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NUEVA ÉPOCA NÚM. 126 AGOSTO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La señora Rumorosa


Beatriz Espejo
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 126| Agosto 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Espejo, Beatriz , "La señora Rumorosa" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Agosto 2014, No. 126 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=780&art=16294&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Una mujer de edad avanzada y vida solitaria recibe una llamada de un viejo conocido a quien, entusiasmada, invita a desayunar al día siguiente. Sin embargo, el encuentro no se da por circunstancias que al principio parecen desafortunadas y al final se revelan humillantes. A partir de esta decepción, la protagonista de este singular relato de la notable cuentista Beatriz Espejo tiene aún un plan en mente.

Te aseguro que he deseado
que esta nuestra noche
No tenga alba…

SAFO

Desde hacía varios años la señora Rumorosa ocupaba el departamento más pequeño del edificio donde vivía (dos habitaciones y una cocina pequeña). Había sido una muchacha delgada y pálida y el apellido le iba bien porque de alguna manera recordaba las hojas de los álamos que al menor soplo de aire se voltean y dan una cara blanca produciendo un leve rumor parecido a la voz que ella tenía. Hacía cinco años que había enviudado. Su marido, con el que vivió cuarenta años, no podía decirse que la amara grandemente. Jamás tuvo consideraciones con esta mujer menuda a la que llenaba de obligaciones hasta extenuarla, porque si algún grave defecto podía atribuírsele era que se agruparía entre los comodinos a los que no les preocupa mortificar a otros con tal de no molestarse a sí mismos. Incluso se negaba a prender la televisión y jamás supo cómo operaba la videocasetera, en la que casi todos los sábados por la tarde veían películas. Ambas cosas le parecían esfuerzos que jamás emprendería. Alguna vez asentó categórico que era más hábil para ser protegido que para proteger. Y al sentirse enfermo decidió reconstruir la tumba de sus padres en Morelia y ser enterrado en ella sin mostrarle a su esposa el menor afecto a pesar del tiempo que ambos habían pasado juntos en este mundo. Aunque la señora Rumorosa acostumbraba llevarle las pantuflas apenas lo oía meter la llave en la cerradura de la puerta y soportaba con paciencia sus quejas porque estaba muy cansado al atender a clientes en la agencia de coches usados donde trabajaba o porque ese día no había llegado ninguno y se había agotado leyendo el periódico de cabo a rabo. También eran frecuentes los reproches sobre la comida a la que siempre le faltaba algo, gracia, sal, sazón, azúcar si se trataba de dulces. De manera que la señora Rumorosa sospechaba que si no se había divorciado era para evitarse trámites correspondientes y visitas a los abogados y al juzgado. Aunque el asunto nunca se comentó y prefirieron seguir la rutina impuesta día tras día; pero en el fondo a ella eso le causaba una enorme tristeza que sobrellevaba sin alardes. Se conformaba ocupándose al limpiar su departamento donde nadie habría encontrado una brizna de polvo ni aun detrás de los cuadros. Tallaba hasta dejar relucientes las pocas piezas de plata heredadas de sus padres, el juego de té con su cafetera, el marco de los retratos y alguna frutera de tamaño regular. Ese escrúpulo por la limpieza se notaba en su persona siempre olorosa a jabón y a un tenue aroma de violetas que representaba uno de sus pocos lujos.

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Avenida Ámsterdam, colonia Condesa
© ProtoplasmaKid/Wikicommons

Salía de casa rara vez y sus paseos consistían en dar la vuelta alrededor de los parques cercanos o las calles adyacentes y sentarse en las bancas para ver patinar niños que allí andaban con las mejillas coloradas, gracias al ejercicio, y el cabello revuelto o sudoroso. De vez en cuando iba a la librería El Péndulo para comprar un libro que le interesaba o asistía a la Sala Xavier Villaurrutia si había ciclos de conferencias a pesar de que no fueran especialmente interesantes.

