aparte; en términos generales, es un libro muy aireado desde el punto de vista tipográfico. En la edición de Poesía 1935-1968, en cambio, publicada por la editorial Joaquín Mortiz dentro de la Serie del Volador —con una edición complementaria y contemporánea en la colección Las Dos Orillas—, las 193 páginas de la edición de 1944 se redujeron a 61, con todo y el prólogo de Rafael Solana. En la Poesía completa de Huerta (primera edición, 1988; segunda edición, 1995), publicada por el Fondo de Cultura Económica en el año 2002 al cuidado de Martí Soler, dentro de la serie mayor de la colección Letras Mexicanas, Los hombres del alba ocupa exactamente 50 páginas, de la 79 a la 128, pero en este caso ya sin el prólogo original de Rafael Solana. Esa reducción se debe a este hecho: los poemas aparecen de corrido, sin las separaciones y los amplios espacios de la primera edición. De todas maneras, Los hombres del alba es un libro sólido, equilibrado, de dimensiones justas: sus veinte poemas trazan una trayectoria y una visión fuerte y articulada de los fenómenos, las emociones, la naturaleza y la tragedia humana; lo hace con instrumentos poéticos —prosódicos, compositivos— de una originalidad singular en el panorama de la poesía moderna escrita en español.


   
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David Huerta

Nació en la Ciudad de México el 8 de octubre de 1949. Poeta, ensayista y traductor. Estudió Filosofía, Letras Inglesas y Españolas en la FFyL de la UNAM. Ha sido redactor y editor de la Enciclopedia de...


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