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NUEVA ÉPOCA NÚM. 126 AGOSTO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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En busca de la voz perdida


Pablo Espinosa
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 126| Agosto 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Espinosa, Pablo , "En busca de la voz perdida" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Agosto 2014, No. 126 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=780&art=16306&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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En la gran marea del lenguaje existen pequeñas alteraciones, modulaciones, mutaciones apenas perceptibles que convierten la minucia en prodigio. Esas metamorfosis tienen visos de magia en el sonido, en la voz humana. Y de eso está compuesto el universo fascinante de la viola da gamba.

A finales del siglo XVII el planeta giró en torno al sonido del bas de viole, la viola baja a la que el máximo violista de toda esa era, Monsieur de Sainte-Colombe, le añadió una séptima cuerda y perfeccionó la técnica de interpretación, encontró una postura nueva para sostener el instrumento entre las piernas y con todas esas herramientas aumentó la magia.

En su tratado Harmonie universelle, de 1637, Marin Mersenne hace notar la relación de la viola da gamba con la voz humana y su capacidad, por encima de cualquier otro instrumento, de imitar la voz porque representa mejor lo natural.

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El arco de la viola da gamba produce tal efecto porque tiene un trazo casi tan largo como el hálito normal de una voz, “por lo que puede imitar la alegría, la tristeza, la agilidad, la suavidad y la fuerza, por su vivacidad, por su languidez, por su rapidez, por su consuelo y por su apoyo: de la misma manera que los trinos y las caricias de la mano izquierda, a la que se llama mano del mástil, representan ingenuamente el porte y el encanto”.

Porte y encanto de las emociones. Todas las emociones del mundo. La viola da gamba respira, nada, flota, mueve.

En el disco Les Voix Humaines se escucha la viola da gamba de Jordi Savall y también la respiración queda, la guturación en encantamiento del maestro concentrado, quien parece murmurar, alargar la voz humana de su viola.

La intensidad alcanza niveles de éxtasis.

Las piezas escritas por Karl Friedrich Abel, Johann Sebastian Bach, Johannes Schenck, John Playford, Monsieur de Machy, Marin Marais, Jean-Baptiste Forqueray, Georg Philipp Telemann, Tobias Hume, Monsieur de Caix D’Hervelois, Monsieur de Saint-Colombe y autores anónimos suenan en oleajes densos, semioscuros, brillantísimos.

Braman, gimen, estallan los sonidos, las voces, la marea de voces.

Lo impresionante del tumulto de sonares es que se trata solamente de una viola da gamba, un instrumento diminuto de madera noble que flota, íngrima y sola, en el mar embravecido de las emociones, los sentimientos, la lágrima y el grito, el suspiro que se pierde en el viento.

Y vence.

Jean Rousseau, alumno de Monsieur de Sainte-Colombe, explica en su Traité de la viole, de 1687, que la interpretación es simple y por lo tanto exige “una gran delicadeza y ternura”, de manera de acercarse “a todo aquello que la voz humana puede tener de agradable y encantador”.

De cómo la voz humana está entramada en la viola da gamba versa La lección de música, ese libro magistral de Pascal Quignard, quien entabla un jugueteo metafórico, un balance paralelo y un entramado fascinante con la vida sexual de los batracios y su relación con la muda de voz en los humanos.

El coito de la rana, juguetea Quignard, “dura entre tres semanas (eyaculación precoz) y cuatro semanas. Sándor Ferenczi decía que de esta manera la rana prolonga el sueño de una regresión por así decirlo, ininterrumpida, en dirección a la cloaca materna. Añadía que era preciso colocar a las ranas muy por encima de nosotros en la escala de los seres, y reverencia, como si de diosas se tratase, a estos pequeños antropoides verdes cuyo espasmo se prolonga por espacio de un mes y provoca la envidiosa admiración de los hombres”.

Espasmo. Eso experimenta quien escucha la música de la viola da gamba. Espasmo prolongado. Regresión ininterrumpida. Éxtasis sin fin.

Es una música, en especial la de Monsieur de Sainte-Colombe, donde parece no suceder nada. Y pasa la vida entera en ella, con ella.

Uno escucha la música de Monsieur de Sainte-Colombe y experimenta una sensación de bienestar. Si la comparamos con la “música para relajación” que hoy día cunde en el mercado, encontraremos en la obra de este autor francés del siglo XVII y XVIII (se calcula que vivió entre 1660 y 1720) un estado del alma en calma.

De manera semejante a como opera la sonoterapia, que se realiza con cuencos tibetanos, la música de Sainte-Colombe pone en su sitio todas las células, los tejidos, armoniza el fluido de la energía entre los órganos. Por eso, uno se siente tan bien mientras escucha esta música y la sensación dura horas después. Es el efecto de lo bello, lo bueno, lo bienamado.

En los lindes de los bosques, escribe Quignard, “a orillas de los lagos, se puede contemplar a las ranas del zarzal que, con la boca abierta, croan de la misma manera que los hombres hablan. Los mamíferos humanos macho son objeto de una mutación sexuada sonora. En el caso de las ranas, se llaman unas a otras por medio de su croar y se estrechan de placer con sus brazos. La llamada genital es sonora, pero la voz sexuada se convierte, de repente, en voz de bajo”.

Ese eje metafórico sirve a Quignard para narrar la tragedia de Marin Marais (1656-1728), niño cantor prodigio del coro de Saint-Germain-l’Auxerrois y expulsado traumáticamente debido a la muda de su voz y pasó a ser alumno de Sainte-Colombe, quien en aquella época era el único virtuoso de la viola da gamba.

Marais se hizo alumno de Sainte-Colombe con un propósito, una obsesión y una utopía: recuperar su voz a través de la viola da gamba, el único instrumento capaz de imitarla y para eso sedujo a la hija de su maestro, para que ella, alumna de su padre, le contara los secretos que él no quiso revelarle, pues se percató de que Marais podría llegar a ser mejor que él en la viola da gamba, en el arte de la emoción profundamente humana.

Esa historia está contada en un filme que ayudó a revivir el gusto por la viola da gamba: Todas las mañanas del mundo (1991) de Alan Corneau, con guión de Pascal Quignard, quien recreó la evocación de Sainte-Colombe en El salón de Wurtenberg, novela que publicó en 1986.


   
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Pablo Espinosa

Nació en Córdoba, Veracruz, en 1956. Periodista cultural. Fue subjefe de prensa del INBA (1980-1982). Colaboró en El Fígaro, Cineguía, entre otras publicaciones. Ha sido reportero de las secciones culturales...


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