Su hija vivía en el extranjero, en un remoto pueblo de Alaska. Ella sólo lo conocía gracias a las tarjetas postales que eventualmente le llegaban, pueblo pequeño que le proporcionaba a su yerno un puesto bancario de poca importancia y aceptable comodidad. Eso le permitía mandarle a la suegra modestas cantidades puesto que no lo consideraba su obligación sino una especie de caridad que su mujer le agradecía. Además la señora Rumorosa recibía chequecitos moderados en Navidad o el día de su cumpleaños junto con recados afectuosos.

Así, nadie pensaría que gozaba de una posición desahogada aunque en el edificio que ocupaba hubiera elevador y portero para no dejar entrar a los intrusos, lo cual daba falsas expectativas para cualquiera que no conociera a fondo la situación económica de esta mujer callada y triste que se marchitaba día con día. Nada importaba demasiado. La señora Rumorosa había sido siempre poco amiguera. Sus visitas eran escasas y casi nunca la requerían. Jamás aportó a las reuniones ningún brillo especial o una conversación sobresaliente y la mayoría de sus contemporáneos o murieron o se desperdigaron hacia diversos rumbos sin dejar direcciones, ni molestarse en dejarlas.

Una tarde a eso de las tres o cuatro, sonó el teléfono sorpresivamente. La señora Rumorosa casi se sobresaltó. Hacía semanas que nadie la llamaba y al otro lado de la línea escuchó una voz con acento norteño que dijo.

—¿Te acuerdas de mí? Hace tiempo no hablábamos.

Parecía un sujeto de Monterrey del que tenía pocas noticias desde hacía meses.

—¿Quién eres? —respondió.

—¡Qué pronto me has olvidado! ¿De verdad no te acuerdas?

Ella juzgó descortés decir que no. Y hurgando en sus recuerdos y entre sus conocidos se le ocurrió decir.

—¡Claro! Rogelio Reyes… ¿Cómo estás?

—Muy bien. Mañana voy a la Ciudad de México para arreglar asuntos y sería interesante desayunar contigo para rememorar viejos tiempos…

—Encantada… —repuso la señora Rumorosa—, ¿te gusta algo en especial?

—Lo que tú quieras será perfecto. Aún recuerdo tus dotes culinarias. Salgo de aquí a las cinco apenas amanezca y estaré en tu casa a eso de las nueve o diez. ¿Te parece o es muy tarde?

—No. Te espero a la hora que puedas. Ten mucho cuidado en la carretera no vaya a pasarte algo por correr demasiado…

—Bueno. Entonces allí me tienes sin falta y te agradezco mucho que no te haya molestado el que me invite yo mismo. Hasta pronto, pues.

La señora Rumorosa ni siquiera dudó un instante y pensó en un menú variado. El desayuno nunca presentaba grandes complicaciones; pero fue al mercado de Medellín para comprar cosas frescas. Chicharrón que prepararía en salsa verde, huevos con longaniza, moronga con yerbabuena, crepas rellenas de flor de calabaza, frijoles con epazote y café de la olla endulzado con piloncillo; además compraría en una panadería cercana diversos panes y hasta un pastelillo de elote que allí hacían bien. Pensó que su invitado no podría quejarse con una buena porción de frutas y jugos de naranja, zanahoria y mango, según su gusto y elección. Lo tuvo todo dispuesto desde las ocho y adornó la mesa con flores y la vajilla, incompleta ya, pero suficiente para dos personas.

Cuando se bañaba volvió a sonar el teléfono. Otra vez escuchó la misma voz algo meliflua y excesivamente cariñosa.

—Mira —dijo—, hoy me levanté con el pie izquierdo. Imagínate que cuando manejaba para allá choqué con otro coche. Nada de mucha importancia, un rayón; pero iban varios tripulantes; entre ellos unos niños que lloran sin parar. Los papás llamaron a la policía de caminos y no me sueltan. ¿Podrías hablar con el agente para decirle que soy un hombre honrado y que sólo me disponía a llegar temprano para desayunar contigo?

