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NUEVA ÉPOCA NÚM. 126 AGOSTO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El Arca de Zoé


Carlos Martínez Assad
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 126| Agosto 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Martínez Assad, Carlos , "El Arca de Zoé" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Agosto 2014, No. 126 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=780&art=16290&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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En 2007, una ONG francesa, El Arca de Zoé, intentó sacar de Darfur, zona en una grave crisis humanitaria, a 103 niños sin familia para su adopción en países desarrollados. Acusados de tráfico de menores, los integrantes enfrentaron a la justicia en Chad y Francia, así como una dura reprobación mediática. Martínez Assad analiza las implicaciones sociales y morales de la historia.

Y dijo el Señor a Nó-a’h: “Entra tú y toda tu casa en el arca, porque te he visto a ti justo delante de Mí en esta generación”.
Génesis VII-1
Y dijo el Señor en Su corazón: “No volveré más a maldecir la tierra por causa del hombre; porque las inclinaciones del corazón del hombre son malas desde su mocedad; ni volveré a herir todo viviente, como acabo de hacerlo”.
Génesis VIII-21

En la castigada zona de Chad en la frontera con Sudán, en el centro de África, la ONG francesa llamada El Arca de Zoé —en obvio paralelismo con el relato bíblico de Noé— se propuso sacar de ahí a 103 niños sin familia en 2007 para darlos en adopción a familias en países occidentales. Apenas en 2013 se llegó a una conclusión en ese controvertido episodio de los muchos que tienen lugar en el conflictivo centro de África, evidencia de las divergencias de cultura y de valores entre los países así como de la culpa de los occidentales respecto a los países colonizados.

La zona vivía lo que se ha calificado como crisis humanitaria por las guerras que se libraban y los consecuentes desplazamientos de miles de personas. La sospecha de tráfico de menores alertó a los pobladores y a la opinión pública internacional. Las condiciones de los niños en los campamentos son invivibles; ellos son hijos de nadie y su supervivencia se da en las peores condiciones: sin alimentos, sin agua, sin medicinas, sin más atención que los escasos recursos que destina la ONU. En 2007 había 180 mil refugiados, de los cuales dos terceras partes eran mujeres y niños que habían cruzado la frontera desde la región sudanesa de Darfur hacia Chad oriental. La tasa de desnutrición aguda superaba los niveles de emergencia sin agua potable ni siquiera tiendas suficientes para todos. Y se afirmaba que 4,500 niños tenían vínculos con grupos armados.

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Niños en Darfur
© Sudan Envoy/Wikicommons

La violencia de género y sexual alertaba a los organismos internacionales y ni la ayuda de UNICEF era suficiente para atender a los casi 700,000 niños, menores de cinco años, que elevaron el número de desplazados, según la Organización de las Naciones Unidas, a 2.7 millones de personas. Además, se calculó que desde 2004 se contaban en más de 200,000 los muertos en el conflicto de una población de cerca de seis millones de habitantes en la región.

Pocas personas en el mundo ponen atención a esa drástica situación. Eso fue lo que aprovechó la organización para justificar su acción, sin que quedara claro si sus intenciones eran humanitarias y desinteresadas, o si se trataba de un negocio de amplios alcances. Para la rocambolesca acción de rescate de Arca de Zoé, como si se tratara de una película de aventuras —de ésas que comenzaron a estar de moda desde los años setenta del siglo pasado—, se dispuso de una nave 757 de la compañía Girjet con tripulación española para el rescate. Los niños fueron trasladados desde sus pueblos natales a un campamento organizado por franceses, base de la citada organización con tiendas de campaña de la ONU.

Aun cuando fueron transportados por el ejército francés al inicio de la operación, seis de sus miembros fueron arrestados por la policía en el aeródromo de Abéché el 25 de octubre de 2007 mientras intentaban embarcar a 108 niños hacia Francia. Mientras la ONG insistía en que los niños eran huérfanos procedentes de Darfur, la ONU consideró que los niños eran chadianos y tenían padres, tutores o familiares. El presidente de Chad, Idriss Déby, acusó a la organización de dedicarse a la “pedofilia” y al “tráfico de órganos”, aunque esto no logró comprobarse. Sin embargo, algo salió mal porque la acción se enfrentó a una ofensiva mediática que avalaba las acusaciones. “Negreros de los tiempos modernos” fueron llamados sus integrantes.

