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NUEVA ÉPOCA NÚM. 126 AGOSTO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Susana Glantz
La curiosidad de la niña


Aline Pettersson
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 126| Agosto 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Pettersson, Aline , "Susana Glantz. La curiosidad de la niña" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Agosto 2014, No. 126 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=780&art=16299&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Me alegra mucho compartir la tarde de hoy con ustedes y con el Mar Mediterráneo que convida a navegar, no como Ulises ni a esperar atados al telar como Penélope. El libro de Susana Glantz invita a navegar por este relato de aprendizaje, de rescate de ciertos giros del lenguaje y de esa otra manera de vivir distante de la bárbara rapidez de hoy. La charla o su recuerdo tenaz surcan las hojas de la novela. Mar Mediterráneo lleva por fuerza a evocar Las batallas en el desierto, paradigmática novela de iniciación: un niño allá, aquí una niña, y a lamentar profundamente la tristísima pérdida de José Emilio Pacheco.

La niña, personaje fascinante del libro de Susana, es curiosa, rebelde e inocentemente iconoclasta, lo que le permite sumar al origen judeorruso de su familia, con todo y su lengua y tradiciones, el mundo vibrante del barrio popular donde reside y que, de pronto, se ilumina con las ondas musicales que vuelan por los aires y que abrirán esta historia del ir y venir del tiempo.

Y así, Susana Glantz va a ir relatando, en una muy afortunada combinación de tonalidades, los recuerdos de la narradora del libro sobre un encuentro ocurrido en su niñez, que, además, acercan al lector a esas otras maneras de antes dentro de un mosaico social recio y variado. El lenguaje, que recorre las páginas, no como el tronco lamentablemente desaparecido del Árbol de la Noche Triste que se alzaba por ahí cerca, sino como el tallo de un bambú que se inclina sin quebrarse, se aproxima a las palabras de aquella lejana niña con los modismos de la época, como cuando se refiere a dos adultos vecinos y además consejeros suyos, “Zoilo y el Uchepo, mis cuatachones del alma”. O se aleja para retomar la expresión de la mujer que evoca hoy. Y claro que quien lee obedece gustoso las reglas del juego entre las “escondidillas” y las “estatuas de marfil” (digo yo) y otras actividades infantiles bastante más rudas, como vender y revender a la señora de la tienda un racimo de ratas muertas atadas por las colas, promesa quizás o anhelo de la comerciante de ver abatida la plaga de roedores.

Me parece que la trama de Mar Mediterráneo destaca de manera singular los sentidos de la vista y el oído. Es la música del hermoso clavecín dorado lo que llevó a la niña a hacerse amiga de esta dama, pero serán luego las palabras enigmáticas de Lottie las que van a embrujarla, a exasperarla, a intrigarla. Y será la soledad de la extranjera, que percibe la niña, lo que la insta a proseguir con sus visitas y a la clavecinista a seguir contándole sus peripecias. Pero será también la observación de los diversos objetos de la casa de Lottie la que despertará su curiosidad o su admiración o su asombro. “Sentada en el banquito, al lado de la mesa del centro, casi no abrí la boca por hallarme embobada admirando el despliegue...”. Los ojos de la pequeña irán recorriendo morosamente todo lo que esa casa le ofrece. Y es mucho lo que le ofrece en este refinado abarrotamiento de muebles, de adornos, de muñecas de cabeza de porcelana, de ropa muy lujosa y muy pasada de moda, del misterio de las fotografías.

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La novela es una historia constante de mestizaje, por ejemplo, entre Resurrección de Tolstoi y El Llanero Solitario, entre hábitos alimenticios muy diferentes, entre las actividades mismas de los del barrio. Y tiene tres escenarios: el principal es la casa de la extranjera, otro es Popotla en el pueblo de Tacuba, palpitante con la vitalidad de sus vecinos, y el tercero la casa y familia de la niña, las referencias a las costumbres de los Blum, como, en mi opinión, el poco apetitoso gogl-mogl, leche tibia donde se hirvieron unos dientes de ajo, endulzada después con miel, que preparaba la madre para la tos, pero también los chiles rellenos de picadillo que aprendió la misma madre a cocinar y paladear.