—Por supuesto, encantada. Ya tengo todo listo y estoy esperándote.

—Bueno, entonces te lo paso y le explicas.

Otra voz distinta le informó que todo se debía al exceso de velocidad y que los agredidos se conformaban con dos mil pesos.

—Le paso a usted al agresor —remató para terminar.

—Otra vez me apena molestarte; pero no traigo esa cantidad. ¿Podrías prestármela?

—¿Dos mil pesos? Es todo lo que me queda para terminar el mes…

—Bueno, deposítame al menos mil quinientos y veo cómo me arreglo con lo que traigo en la bolsa. ¿Hay un Oxxo cerca de tu casa? Pónmelos allí a la cuenta que te daré enseguida, lo cobro y llegando los sacamos de mi cajero automático y te los pago inmediatamente ¿De acuerdo? Mi teléfono celular es el 045 81 28 83 34 12. Por favor notifícame el depósito para que me dejen en paz y nos veamos pronto, más o menos a la hora señalada. ¿De acuerdo?

La señora Rumorosa se vistió rápidamente. Atravesó al Oxxo que estaba enfrente y llamó para avisar que ya tenía a su disposición el dinero. Pasó hasta las doce y una de la tarde y el sujeto nunca llegó. A la señora Rumorosa no le quedó más remedio que darse cuenta de que había sido víctima de un robo, un engaño muy bien hecho efectuado por un maleante y su cómplice y desayunó sola, como siempre, sus chicharrones en salsa verde. A su tristeza habitual se añadió una especie de desolación difícil de explicar. Se asomó por la ventana. Los niños que patinaban en el camellón ya no le parecieron tan agradables ni vivaces y pasó los siguientes días con una especie de cangrejo que por dentro carcomía sus entrañas. Trató de retomar su rutina habitual. Inútilmente. Había recibido una señal. Se vio desnuda ante los espejos del baño. Le reflejaron el cuerpo de una anciana delgada y débil. Sin pensarlo mucho decidió. Puso sobre la mesa cerca del sofá el cuchillo más afilado que tenía apuntando hacia ella, marcó con lentitud y sin equivocarse los números del celular que le dieron: 045 81 28 83 34 12. Esperó a que sonaran tres veces y a la cuarta le respondió la misma voz melifluamente norteña.

—¿Eres Rogelio, verdad? Me quedé esperándote el día que hablaste; pero tengo muchas ganas de verte. Hay en mi casa algunas piezas de plata y un collar de perlas auténticas de varios hilos que perteneció a la emperatriz Carlota. Fue regalo de una tía abuela; iba a dárselo a mi hija; pero insistió en que lo guardara para mis gastos funerarios. Además, tengo el cuello endeble y en ningún lugar al que asisto puedo usarlo, mi anillo de compromiso quizá te sería también de alguna utilidad. Te pediré a cambio únicamente un pequeño favor. ¿Por qué no vienes a buscarlos, si quieres acompañado por el agente de caminos? Estaré esperándolos hoy a las siete de la noche y tendré mucho gusto en ofrecerles las cosas como un regalo que merecen más de lo que suponen. Fuiste muy liberador. No habrá nadie más. El portero sale los viernes y les bastará tocar el timbre, de cualquier manera dejaré la puerta entreabierta. Mi dirección es Ámsterdam 614, departamento 2, en el primer piso a la izquierda. Entrarán sin mayores complicaciones y sin que nadie los vea…

Luego la señora Rumorosa apagó casi todas las luces, se sentó cerca de una lamparita con pantalla rosada, apenas iluminaba el cuarto, dispuesta para recibir a visitantes que ahora no faltarían.


   
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Beatriz Espejo

Nació en Veracruz, Veracruz, el 19 de septiembre de 1939. Ensayista y narradora. Estudió el doctorado en Letras Españolas en la FFyL de la UNAM. Ha sido profesora en la Escuela Nacional de Maestros, la UIA y...


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