El considerado visionario Eric Breteau fue su fundador. Se supo de él cuando, conmovido por el desastre causado por el tsunami en las costas del sureste asiático en diciembre de 2004, abandonó sus actividades de agente comercial, bombero voluntario de Argenteuil, Francia, y presidente de la federación francesa de vehículos todoterreno, para realizar una labor humanitaria. Luego en enero de 2007 decidió volcar su energía a los huérfanos de la guerra de Darfur, con el objetivo utópico de evacuar a diez mil niños huérfanos de padre y madre o de familiares cercanos, para llevarlos a Europa, Estados Unidos y Canadá. Cuando se le cuestionó si era legal el procedimiento, respondió “las cuestiones administrativas no son prioritarias”, y en un primer paso llevaría a los niños a Francia como demandantes de asilo. Declaró al diario El País el primero de noviembre de ese año:“Cuando estén en lugar seguro, nos tomaremos el tiempo de discutir todo asunto jurídico”.

Kamal Ibais, portavoz del gubernamental Partido del Congreso Nacional, del gobierno de Chad, se expresó sobre los organizadores del operativo en términos muy duros: “Este acto criminal muestra cómo se ha deteriorado la mentalidad de los occidentales en lo referente a Darfur. Es el precio que los rebeldes deben pagar a los franceses. Es el precio por buscar protección extranjera”.

La policía francesa alertó a la de Chad. En la operación fueron detenidos nueve franceses, siete de ellos miembros de la organización, y dos periodistas, más los siete españoles de la tripulación. La pena por tráfico de menores ascendía en ese país a 20 años de trabajos forzados. No obstante, por tratarse de personas contratadas para un servicio, fueron exonerados; sucedió igualmente con las dos azafatas francesas y los otros miembros de la tripulación cuando el mismo presidente Nicolas Sarközy aprovechó su visita al país para llevarlos de regreso a Francia.

Es posible, sin embargo, que el gobierno francés conociera los planes de la ONG, porque sus miembros se entrevistaron en tres oportunidades con autoridades de Relaciones Exteriores, quienes les advirtieron que la acción que se proponían tenía todos los visos de ilegalidad. La opinión pública francesa reaccionó en contra de sus coterráneos, a quienes negó el crédito de una acción humanitaria. Las reacciones fueron tan fuertes que, al acudir Rama Yade, secretaria de los derechos humanos de Francia, a la Asamblea Nacional para hablar de la crisis, fue abucheada.

El gobernador de Darfur del Sur, Ali Mahmud Mohred, afirmó que allí no había guerra, solo miseria, por lo que se necesitaban las ong, pero criticaba que de las 54 que existían más de la mitad no eran de fiar porque tenían “un impacto negativo en la cultura islámica”. Ese sería el meollo del asunto: muchas eran cristianas. Aparecía de nuevo el sectarismo de la región.

Coincidió Ibrahim Ahmed Koulamallah, ministro de turismo de Chad, cuando un reportero de El País le preguntó el 31 de octubre de 2007: “¿Qué hay detrás de este caso?”. Él respondió: “La pobreza. Todo el mundo cree que África es pobre y todos se aprovechan, aunque vengan diciendo que llegan con asistencia humanitaria”. Y sobre el caso en cuestión, sostuvo que no se trataba sino de un rapto de menores; luego agregó: “Mi pueblo está realmente indignado. Los occidentales han sido los que supuestamente han venido a darnos clases de derecho, los que nos enseñaron los derechos humanos. Y ahora vienen a nuestro país a violar esos derechos humanos”.

Por su parte, ACNUR entrevistó a 21 niñas y 82 niños de los seleccionados para el primer traslado, y algunos de ellos hablaron de engaños de parte de la ONG. El proceso en contra de los franceses que se seguió en Chad fue largo y debieron enfrentar las demandas de familias francesas que habían pagado por la adopción de un niño, pero no lograron su traslado a Europa.

