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NUEVA ÉPOCA NÚM. 126 AGOSTO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Modos, rutas y derivas del ensayo contemporáneo
De la tierra firme al mar sin orillas


Gustavo Guerrero
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 126| Agosto 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Guerrero, Gustavo , "Modos, rutas y derivas del ensayo contemporáneo. De la tierra firme al mar sin orillas" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Agosto 2014, No. 126 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=780&art=16292&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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A partir de un ensayo clásico de Mariano Picón-Salas de 1954, el investigador de la Université de Cergy Pontoise y de Cornell University establece una documentada búsqueda en torno a la evolución del ensayo latinoamericano en el último medio siglo, un devenir en el que se ha desbordado a los terrenos de la ficción y la crónica y se ha vinculado con los estudios culturales y la sociología.

Para Liliana Weinberg

I

Como muchos de ustedes saben, “Y va de ensayo” es el título que Mariano Picón-Salas le puso a la conferencia que, en el marco de un ciclo sobre los géneros literarios, dictó en la Universidad Santa María de Caracas en 1954. No fue la primera ni la última vez en que trató de ofrecernos una reflexión sobre los rasgos o atributos de este tipo de escritura con el cual ya para entonces, y después de la publicación de De la Conquista a la Independencia (1944), solía identificársele no sólo en Venezuela sino en otros países de América Latina. Sin embargo, aquella conferencia sí fue, o sí es, el texto de nuestro humanista donde la inquisición sobre la naturaleza del ensayo adquiere un perfil más juguetón y performativo, y se traduce explícitamente en un ensayar, o en un hacer un ensayo, que realiza y ejemplifica las propiedades del género, tal y como se le entendía en aquel momento dentro del campo literario latinoamericano.

En efecto, “Y va de ensayo” se deja leer como una suerte de espectáculo literario donde lo que se muestra —lo que se pone en escena— resulta a veces tan o más importante que lo que se dice, dado que la ejecución misma del texto constituye un discurso alternativo y silencioso que viene a ilustrar, completar o extender el análisis del autor sobre las características de esta clase de escritura.

Así, Picón-Salas describe el ensayo, junto a la poesía y la novela, como uno de los tres modelos mayores que suele adoptar la expresión literaria y, a todo lo largo de estas páginas, nos hace sentir la singularidad de su prosa y la libertad con que va armando su texto no sólo a través de los matices estilísticos con los que juega entre registros distintos del idioma, sino, además, a través de la invención de una estructura que haga inteligible el despliegue aparentemente aleatorio, digresivo y natural de la argumentación. Como en un diálogo de la literatura consigo misma, el discurso sobre el lenguaje y la forma produce, de esta suerte, una forma y un lenguaje que alimentan y sostienen la reflexión misma. Lo que se pone de relieve en un primer plano son, para decirlo con las categorías de Gérard Genette, las propiedades que realzan la condicionalidad literaria del texto que estamos leyendo y, en especial, el carácter abierto de la composición, así como también ese atributo que Picón-Salas define en el último párrafo como la creación de una lengua “tan personal y propia, que ella se bautice a sí misma”.

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Mariano Picón-Salas
© Archivo UNAM

En otro momento de la conferencia, reincidiendo en un tema del joven Lukács, señala también que el ensayo tiende un extraño puente entre los conceptos y las imágenes, buscando reconciliar filosofía y poesía; pero quizá su prosa nos lo dice mejor sin decirlo, multiplicando las marcas de la subjetividad que unen la enunciación y lo enunciado, y plasmando los caprichosos giros de un pensamiento que dibuja alrededor de la definición del género un rosario no de repuestas sino de hipótesis e interrogantes, que conducen a otras hipótesis e interrogantes en un proceso que, adivinamos, podría ser interminable.

Entre el yo y el mundo, inquiriendo e ignorando, como enseñó Montaigne, las palabras urden así ante los ojos del lector la trama de una pregunta y una especulación que resumen el intento por construir literariamente una verdad. Ortega y Gasset decía en Meditaciones del Quijote (1914) que el ensayo era la ciencia menos la prueba explícita; Mallarmé arriesgaba que pensar era escribir sin instrumentos. Picón-Salas ilustra el hecho de que la escritura ensayística puede ser una manera de pensar específica y que sólo existe, en tanto y en cuanto ejercicio indagatorio de la prosa de ideas, en el acto material de su ejecución. Muchos años después, Beatriz Sarlo lo dice en ese otro ensayo sobre el ensayo que se intitula “Del otro lado del horizonte” y donde no sólo sostiene que “Facundo no existe fuera de la escritura”, sino que añade asimismo que “el ensayo se piensa mientras se escribe o, por lo menos, deja la impresión de asistir siempre a la puesta en escena de un pensamiento en el momento en que ese pensamiento se está haciendo”.

