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NUEVA ÉPOCA NÚM. 126 AGOSTO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Cualquier cadáver de Geney Beltrán Félix
En el nombre del hijo


Guillermo Vega Zaragoza
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 126| Agosto 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Vega Zaragoza, Guillermo , "Cualquier cadáver de Geney Beltrán Félix. En el nombre del hijo" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Agosto 2014, No. 126 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=780&art=16301&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La novela es siempre una exploración de los misterios y los abismos del alma humana, tanto para el que la escribe como para el que la lee. En Los testamentos traicionados, Milan Kundera apunta que todas las novelas buscan una respuesta a estas preguntas: ¿Qué es un individuo? ¿En qué consiste su identidad? ¿Mediante qué se define un yo? ¿Por lo que hace un personaje, por sus actos? ¿Por su vida interior, pues, por los pensamientos, por los sentimientos ocultos? ¿Es capaz un hombre de comprenderse a sí mismo? ¿Pueden sus pensamientos ocultos servir de clave para su identidad? ¿O es que el hombre se define por su visión del mundo, por sus ideas, por su Weltanschauung?

Al final del viaje que representa la escritura y lectura de una novela, tanto el autor como el lector se encuentran cada vez más cerca de desentrañar alguno de esos misterios, pero nunca del todo, porque la novela es una promesa siempre incumplida. El autor sabe que nunca logrará desentrañarlo por completo, que podrá acercarse pero nunca aclararlo plenamente. En tanto, el lector llega hasta el final sin una respuesta concluyente y muchas veces con más dudas de las que tenía al empezar. Sin embargo, se siguen escribiendo y leyendo novelas, y así será durante un buen tiempo, pues la novela es el artefacto perfecto para sumergirse en otros mundos, parecidos o muy diferentes al que vive el lector, pero que siempre aluden a las preocupaciones y los problemas del alma humana.

En su segunda novela, el crítico y narrador Geney Beltrán Félix (Culiacán, Sinaloa, 1976) nos sumerge en los intrincados y tormentosos vericuetos del alma de un personaje de nombre singular —Emarvi Arellano Vélez—, que se nos presenta al principio de la historia con una vida anodina y pedestre, con dos salvedades: su padre se suicidó de un balazo en la sien a los 73 años de edad, cuando él era apenas un adolescente, y su hermana y confidente Arinde acaba de morir víctima del cáncer. Dos muertes que le pesan y torturan por diversas razones. Emarvi (nombre compuesto por una rara deformación de “Omar”, porque a su padre le sonaba “como nombre de gordo”) emigró de Culiacán a la Ciudad de México para estudiar en la universidad, con el sueño de convertirse en escritor y después emigrar de nuevo a París, adonde quieren irse a vivir los que han leído la Rayuela de Julio Cortázar. Sin embargo, todas sus ilusiones se han ido al carajo: obligado a casarse por embarazar a la novia, trabaja en una oficina burocrática como editor de libritos sin importancia. Luego de un desgastante divorcio, es el distante padre de un niño de siete años, Adrián, con el que no encuentra forma de relacionarse.

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Ese parece ser el problema principal de Emarvi: su incapacidad de establecer contacto profundo con los personajes que pueblan su asfixiante realidad: la castrante ex esposa, la bisoña y suculenta ex amante, la metiche compañera de trabajo, el decrépito casero alcohólico… Si acaso con la vecina Elvia —una joven aspirante a pintora, condenada a la silla de ruedas a causa de un accidente automovilístico, permanentemente angustiada por las desgracias ajenas— parece armar algo parecido a una amistad. Como un perpetuo Meursault —el personaje de El extranjero de Camus—, Emarvi deambula por las calles de la ciudad, arrastrando su angustiante frustración, pensando demasiado y actuando muy poco, soñando con escribir una novela imposible, que quizá sea esta que estamos leyendo:

Una novela que vomite. Que vocifere su furia, que respire con enojo, hastiada de seguirle creyendo a la escritura sus ímpetus pudibundos. Que convoque en su prosa distintos niveles de la existencia, que vaya de lo elevado a lo sórdido, del lirismo a la crudeza, del estrépito al laconismo. Una novela que no use guantes de seda, que no tome el té de las cinco. En cambio, un libro áspero, que lacere y perturbe, que tense las palabras no con el estruendo fácil del amarillismo sino a partir del asedio de una violencia interior, solapada: una sintaxis que se vulnere sin gratuidad, sólo tácitamente y desde adentro, y que ese, inmaduro pero necesario, sea su estilo, a raíz del silencio que asfixia, y que en la página estalla.

Una novela así, por una intuición solitaria.

Su vida acontece en el pasado alternativo de un México que no fue, pero que pudo haber sido, muy parecido al de 2005, con movilizaciones en apoyo a un político de izquierda, Pérez Gracia, a quien se le quiere impedir que contienda en las próximas elecciones presidenciales; la población se polariza en un ambiente de violencia y crispación social como ominoso telón de fondo. De pronto sobreviene la catástrofe: el secuestro de Adrián, el hijo de Emarvi. Pero ni siquiera eso hace reaccionar al protagonista: se encaja una borrachera de órdago y desaparece varios días hasta que encuentran el cadáver del niño, al que le han extraído órganos vitales, en un lote baldío. Sólo entonces lo acomete algo parecido a la culpa, pero ya es demasiado tarde: cuando quiere conocer el lugar donde hallaron el cadáver de su hijo unos policías le propinan una golpiza:

La culpa es una pasión narcisista. Es como si el mundo se estuviera destruyendo no allá lejos, no fuera sino desde mi adentro, y sus vísceras aquí bajo mi piel estallaran. Y así uno ya no es un sí mismo sino un tejido descompuesto o roto ya indistinguible en todo ese gigante que viene disolviéndose. Uno se desmorona fundiéndose con él. Y ya no hay nada, salvo el dolor de la culpa, una obsesión voraz.

La culpa tiene una lucidez inhabitable. Que de nada sirve.

Todo esto sucede en la primera parte de la novela, que consta en su totalidad de 39 capítulos repartidos en cuatro secciones. Emarvi abandona la ciudad sin rastro. Apenas le deja a la vecina Elvia el manuscrito de una novela, “la historia de un ex empleado de correos que luego de meterse en problemas por violar correspondencia había decidido encerrarse en su cuarto y no salir para nada, temeroso de que la policía viniera por él” (que podría ser una versión alternativa de la primera novela de Geney Beltrán: Cartas ajenas, Ediciones B, 2011). Elvia se angustia por la repentina desaparición de Emarvi, luego de la tragedia que le ha sucedido. Yoli, la hermana mayor de la paralítica, a quien inexplicablemente Emarvi nunca le ha caído bien, sentencia: “Lo que creo que es que la gente se merece lo que le pasa… Hay gente que tiene que joderse, y punto. De eso se trata”.


   
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Guillermo Vega Zaragoza

Nació en México, Distrito Federal en 1967. Escritor, periodista y maestro universitario. Ha publicado un libro de cuentos: Antología de lo indecible (Plan C/FONCA/CONACULTA, 2004), y dos de poemas: Desde la...


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