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NUEVA ÉPOCA NÚM. 126 AGOSTO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La ciudad en su poeta


Vicente Quirarte
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 126| Agosto 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Quirarte, Vicente , "La ciudad en su poeta" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Agosto 2014, No. 126 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=780&art=16281&sec=Efra%C3%ADn%20Huerta > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El domingo 22 de junio de 2014, la Ciudad de México llevó a cabo un homenaje a Efraín Huerta, que dio carta de ciudadanía a la capital en la historia de la poesía. Conducido por los bisnietos del poeta, encabezaba la marcha un cocodrilo, producto del talento de los maestros del taller de alebrijes, con el rostro del poeta, el mechón juvenil y rebelde en una de sus jóvenes fotografías más célebres. Tambores, juventud, erotismo acompañaban el desfile por la Avenida Juárez consagrada por Huerta en uno de los más altos momentos de nuestra épica. El “laurel escarnecido por los pequeños y los grandes canallas” que la gloria coloca sobre la sienes en el hemiciclo al fundador de nuestra sociedad civil no lo fue en esa ocasión, gracias a que la Ciudad de México era protagonista en esa fiesta de la capital a su poeta.

Allí estaban las hijas de José Revueltas, hombro con hombro con los de Efraín; el gran Rafael López Castro, cuya lente registró en 1982 la bala depositada por una admiradora anónima sobre el féretro del poeta, reliquia viva de que la poesía es de alto calibre en manos del caído. Estaba Eduardo Vázquez, secretario de Cultura de la Ciudad de México. Simbólicamente estrechaba la mano de Alejandro Aura, que el año 2000 publicó, en edición numerada de Juan Pascoe, las dos declaraciones de Efraín Huerta a la Ciudad de México. Desfilaba José María Espinasa, director del Museo de la Ciudad de México. Poetas todos, subrayaban aquellos versos de Huerta: “Paso, campo, florida cancha a la Poesía / desnudamente, muchacha solar”.

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Efraín Huerta, Eduardo Lizalde y Octavio Paz, Palacio de Minería, 9 de octubre de 1977
© Xavier Quirarte

Además de la energía proporcionada por la juventud que mayoritariamente integraba la lúdica marcha, nuevos integrantes de la brigada Efraín Huerta, como testimonio tangible quedó el libro Permiso para el amor, con tiraje de 70 mil ejemplares, preparado por David Huerta y con un prólogo de Alejandro Gaspar. Virtud inmediata del libro es que no está integrado por los poemas más incendiarios y reconocibles de Efraín Huerta, sino por textos que lo confirman, si fuera necesario, como uno de nuestros más altos exponentes de la poesía amorosa. Homenaje al aprendiz de tipógrafo que fue Efraín Huerta y a la exigencia que mostró en las distancias y la distribución de las letras en la página, el libro es de una elegancia sencilla y por lo mismo eterna. Dos imágenes igualmente para siempre: la mujer del alba que duerme la siesta del alcohol en una banca de la Alameda, en apariencia indiferente al desfile en honor de quien alguna vez supo que ella es de la estirpe de los que tienen “en vez de corazón un perro enloquecido”; la niña que en otra banca descifra los versos amorosos del poeta.

 

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Era domingo aquel 9 de octubre de 1977. En el Palacio de Minería de la Ciudad de México, la primera división de la poesía mexicana se reunía para leer sus versos. Efraín Huerta se hallaba sentado entre Octavio Paz y Eduardo Lizalde, bajo el águila mexicana del Salón de Actos. El águila que preside el salón, enorme y dorada, cobijaba con sus alas los trabajos y los días de Rubén Bonifaz Nuño, Tomás Segovia, Isabel Fraire, Ulalume González de León.

Tras una operación de cáncer en la laringe, la voz física de Huerta estaba casi extinta, esa voz que nos estremece cuando el poeta da lectura al poema “Avenida Juárez” o “La muchacha ebria”, en el disco que Voz Viva de México de nuestra Universidad ha dejado para la posteridad; sin embargo, sus poemas zumbaban en el aire y nos llegaban al corazón gracias a la voz de Esteban Escárcega. Cuando le correspondió a Octavio Paz el turno de leer, alguien entre el público intentó iniciar un abucheo. Efraín fue el primero en incorporarse de su asiento y mirar hacia el sitio de donde partía la injuria. Su actitud era la del gallo de pelea guanajuatense —tenso el cuerpo, de fuego la mirada—, listo, como en las noches juveniles de la Plaza Garibaldi, cuando “la negra plata de los veinte años”, a jugarse la vida por el amigo.

Al final de la lectura, en el patio del palacio más fastuoso y sobrio que Tolsá legó a nuestra ciudad, Efraín se apartó pudorosamente, para no molestar a nadie con los rigores de su enfermedad. Con su valentía, llevaba a la práctica su “Responso por un poeta descuartizado” o sus “Sílabas por el maxilar de Franz Kafka”, metáforas del artista en pugna con el mundo y su dignidad para abandonarlo con todos los honores. Cuando murió en febrero de 1982, su amigo Octavio escribió unas palabras donde subraya la trascendencia que el poeta tuvo como poeta urbano: “A mi generación, que fue la de Efraín Huerta, le tocó vivir el crecimiento de nuestra ciudad hasta, en menos de cuarenta años, verla convertida en lo que ahora es: una realidad que desafía a la realidad… Con nosotros comienza, en México, la poesía de la ciudad moderna. En ese comienzo Efraín Huerta tuvo y tiene un sitio central”. Pero además de situarlo como poeta de la ciudad, Paz lo valora como poeta del amor: “La violencia de muchos de sus poemas, sus sarcasmos y su afición a las expresiones fuertes han oscurecido un aspecto de su obra juvenil: la delicadeza, la melancolía, la reserva, el gusto por las geometrías aéreas y las gamas perladas y grises”.