En pocas páginas, el libro de Susana Glantz hace con el lector lo que tal vez la niña de su historia haya hecho alguna vez: abrir las páginas de esos libros de cartón que así adquirían volumen. Con ojos fisgones mira el mundo que la rodea y que se despliega, disfruta de sus hallazgos y, en las palabras en vaivén constante de la mujer que recuerda ese tiempo, se describen una ciudad y unas costumbres que ya no existen.

Mar Mediterráneo ofrece un panorama que se prodiga cada vez más y, por medio de la charla de la niña con su nueva amiga, desbalanceada por la diferencia tan notable de edades, se perfilan las posibilidades y las trampas de los amores o del amor, acaso esa niña empiece a imaginar el suyo aún oculto en su futuro. Curiosamente, ella equipara a Lottie, en uno de los trances románticos que esta le comparte, con Rhett Butler, más que con Scarlett O’Hara de Lo que el viento se llevó, película clave por aquellos años. Las palabras que escucha la llevan, asimismo, a enterarse de otras maneras de vivir en Europa o en Sudamérica. O de otras aspiraciones.

En la charla con su familia, a partir de dichos y opiniones infantiles, o desde la voz adulta de hoy, se pondera la herencia de hábitos y matices que distinguen a sus padres con su carga cultural traída a cuestas desde Rusia; del rango y posición de la niña entre sus hermanas; de las actividades parentales entre zapatería, poesía y mera supervivencia, pero también de la integración de los señores Blum al nuevo país.

Con sus amigos Zoilo y el Uchepo conversa y escucha opiniones, protectoramente ambiguas con respecto a la vida en general y a Lottie de manera concreta. Nada se esclarece del todo, las dudas persisten o crecen incluso sin ser resueltas, y eso me parece uno de los grandes aciertos de Mar Mediterráneo. Los pensamientos de la niña se dispersan y cuestionan, como lo harán los lectores incitados por la escritura de Susana Glantz.

“Con la runfla de escuincles léperos y zaparrastrosos que pululaban por el barrio andaba de vaga jugando sin provecho”; sin embargo, la tendera le ofrece un trabajito remunerado para el tiempo de vacaciones. Junto con la pandilla, ella se dedica a pasarla bien con la frescura y a veces tosquedad de la niñez que no se para a contemplar finezas. Así, la niña y quienes se asomen al libro infieren también los rumores del mundo y el caos aterrador que lo invadía por aquellos años.

En una especie de “ensalada rusa” se entremezclan la música, los libros, el teatro, la vida precaria y el día de los vecinos, los juegos infantiles, el lujo y la frivolidad reflejados en los objetos de la casa de Lottie. Se entremezclan también el claroscuro de la amistad, de las relaciones familiares, de las palabras de los personajes, de la incertidumbre de la niña, del perfilarse de un enigma creciente, para ofrecer un vitral tan colorido como el que destella por encima del dorado instrumento que primero atrapó su curiosidad e instigó su deseo, y que terminó por conducirla a los albores de otra etapa de la vida.

Y el lector, por su parte, cierra el libro entre cuyas páginas navegó en el oleaje a veces tranquilo, a veces embravecido de esta trayectoria llena de una suave y persistente intensidad.

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Susana Glantz, Mar Mediterráneo, Lumen, México, 2014, 120 pp.


   
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Aline Pettersson

Nació en la Ciudad de México el 11 de mayo de 1938. Narradora y poeta. Estudió Letras. Ha desempeñado labores en CONACyT y la SEP. Becaria del CME, 1977. Premio Jurado Infantil 1986 de la Feria del Libro de...


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