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NUEVA ÉPOCA NÚM. 126 AGOSTO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La espuma de los días
Con Pedro Miret ante la Plaza de la Cibeles


José de la Colina
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 126| Agosto 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

de la Colina, José , "La espuma de los días. Con Pedro Miret ante la Plaza de la Cibeles" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Agosto 2014, No. 126 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=780&art=16307&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Una tarde de Madrid y de marzo de l980, en un costado de la Plaza de la Cibeles, Pedro Miret y yo, apoyados de espaldas contra la verja del Ministerio del Ejército, estábamos mirando silenciosamente hacia el roqueño Palacio de Correos. Dejábamos que el tiempo transcurriera, solamente contemplando el lento trepar de la sombra por aquella fachada y el suave escurrirse hacia arriba, hacia la torre del reloj, de una luz dorada que, oscureciéndose, finalmente lamería la cima del edificio bañándolo en la noche que cubriría la plaza.

Nuestro único propósito, si había propósito, si el momento no obedecía a la leve pero pesada ensoñación que da la siesta en pie, era el de vivir intensamente ese instante, esa gratuita contemplación de la luz tardecina, de la última lengüetada del sol en un pico alto del “palacio”. Sentíamos, sin saberlo, que ejercíamos una manera de vivir intensamente el tiempo, de respirarlo y digamos de verlo, pues el espesarse y el subir de la oscuridad por la fachada del “palacio” era un modo de hacer visible el fluir temporal. Y aquel lapso del inminente anochecer en el que, como ebrios de ocio contemplativo y con el pensamiento en blanco, veíamos la noche escalar el edificio al modo de una muy lenta, una enorme ola oscura que fuese apoderándose de un acantilado, es ahora una página privilegiada de la memoria: la reviviscencia de aquella tarde marceña y madrileña que perdía el día mientras la noche conquistaba la plaza.

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Plaza de la Cibeles, Madrid
© Brian Snelson/Wikicommons

 

Súbitamente, en la plácida inactividad de la contemplación (pero ¿quién podría jurar que la contemplación no sea activa?), sentimos que había ocurrido un momento dizque vacío, un vasto paréntesis de silencio con sólo el bullente rumor del tránsito vehicular. Y de pronto se me ocurrió decir:

—Qué extraño.

—¿Qué extraño qué? —dijo Pedro.

—Qué extraño que en esta pausa, en este casi silencio, no hayamos escuchado el gran  chirrido.

—¿Cuál gran chirrido?

—El gran chirrido de la Tierra.

—¿Qué dices?

—Quiero decir el chirrido que debe hacer la Tierra. Imagínate esta gran máquina enorme, torpe, gastada y oxidada de nuestro planeta siempre girando sobre su eje desde el infinito de tiempo pasado hasta ahora. Ese girar tendría que hacer un ruido enorme, un chirrido cósmico, intolerable para nuestros oídos.

Y Pedro, tras parpadear como despejándose de la siesta en pie (pues habíamos comido y bebido tarde), me siguió la ocurrencia:

—Claro, un chirrido insoportable como el del gis en el pizarrón, pero gigantesco... Y ¿por qué no lo habremos oído ahora que hubo este raro silencio?

—No sé, tal vez porque lo hemos estado oyendo siempre, desde antes de que nos parieran, cuando aún estábamos en el vientre materno. Es decir que es un ruido que, por haberlo oído continuamente, nos hemos acostumbrado a él, y ya no lo escuchamos, ni siquiera lo oímos.

—Eso está bien ―dijo Pedro―, eso lo debía haber dicho yo… Es más, lo voy a poner en un cuento, te lo voy a robar.

Y yo:

—Róbatelo, Miret, te lo agradeceré, me gustará leértelo aunque lo hayas escrito con tus maniáticos puntos suspensivos.

Fue como un pacto tácito, pero Pedro no cumplió, no hizo el cuento, no me lo dedicó, no pude leerlo en páginas suyas. Pero es verdad que yo también he quedado mal con él, porque, desde que se le ocurrió morir (a los 56 años, en 1988), cuando me sucede vivir un momento extraño sin dejar de ser común y cotidiano, me digo: Está ocurriendo un cuento de Miret que tengo que escribir en nombre suyo.

Pero aunque tratase de imitar el modo de mirar de Miret, aunque sembrase aquí y allá en el relato sus tríos de puntos (que son como los inolvidables parpadeos de Buster Keaton cuando lo sorprendía alguna intensidad del mundo cotidiano y común pero íntimamente fantástico), sé que no lograré hacer de eso un cuento… ni de Miret ni mío.


   
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José de la Colina

Nació en Santander, España, el 29 de marzo de 1934. Ensayista, narrador y periodista cultural. Tras el término de la guerra civil pasó con su familia a Francia, Bélgica, Santo Domingo, Cuba y finalmente a...


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