La utopía del proyecto se constataba con la información de que, en Pontault-Combault, a 25 kilómetros de París, viviría Abdel, un niño de seis años y de 1.30 metros de altura, según las informaciones del Arca de Zoé. La familia compuesta por el matrimonio de Jean y Claire, con tres hijos (Pauline de 17 años, Juliette de 13 y Louis de 9) habían decidido compartir su vida con uno de los niños de la guerra. La familia se confió; el único no convencido fue el novio de la mayor, Étienne Pouchelet, de 30 años: “Soy adoptado, nacido en Líbano y acogido desde muy pequeño por una familia francesa. No podía evitar pensar que este asunto era rocambolesco, incomprensible. Ese Breteau me parecía raro. El Arca de Zoé no estaba incluida, y ni siquiera aparecía citada en la página del Ministerio de Asuntos Exteriores” (El País del 8 de noviembre de 2007).

Cólera y nacionalismo se unieron en Chad en las reacciones contra los motivos de la ONG. Le secundó Sudán, donde el factor islámico apareció cuando Jartum alegó que se trataba de niños sudaneses. En verdad eran de Chad, aunque en la frontera que comparten se encuentran los campamentos, por lo cual se trata de un territorio permeable y sin límites claros.

Finalmente, los seis franceses del Arca de Zoé condenados en Chad llegaron a Francia el 28 de diciembre de 2007. Un juez decidió su suerte en términos penales de acuerdo con Chad. Deberían purgar ocho años de prisión o intercambiarlos por otra pena, pasado un tiempo prudente. Y deberían pagar 6.5 millones de euros por daños e intereses a las partes civiles. Quedó abierta en París una instrucción diferente por “estafa en el ejercicio ilegal de la profesión de intermediarios para la adopción”. La amiga de uno de los integrantes del grupo expresó: “Se marcharon para salvar vidas de niños y regresan condenados como criminales”.

El 12 de febrero de 2013, según la agencia EFE, se anunciaba desde París que Breteau y Lelouch —principales responsables de la ONG— habían sido finalmente sentenciados a dos años de cárcel por su intento de sacar a 102 niños de Chad. La corte impuso a su organización una multa de 100,000 euros. Los otros integrantes fueron sentenciados a penas de cárcel exenta de cumplimiento.

Los acusados habrían prometido a los interesados un hijo africano en adopción por entre 2,800 y 6,000 euros e insistieron en su objetivo: proteger a las víctimas infantiles y juveniles de Darfur. La condena de ocho años de trabajos forzados fue cambiada por una similar en Francia, porque allí no existía ese tipo de castigo. Y el presidente Déby los amnistió pese a las acusaciones, lo que dio lugar a una ambigüedad respecto de los fines de la agrupación.

Libres, los dos principales responsables se exiliaron en Sudáfrica, donde ahora se dedican a la hostelería. Apenas han logrado abonar 617,000 euros de los 6.2 millones que la justicia les impuso. ¿Se trató realmente de un intento de fraude? ¿Fue algo relacionado con el sentimiento de culpa de los países colonizadores? ¿La reacción se debió al sentimiento de inferioridad de los colonizados porque se les considera incapaces de resolver sus propios problemas? El hecho es que aun cuando se haya propuesto ayudar, Arca de Zoé presentaba todos los prejuicios occidentales respecto de la problemática de la región y la arrogancia de considerar que tendrían éxito no obstante a la oposición que surgió de inmediato.

Pese a todo, ¿eran personas decididas a hacer algo por esos niños castigados por la vida? ¿Podían cambiar su destino? O, como suponían sus críticos, ¿esos niños sólo habrían de sumarse al trabajo esclavo o a cualquier otra forma de explotación infantil? Es difícil encontrar la respuesta. Lo cierto es que la suerte de esos niños se desconoce. En un final feliz, se les podría imaginar creciendo en el calor de un hogar sin penuria con sus hermanos y padres adoptivos en un país desarrollado. Lo cierto es que en el final infeliz, si aún están vivos, difícilmente volverán a confiar en una ONG. Sobreviven con los suministros de la ONU, y su destino, nada promisorio, sigue ligado a esas pobres tierras yermas donde al Arca de Noé le sería imposible navegar, a menos que llegara otro diluvio para encontrar el lugar de su salvación.


   
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Carlos Martínez Assad

Nació en Amatitán, Jalisco, el 19 de octubre de 1946. Actualmente es investigador nacional III del Sistema Nacional de investigadores, adscrito al Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM. Es licenciado...


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