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NUEVA ÉPOCA NÚM. 126 AGOSTO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 126| Agosto 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Molina, Mauricio , "Medusa" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Agosto 2014, No. 126 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=780&art=16295&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Her flesh was meek as milk.
Dylan Thomas

 

Uno de los más relevantes escritores de literatura fantástica en nuestro país entrega un relato alucinante escenificado en París y que involucra a tres personas, una de las cuales será la víctima de un ritual inusitado de trasgresión y lujuria. El autor de La trama secreta crea una atmósfera inquietante para sugerir cómo la energía sexual se vincula íntimamente con el sacrificio.

París. Invierno. Boulevard Saint Germain. En el Deux Magots, con sus grandes y gruesos ventanales que protegen a los comensales del frío. Después de pasarme un buen rato en La Hune admiro mis nuevas adquisiciones: los dos tomos de las Obras completas de Julien Gracq, La prisonnière, Le temps retrouvé; varios libros de Beckett con las prosas breves y concentradas, algunos libros de Camus, un Sainte-Beuve, todo lo encontrable de Sadeq Hedayat: La chuette aveugle, El enterrado vivo, la traducción del Rubaiyat y un cuaderno forrado en piel en el que escribo con tinta sepia. En la pantalla la gente pasa de prisa, frenética, como si algo tuviera sentido. Llueve. Tres grados, sensación de uno bajo cero. No hay rostros, sólo paraguas y cabelleras, botas y zapatos. Ropas en movimiento. Encuentro mi cara en el reflejo: un hombre de tez morena y nariz prominente que cuelga entre las gafas. Alcanzo a ver mis ojos rodeados de ojeras profundas, el resultado de algún remoto e intrincado mestizaje.

La lluvia gélida se detiene y comienza el relato. Una mujer mayor —debe de ser de mi edad— y una adolescente. No pasará de los catorce, aunque hay algo indefinible en ella. La vieja, con un abrigo que debe de haber visto sus mejores días hace años. La muchacha con un tatuaje: una serpiente punteada en el dorso de la mano. Observa con curiosidad el interior del lugar, como buscando. Me atisba frente a mis libros, pero sus ojos, de un azul intenso, pasan de largo. Es rubia, de una blancura exasperante, la misma que, exagero, vieron Melville, Poe o Mallarmé. De pronto voltea a verme y desvío el rostro hacia la vieja con algo lejanamente parecido al nerviosismo. En sus ojos hay costras. Pienso en La lechuza ciega. Me detengo a mirarla: fea, demacrada, cenicienta por los estragos de alguna enfermedad hepática. Un ser rugoso que ha atravesado la lluvia y el tiempo acompañado de una muñeca de porcelana. ¿Es la nana, la sirvienta? La ha cuidado toda la vida, de origen incierto, y su coloración contrasta con la piel lechosa de la chica, quien la trata con deferencia y respeto. Vuelve a clavarme las dagas azules de sus ojos y pienso en las posibilidades de la escena y su relato: la vieja me considera un cliente potencial y la mirada poderosa de la chica parece comprobarlo, sobre todo cuando se distrae y me deja que recorra con los ojos su cuerpo joven, sus pantorrillas de figurín de bibelot.

Veo desde los ventanales del café una escena que apenas comienzo a comprender. Las hipótesis pueden desviarse en múltiples direcciones. Decido escoger la que he predicho: una mujer mayor exhibe a una menor como si fuera una mercancía en una inversión mercantil: yo estoy en el escaparate.

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Boulevard St Germain, Les Deux Magots, Paris noir et blanc
© regis frasseto/Flickr

Esta posibilidad es la más plausible. La señora ofrece a la muchacha de un modo discreto, pero evidentemente dirigido a mí. Sólo a mí. Ha visto los libros de pasta dura, observa la ropa que llevo puesta, la pluma con la que escribo estas palabras, el cuaderno, el foie gras, las hogazas de pan que acaban de llegar, y acaso repare en la botella de vino que he pedido. De repente desaparecen azuzadas por el mesero.

Cuando termino de comer reaparecen frente a mí. Esta vez cerca de la ventana y me miran con atención. Sonríen. El contacto, aunque tímido, es evidente. Vuelve a llover. Con un gesto las llamo al interior ante la mirada desaprobatoria del mesero que las había espantado hace un rato.

Lo que sigue es una mezcla de prostitución y —decido creer— de caridad. Ordeno champaña y comida para mis invitadas, unas ostras para la vieja, chocolate caliente y una créme brulée para la niña. Cuando ya estoy envuelto en la burbuja de la ebriedad, aparece de la nada el tema de la tarifa, la cuenta del restaurante, luego meter mis libros en el bolso de cuero, buscar el hotel más útil a un par de estaciones del Metro, caminar ya de noche por las calles heladas, encontrar la habitación desnuda, los ojos casi infantiles que recuerdan los de una araña, la piel tan mullida que podría tomarse a cucharadas, la sodomía: todo como un mecanismo tan preciso que podemos ahorrarnos su descripción porque el tema es otro.

El problema viene al despertar. La muchacha, desnuda, duerme junto a mí. Afuera ha vuelto a llover pero los cristales del hotel se han cubierto de un vapor espeso. La chica tiene el cuerpo cubierto de algunos moretones. Recuerdo los golpes, el llanto, las humillaciones. Ahí están mis ropas, mi gabardina inglesa, el bolso de cuero con mis libros y mi cuaderno, los zapatos italianos cubiertos de lodo. Camino hacia el baño, tambaleándome, con el cuerpo adolorido, como todas las mañanas. Huele mal la habitación, es un olor fuerte y desagradable. Estos hoteles ya no son los de antes.

El rostro oscuro, la nariz grande, la mirada verdosa desbordada por las ojeras. En un francés tipludo, vulgar, la muchacha me grita:

—Todo esto debe de valer algún dinero.

La falda sobre el respaldo de una silla me va bien, el suéter me queda grande, habrá que arreglarlo. La gabardina bien vale algún dinero.

Miro al tipo muerto a un lado de la cama, ridículamente desnudo, con su falo ridículo, en una pose ridícula, con los ojos abiertos, desmesurados hasta el ridículo. Es un ser lamentable, nefasto, repugnante, tanto que procedo a orinarlo con placer. Los últimos restos del champagne. El aroma dulzón se mezcla con la pestilencia de la habitación. Esperamos sentadas en la cama, la niña y yo, mientras el cuerpo se disuelve hasta dejar una mancha repugnante en la alfombra. Tardarán mucho tiempo en quitarla, pienso con burla.

Es hora de irnos, el reloj, de ser auténtico, puede valer algo, lo mismo los zapatos. Al revisar el bolso aparecen los documentos, el pasaporte, la cartera con algunos billetes y la cuenta de una librería. Quién se gasta casi mil euros en estas tonterías. No la mejor de las noches, pienso, pero buena.

Salimos a la calle, una mujer horrible de nariz prolongada con los ojos verdosos se refleja en los cristales del hotel. La muchacha me mira desde el otro lado del espejo con sus ojos azules, casi transparentes. Medusantes.

 

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Este relato forma parte del libro La puerta final, de próxima publicación en el sello Cuadrivio Ediciones.


   
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Mauricio Molina

Nació en la Ciudad de México el 11 de abril de 1959. Narrador y ensayista. Realizó estudios de Lengua y Literatura Hispánica en la FFyL de la UNAM. Ha sido profesor de cursos y talleres en la UIA y la...


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