A despecho de la distancia que los separa, Picón-Salas comparte también con la argentina un concepto del ensayo que ve en la oposición al método filosófico y a la forma del tratado uno de los rasgos característicos del género. De ahí que el ensayista, según él, “no pretende como el filósofo ofrecer un sistema del mundo intemporalmente válido, sino proceder de la situación o el conflicto inmediato”. Esta inmediatez, que alude a una circunstancia histórica concreta y que sitúa a la escritura en un lugar de enunciación preciso, marca una diferencia de fondo con el quehacer filosófico y, simultáneamente, permite que el ensayo arraigue en el suelo americano y se erija, como es sabido, en uno de nuestros primeros géneros modernos.

Ciertamente, está lejos de ser un secreto que la temprana adopción del ensayo en América Latina y su rica fortuna reflejan en muy buena medida una atención preferente por nuestra particular condición, así como también la continuidad en el tiempo de una actitud crítica y una estrategia de resistencia ante los grandes sistemas de pensamiento europeo que se configuran sucesivamente en torno a la escolástica, el positivismo y el marxismo. Al igual que Alfonso Reyes o Pedro Henríquez Ureña, Picón-Salas no podía concebir su idea del ensayo fuera de estas coordenadas: hacia 1954, cuando redacta su conferencia, ensayar, o hacer un ensayo, suponía, para él, tratar de pensar moderna y críticamente de otra manera sobre y desde el contexto latinoamericano. Miguel Gomes lo ha subrayado acertadamente al decirnos que “los ensayistas del continente se han interrogado sobre qué es la modernidad, y porque suele acarrear imágenes del mundo eurocéntricas, sobre cuáles son las consecuencias de un ajuste de cuentas con ella”.

Como otros intelectuales latinoamericanos de una generación a la que le toca vivir las dos guerras mundiales, Picón-Salas ve en la crisis de la civilización europea la necesidad de pensar nuestra diferencia, pero, al mismo tiempo, y fiel a la enseñanza de José Enrique Rodó, concibe dicho proyecto bajo la égida de la literatura y los valores estéticos, a la sombra de la tradición humanista alemana de la Historia del Espíritu y la Historia de la Cultura. Así se traba una contradicción y un conflicto entre la naturaleza peculiar o singular de los fenómenos contextuales que, en principio, interesan al género ensayístico y la inscripción del mismo en un proyecto epistemológico de corte universalista y a menudo abiertamente vinculado a la reivindicación de las fuentes culturales ibéricas. La crítica poscolonial o decolonial ya ha sabido mostrarnos las distintas facetas de esta problemática de la que no escapan ni la teoría ni la práctica de Picón-Salas. Sin embargo, no voy a detenerme por de pronto en ellas, pues me parece más importante ahora lo que esta doble inscripción del ensayo en el campo literario y dentro de un proyecto epistemológico determinado supone en la aclimatación latinoamericana del género. Y es que, a diferencia de lo que ocurre en Europa, el ensayo marca entre nosotros una frontera impar de la literatura en los límites de la filosofía, la historia, la antropología, la sociología y la crítica literaria; digamos que describe unos confines únicos y bien particulares donde la diferencia americana trata de abrirse paso forcejeando con el paradigma moderno europeo, o ajustando cuentas con él, como dice Gomes. Allí, en ese espacio medianero, la producción de una cierta imagen de América Latina se hace indisociable de las tensiones entre la subjetividad literaria y la racionalidad de las ciencias sociales y humanas, algo que sólo el ensayo parece capaz de compendiar y plasmar en toda su intensidad. Alberto Giordano ha escrito que “por el ensayo el saber se somete a la prueba de la literatura”. Creo que se podría reformular su frase contextualizándola y decir que “por el ensayo el saber sobre y desde América Latina se somete continuamente a la prueba de la literatura”. No en vano, desde Rodó hasta Carlos Monsiváis o hasta Néstor García Canclini, pareciera que algo en el latinoamericanismo siempre aspira a la condición de la escritura literaria aunque se nutra de los conceptos y métodos científicos más rigurosos.


   
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Gustavo Guerrero

Nació en Caracas, Venezuela, en 1957. Ensayista, profesor y editor. Es profesor de literatura hispanoamericana contemporánea en la Universidad de Cergy-Pontoise, en Francia y consejero literario de la Casa...


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