La misión del poeta es sobrevivir a la batalla. No sólo a aquella en la que, como en el caso de Efraín Huerta, la militancia política y la militancia con la palabra fueron una sola actividad indisoluble, sino a la batalla que implica enfrentarse con el lenguaje y tras ese combate encarnizado queden las metáforas esenciales, las eternas, esas que no sufren el paso del tiempo o, mejor todavía, que con él rejuvenecen. La poesía es palabra en el tiempo pero también contra el tiempo, más allá del tiempo.

 

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De manera general se dice que Los hombres del alba, publicado por primera vez en 1944 y ahora reeditado facsimilarmente por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, es el primer libro dedicado íntegramente a la ciudad. Su aparición coincide con un redescubrimiento de la urbe. Como criatura que se rebela contra su propio creador, la capital crece de una manera acelerada e invade todos los dominios. La década de los cuarenta fue testigo de una nueva actuación de la ciudad en la literatura, la plástica y el cine. Lo notable de Huerta es que a lo largo de su vida se haya mantenido fiel a cantar la ciudad. “Avenida Juárez”, escrito en 1956, es un poema político donde su autor nos invita a volver al símbolo original y profundo de los héroes. Su antiimperialismo no se vale del lamento estéril sino nace de la meditación en todo lo que del otro perdemos y lo que el otro pierde al ignorarnos en un doble sentido. El enemigo mayor se llama conformismo. En un momento dado, exclama; “No hay respeto ni para el aire que se respira”. Inscrita en el poema cuando aún no se hablaba del término ecología, la frase puede ser leída ahora como símbolo de un diferente tipo de destrucción: la que paulatinamente hacemos del planeta, como se encargó de subrayarlo, cada vez de manera más clara y contundente, la poesía de José Emilio Pacheco, uno de los lectores más lúcidos de la poesía huertiana.

Paul Éluard, poeta en más de un sentido hermano de Huerta, estaba consciente de que el amor y la poesía son términos tan próximos que colocar un nexo entre ambos puede romper o interrumpir la cópula. Por tanto, tituló uno de sus libros centrales L’amour, la poésie. Sin la intrusión de elementos de enlace, las palabras fluyen como los cuerpos de los amantes del río. Una definición de la vida en la obra de Efraín Huerta puede ser El amor, la ciudad, porque nadie como él supo convertir el espacio urbano en una posibilidad para la salvación personal y la solidaridad colectiva. En las más de cuatro décadas transcurridas entre la publicación de Los hombres del alba (1944) y la de Circuito interior (1977), su lenguaje y su visión del mundo cambian a medida que el espacio urbano sufre modificaciones. Presencia la evolución de sus calles; puebla amorosamente, desesperadamente, sus espacios; le urge estar en la primera fila de sus cambios; registrar los lenguajes y las mitologías mutables de una ciudad a la que quiso como se debe amar a una mujer: recorriéndola, explorando sus rincones más íntimos, develando sus dulzuras y horrores. Si Los hombres del alba es el libro de un poeta de la mejor estirpe de nuestro barroco subterráneo, donde resuenan el Pablo Neruda de las Residencias, el Vallejo telúrico y la vertiente más luminosamente oscura de la generación española del 27, en Circuito interior está el poeta más joven y fresco que escribía bajo el boom poético de los setenta. La paradoja de la capital era también la suya: con más años encima, la ciudad se hacía moderna. Al ángel de Durero, incapaz de crear no obstante verse rodeado de los instrumentos necesarios, Huerta opuso la mitología concreta del cocodrilo alado; un ángel carnal y jocoso que enamora a la ciudad con diferentes discursos, cada uno de ellos adecuado a la evolución de la ciudad. De las grandes elegías “La muchacha ebria” o “Declaración de odio” —el mejor poema de amor escrito sobre nuestra ciudad—, Huerta pasará a los chispazos múltiples de los poemínimos; a la antipureza de Los eróticos, donde nos enseña a sentir el peso íntegro de los nombres de calles, plazas y bares donde paseó su humanidad.

¿Quiénes son Los hombres del alba? En el poema que da título al libro, Huerta parece no dejar lugar a dudas cuando afirma que son “los profesionales del desprecio”. Sin embargo, su carácter marginal va más allá de una bohemia autoimpuesta o de un romanticismo transnochado. Y aunque el propio poeta afirma que los hombres del alba son los que “tienen en vez de corazón un perro enloquecido”, una definición contundente jamás es unívoca. Por el contrario, su trabajo consiste en abrir posibilidades infinitas a través de la metáfora que descubre. El hombre del alba es el ser de la inminencia y la frontera, el que está a punto de ser, el que será plenamente mañana; es el barrendero que en la fotografía de Nacho López es el primer habitante de la Avenida Juárez y logra que su figura se abra paso entre la niebla y la lente del fotógrafo. Es el suicida o el enamorado caído de la gracia cuya tortura insomne es aliviada con la nueva luz.


   
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Vicente Quirarte

Nació en la Ciudad de México el 19 de julio de 1954. Poeta, narrador y ensayista. Estudió la Maestría en Lengua y Literaturas Hispánicas y en Letras Mexicanas, y el Doctorado en Letras en la FFyL de la UNAM....


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